
La selva australiana guarda en su seno un secreto temible, un castigo vivo que se esconde bajo la apariencia inofensiva de una hoja aterciopelada: el “gympie-gympie”. Este arbusto, tan encantador como mortal, fue responsable de algunos de los dolores más atroces conocidos por el ser humano. Y es que basta un roce para que la vida misma se convierta en un tormento insoportable.
El “Dendrocnide moroides”, como lo conocen los botánicos, no es un simple arbusto. Es un verdugo natural, un ser de la naturaleza tan implacable que, en la desesperación, llevó a soldados a la locura y al suicidio. Su nombre, que evoca el pequeño pueblo minero de Gympie en Queensland, donde fue identificado por primera vez en el siglo XIX, se convirtió en sinónimo de sufrimiento.
De apariencia engañosa, la planta crece hasta alcanzar tres metros de altura, sus grandes hojas en forma de corazón pueden medir hasta 60 centímetros de ancho, y todo su ser, desde la raíz hasta las flores, está cubierto de un fino vello que, en realidad, son diminutos pelos suaves y tóxicos que funcionan como agujas hipodérmicas. Al contacto con la piel, estos pelos se rompen y liberan un veneno neurotóxico tan potente que las víctimas lo describieron como “ser quemado con ácido caliente y electrocutado al mismo tiempo”.

La tragedia del “gympie-gympie” no se detiene en su contacto directo. La planta es un asesino silencioso, liberando sus pelos al aire como un arma biológica natural, lo que provoca que aquellos que simplemente pasen cerca puedan inhalar el veneno y sufrir daños respiratorios severos. El Dr. Hugh Spencer, de la Estación de Investigación Tropical de Cape Tribulation, advierte a las víctimas que eviten frotar la zona afectada, pues esto solo logrará incrustar los pelos más profundamente en la piel.
Un caso que ilustra la magnitud del sufrimiento infligido por esta planta es el de Cyril Bromley, un soldado que cayó en un arbusto de “gympie-gympie” durante un entrenamiento militar en la Segunda Guerra Mundial. El hombre tuvo que ser inmovilizado en una cama de hospital durante tres semanas, sumido en un dolor tan extremo que sentía que se estaba volviendo loco. Incluso hoy, las historias sobre soldados que, incapaces de soportar el tormento, optaron por acabar con sus vidas, son un testimonio del poder devastador de esta planta.
Marina Hurley, una entomóloga que se aventuró a estudiar el “gympie-gympie” en los años 80, lo describe como “el peor dolor imaginable”. Durante su investigación, recopiló relatos de obreros forestales que, incluso años después de haber sido picados, seguían sufriendo dolores intensos. Les Moore, un trabajador forestal, perdió temporalmente la vista después de que la planta lo picara en la cara. No obstante, para otras criaturas, como el escarabajo nocturno chrysomelid y el pequeño marsupial pademelon de patas rojas, el “gympie-gympie” es una fuente de alimento.

Sin embargo, la historia más perturbadora sobre esta planta es el interés que despertó en el ejército británico en 1968. Hubo un momento en que se consideró la posibilidad de utilizar el veneno del “gympie-gympie” como arma biológica. Aunque no se emcontraron pruebas concluyentes de que tal proyecto haya sido desarrollado, la mera idea de transformar el dolor que esta planta inflige en un instrumento de guerra es aterradora.
El “gympie-gympie” es más que una planta venenosa; es un recordatorio de la ferocidad implacable de la naturaleza. Donde otros ven un bosque tranquilo, los habitantes de Queensland y Nueva Gales del Sur ven un campo minado de hojas verdes, donde una simple caricia puede desencadenar un infierno en vida.
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