EEUU confirma y defiende el segundo ataque contra una embarcación en el Caribe tras observar supervivientes

La Casa Blanca justifica un reciente operativo en aguas internacionales, donde fuerzas estadounidenses ejecutaron un segundo asalto a una lancha sospechosa tras identificar a personas vivas, desatando un intenso debate legal y humanitario a nivel internacional

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Las investigaciones de The Intercept y el Washington Post señalan que desde septiembre, tras el incidente que involucró la muerte de once personas en un operativo estadounidense contra una embarcación sospechosa en aguas internacionales del Caribe, se registraron al menos ochenta y tres fallecidos en operaciones similares en el Caribe y el Pacífico oriental. Estos hechos han colocado a la política de intervención militar de Estados Unidos en zona marítima internacional bajo intenso escrutinio, especialmente luego de la confirmación oficial de la Casa Blanca sobre la ejecución de un segundo asalto a una lancha sospechosa que aún contaba con sobrevivientes a bordo. La decisión de realizar una segunda intervención después de detectar personas vivas reactivó el debate global acerca de la legalidad, el respeto a los compromisos humanitarios y la vigencia de las normas internacionales que rigen la actuación de fuerzas armadas fuera de las aguas jurisdiccionales de cualquier país.

Según informó The Intercept, el operativo se llevó a cabo en septiembre cuando la marina estadounidense, bajo las órdenes del almirante Frank Bradley, localizó una embarcación vinculada a actividades de narcotráfico y la clasificó como una posible amenaza. La intervención inicial consistió en una ofensiva aérea, durante la cual parte de los tripulantes resultó herida o muerta. Tras la ofensiva y la observación de supervivientes, el mando militar autorizó una segunda acción armada con el argumento de la necesidad de “neutralizar” un posible peligro representado por los sobrevivientes, detalló el medio citado. Como resultado, murieron once personas catalogadas como integrantes de redes de narcotráfico.

El Washington Post y The Intercept coinciden en que la aprobación para proceder con una segunda ofensiva tras identificar presencia de supervivientes originó debates legales y humanitarios a nivel internacional. El foco de la controversia gira en torno a la ausencia de mecanismos claros que regulen la actuación con detenidos o sobrevivientes en escenarios extraterritoriales, así como la insuficiencia de normativas precisas para la resolución de estos incidentes. The Intercept recuerda episodios similares, incluido uno ocurrido en octubre, cuando los escasos supervivientes de un ataque comparable fueron finalmente deportados a Colombia y Ecuador, lo que desató inquietudes entre organismos de derechos humanos.

El trasfondo de estas acciones, reportó el Washington Post, se remonta a políticas impulsadas durante la administración de Donald Trump, que concedieron autorización al uso de fuerza letal cuando existieran indicios de peligro para intereses estratégicos estadounidenses, especialmente en contextos relacionados con el narcotráfico y el terrorismo transnacional. La administración actual justifica la continuidad y la intensificación de este tipo de operativos por el incremento en el tráfico de drogas sintéticas y la proliferación de organizaciones criminales transnacionales, argumentando que resguardar vidas dentro de Estados Unidos exige respuestas militares que puedan disuadir y desarticular esas redes en alta mar.

El Pentágono refrendó que las operaciones se apegan a la ley estadounidense y a los tratados internacionales, así como a protocolos internos. Karoline Leavitt, portavoz de la Casa Blanca, precisó, según consignó The Intercept, que la decisión en el caso más reciente correspondió estrictamente a la cadena de mando militar encabezada por el almirante Bradley, y que no existió instrucción directa del secretario de Defensa Pete Hegseth. Leavitt afirmó que las fuerzas actuaron “dentro del marco de su autoridad y de la ley”, y subrayó que la operación se realizó conforme al Manual de Ley de Guerra del Departamento de Defensa, un documento que prohíbe eliminar toda posible evidencia vital y exige respeto por principios humanitarios, aunque reconoció, de acuerdo con el medio citado, que “esto último es cierto” al ser consultada sobre la intención de impedir la supervivencia de algunos ocupantes tras la segunda incursión.

Ante la ausencia de reformas o actualizaciones normativas que aclaren el tratamiento de los sobrevivientes en estos escenarios, Leavitt reiteró, en declaraciones recogidas por The Intercept, que desconoce modificaciones recientes en los protocolos y sostuvo que los procedimientos aplicados siguen las leyes nacionales y los compromisos internacionales de Estados Unidos. El Washington Post apuntó que, desde la administración federal, cada intervención se defiende como compatible tanto con la ley interna como con los acuerdos multilaterales, sobre todo bajo el argumento de mantener la seguridad nacional y coordinar acciones globales contra organizaciones criminales.

La falta de lineamientos precisos sobre el destino de los detenidos y sobrevivientes originó cuestionamientos en el plano internacional, especialmente porque la discrecionalidad de las decisiones recae en altos mandos militares, según documentan The Intercept y el Washington Post. Ambos medios destacan la preocupación de organizaciones de derechos humanos ante el riesgo de extralimitaciones y la carencia de mecanismos de supervisión independientes sobre las acciones en alta mar.

El Washington Post y The Intercept reseñan que el uso creciente de rutas marítimas por parte del narcotráfico ha propiciado la respuesta militar directa como estrategia fundamental. Las embarcaciones de alta velocidad, empleadas por estas redes criminales, dificultan las labores de intercepción y generan condiciones que, según las autoridades estadounidenses, justifican el uso de fuerza letal ante presuntas amenazas inminentes.

Tanto The Intercept como el Washington Post advierten que las acciones en aguas internacionales forman parte de una estrategia integradora que conjuga vigilancia fronteriza, cooperación internacional y operativos militares directos en territorios fuera de jurisdicción estadounidense. La coordinación entre diferentes agencias federales incrementó en paralelo al aumento del recurso a la fuerza armada en espacios internacionales, todo bajo la premisa de combatir el narcotráfico global.

Las investigaciones periodísticas reflejan, además, que la falta de regulaciones profundas al tratamiento y destino de detenidos tras acciones bélicas deja un vacío que motiva persistentes discusiones jurídicas y políticas. La Casa Blanca, de acuerdo con los medios consultados, mantiene la postura de que los operativos han respondido a riesgos considerables para la seguridad nacional, derivados del tráfico de estupefacientes, y que la respuesta militar sólo busca frenar la expansión de las organizaciones denominadas narcoterroristas.

El antecedente de deportaciones a Colombia y Ecuador, revelado por The Intercept y el Washington Post, alimentó la discusión sobre el tipo de protección y garantías otorgadas a los supervivientes de estas intervenciones. Este aspecto se enlaza con la problemática más amplia sobre la ausencia de criterios unificados en el tratamiento de detenidos fuera de aguas territoriales, incluyendo el seguimiento institucional, la transparencia del proceso y la rendición de cuentas.

Los medios subrayan que, mientras se mantengan sin aclarar los procedimientos de actuación con sobrevivientes y detenidos en contextos internacionales, la controversia persistirá tanto en el terreno jurídico como en el humanitario. Los vacíos normativos identificados por The Intercept y el Washington Post continúan alimentando la discusión global sobre la proporcionalidad y legalidad del recurso militar estadounidense en la lucha contra el narcotráfico transnacional.