La dictadura y las croquetas de haba molida en Siria

La vida cotidiana de los sirios se transforma tras la caída del régimen; historias de periodistas y ciudadanos que redescubren su libertad y enfrentan las secuelas de años de represión

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Mohamed Siali

Qamishli (Siria), 21 dic (EFE).- La dictadura no solo priva a las personas de la libertad de expresión o del derecho a la organización, sino que también puede impedirles cosas más simples como llegar a su hogar, revelar su profesión o incluso disfrutar de su plato favorito.

Esto es lo que ocurría en Siria bajo el régimen de Bachar al Asad. Fahad Fatah, de 43 años, periodista y productor, no pudo ir a su restaurante favorito, 'Al Hamra', en el centro de la ciudad de Hasaka, en el noreste de Siria, durante 11 años debido a que estaba en un barrio controlado por el régimen hasta su caída el 8 de diciembre, mientras que los barrios restantes estaban en manos de las fuerzas kurdas.

El sabor del 'falafel' "Recuerdo el sabor del 'falafel' (croquetas fritas hecha de haba molida típicas de Oriente Medio) y quería ir a mi restaurante favorito, pero me detenía por miedo a ser arrestado, ya que la policía me buscaba por colaborar con medios extranjeros", dice Fatah a EFE.

Después de 11 años, desde el estallido de las protestas en Siria en el contexto de la primavera árabe, Fatah regresó este viernes al restaurante, inaugurado en los años ochenta del siglo pasado, y disfrutó de su plato favorito, el 'falafel'.

Dado que las fuerzas del régimen y las milicias afiliadas han abandonado recientemente los barrios que controlaban en las ciudades, como Hasaka, han dejado atrás todos los símbolos de represión: fotos de Al Asad en los muros, banderas del régimen, así como barricadas de cemento que transformaron las calles en algo parecido a trincheras de guerra.

"Ahora me siento libre", dice Fatah mientras pasea por la calle donde está su restaurante favorito en Hasaka.

La historia de Fatah no difiere mucho de la de Mahmud Mohiedín, de 41 años, que tenía dos órdenes de arresto del régimen debido a su trabajo con la administración autónoma kurda (autoridad de facto en el noreste de Siria) en la explotación del petróleo y por sus posiciones políticas.

Pérdida del hogar

Sin embargo, Mohiedín ha perdido su hogar, que está en un barrio que estaba controlado por el régimen en Qamishli, en el extremo noreste del país, y no solo su plato favorito.

"Al principio pagaba a la policía un soborno de entre 5 y 10 dólares al día para que me permitieran regresar a mi casa y no arrestarme", explica. Debido a las amenazas constantes que enfrentaba Mohiedín, cuando supo que su arresto era inminente y por su miedo por su esposa e hijos, decidió un día abandonar su barrio y la casa en la que vivió su infancia. "Dejé mi casa con todos sus muebles y recuerdos, ni siquiera me llevé mis libros".

Cuando decidió alquilarla, las autoridades derrocadas pusieron obstáculos, exigiendo que el inquilino tuviera una aprobación de seguridad previa para vivir en ella. "Un oficial de inteligencia del régimen vino a mí y me dijo que no tenía otra opción que vendérsela, que la tomaría por la fuerza, pero que sería mejor para mí firmar un contrato".

"Me obligó a venderle mi casa con todos sus muebles por 10.000 dólares, cuando que su valor real es de 45.000. Ahora no sé quién vive en ella, pero quiero recuperarla porque tengo recuerdos allí y mis hijos también", añade.

En 1971, Hafez al Asad (1930-2000), padre de Bachar al Asad, se convirtió en presidente de Siria tras un golpe militar, y desde entonces estableció un régimen de seguridad y militar represivo que asfixió a los sirios hasta su colapso el pasado 8 de diciembre.

Fotógrafo clandestino Habib Husein, de 42 años, relata una historia diferente, ya que tuvo que ocultar su profesión de fotógrafo en la zona kurda debido a la represión del régimen anterior contra los periodistas. "Tenía que ir a Damasco por razones de salud y familiares y temía ser arrestado por mi trabajo".

Habib añade que durante los últimos ocho años que trabajó como fotógrafo, su nombre nunca apareció junto a sus fotos publicadas o en los créditos de los documentales en los que participó.

"Es el miedo. Me quedé privado del placer de ver mi nombre acompañando mis obras". "Me entristece mucho cuando veo una de las películas en las que participé y no veo mi nombre en ella", añade. EFE

(foto) (vídeo)

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