Teddy Riner y Léon Marchand, dos iconos ensalzados en París

Guardar

Luis Miguel Pascual

París, 2 ago (EFE).- Teddy Riner, 35 años, cuatro oros en cinco Juegos. Léon Marchand, 22 años, cuatro oros en sus primeros Juegos. Dos personajes que están ensalzando los Juegos de París, héroes de la afición local, iconos de un país.

El judoca era ya uno de los deportistas más queridos de Francia, por sus éxitos, pero también por su personalidad, bromista, bonachón, simpático, las marcas se lo rifan para convertirle en la imagen de todo tipo de productos, una bendición para alguien que se dedica a un deporte que no atrae a las masas.

El nadador era una esperanza, un joven guapo, agradable, pero algo distante, le miraban con recelo porque había decidido dar la espalda a la escuela de natación francesa para entrenarse en Estados Unidos con el argumento de que tenía que dar un paso adelante.

Los dos tienen detrás una historia de superación, pero sobre todo el sello del éxito sumado al del carisma. Están tocados por la barita de la fortuna destinada a convertirles en algo más que meros deportistas, en imagen de un país.

Cuando Marchand se propuso ganar cuatro oros en París -todavía puede sumar más por equipos- sus palabras se leyeron con una mezcla de altanería y ambición. Puso el listón a la altura de los más grandes de todos los tiempos, de un Michael Phelps que siempre ha sido su espejo.

Pero su apuesta era perfecta para el relato de los Juegos de París, un hazaña que enganchara a la gente, que tocara a rebato de todo un país que debía ponerse detrás de sus deportistas de una vez por todas.

Cada oro de Marchand fue cantado en todos los estadios, en las calles de París, de todo el país.

Riner lo ha ganado todo en el mundo del judo, pero cuando fracasó en los Juegos de Tokio, que parecía que serían los últimos para el gigante de Guadalupe, su cerebro se puso en modo revancha, había que buscar el cuarto oro que le abriera las puertas de la historia.

Cuando el año pasado se proclamó campeón del mundo, enseguida apareció la imagen del judoka subido al escalón más alto del podio de París y Francia entera empezó a vibrar con la idea de verle colgarse al cuello un cuarto oro.

Su gesta también fue cantada, gritada, vibrada en toda Francia, pero eso es menos noticia en un deportista que ha acostumbrado al país a ganar con una fiabilidad poco habitual.

Por sus éxitos deportivos y por su forma de ser, a nadie extrañó que Riner fuera, junto a Marie-José Perec, el último relevista que encendió el pebetero olímpico de París, que todavía luce en los jardines de las Tullerías.

Cuenta que no lo supo hasta la mañana misma de la ceremonia, cuando recibió una llamada de Tony Estanguet, que le anunció que llevaría la última antorcha, pero le ocultó que lo haría con su admirada Marie-Jo, de Guadalupe como él.

Teddy y Léon se han ganado ya el corazón de los franceses y compiten con otros iconos mundiales por acabar siendo la estrella de los Juegos. Dos historias diferentes y paralelas convertidas en iconos. EFE

lmpg/jl