Pablo Moraga
Nairobi, 13 jul (EFE).- A sus 66 años, el presidente de Ruanda, Paul Kagame, se parece poco al rebelde serio, delgado, de gafas redondas que el 4 de julio de 1994 entró en Kigali con una columna de combatientes y derrocó al Gobierno extremista hutu que coordinó uno de los peores genocidios de la historia.
Su carrera política empezó unos días más tarde, el 19 de julio, cuando juró su cargo como vicepresidente y ministro de Defensa de Ruanda.
En las imágenes de esa jornada, Kagame, de la etnia tutsi, aún aparece con su uniforme militar y una gorra verde, leyendo un texto sin mirar al público reunido a su alrededor, casi con timidez.
Ese insurgente reconvertido en político escapó de Ruanda a los cuatro años, pasando a ser un refugiado en Uganda. En los años ochenta, luchó mano a mano con el que después sería el presidente ugandés, Yoweri Museveni.
Le contaron cómo su mejor amigo de su infancia, Fred Rwigema, murió en el campo de batalla, mientras lideraba un grupo rebelde que buscaba “liberar” Ruanda. Heredó la posición de su compañero y combatió con esos rebeldes hasta que vencieron.
Pero aún le quedaba su desafío más difícil: gobernar un país destrozado, hundido en el horror del genocidio.
Desde el 7 de abril de 1994, la fecha en la que empezó el genocidio, murieron al menos 800.000 tutsis y hutus moderados, muchos de ellos a machetazos. Eso son unos 330 asesinatos cada hora. O cincuenta cada diez minutos.
Durante esos días de julio, recuerdan los periodistas que cubrieron las matanzas, Ruanda todavía olía a carne putrefacta.
"Era un país fragmentado más allá de lo que nadie puede imaginar, en el que tres millones de personas fueron desplazadas y todas las instituciones, destruidas por completo", dijo Kagame al periodista Alex Perry en su libro ‘La gran grieta. El despertar de África’.
"Comenzamos no desde cero, sino desde más abajo, a partir de la situación más difícil jamás vista. No teníamos absolutamente nada. Carecíamos de todo. Muchos países, enfrentados a lo que nosotros enfrentamos, habrían sencillamente fracasado. Nosotros no lo hicimos", añadió.
Durante estos años, el mandatario ha aprendido a hablar como se mueve: despacio, pero con determinación.
Dicen que dedica su tiempo libre a leer revistas de economía, y a menudo abandona su despacho -donde tiene en el escritorio una guía de identificación de aves- para participar en todo tipo de eventos, tanto en Ruanda como en el extranjero.
Conocido como el "Napoleón africano", Kagame se convirtió en presidente en el año 2000, pero en realidad movió los hilos del país en la sombra desde que sus rebeldes ocuparon el Gobierno.
Para muchos, es el líder que rescató a Ruanda de las tinieblas del genocidio y permitió su reconstrucción. Para otros, es un dictador que dirige su país con puño de hierro, oprimiendo a sus opositores.
Ahora, Ruanda no se parece en nada al país en el que Kagame combatió. Como el mismo presidente, se ha transformado. Su índice de desarrollo humano se ha doblado desde 1994, el mayor crecimiento promedio anual registrado en el mundo, según las Naciones Unidas.
Y sus jóvenes rechazan las divisiones de “hutus” y “tutsis” que desencadenaron el genocidio.
Sin embargo, los detractores de Kagame creen que los ruandeses han pagado un precio demasiado alto.
El espacio político es tan reducido en Ruanda, que pocos dudan que el mandatario renovará su cargo en las elecciones del próximo lunes con más del 90 % de los votos, como ha hecho siempre.
Este año, sus opositores principales ni siquiera han sido admitidos para participar en la carrera presidencial.
Organizaciones pro derechos humanos señalan con el dedo a Kagame, al que acusan de ser el último responsable de la desaparición o el asesinato de críticos del Gobierno.
Pero Kagame responde a esas denuncias con la firmeza y legitimidad del que se sabe que ha luchado durante décadas -en ocasiones, poniendo en riesgo su vida- para transformar a su país.
Para el exrebelde, Ruanda, de momento, no necesita una democracia como las de Occidente, sino un sistema imperfecto pero diseñado a medida.
“Nosotros trazamos la línea en cuanto a lo que es correcto e incorrecto para nosotros -dijo a Perry-. Y no sólo en base a algo que hayamos leído en libros, sino en base a lo que hemos vivido, a nuestra experiencia, a nuestra historia. No aceptamos que las visiones y valores de otras personas prevalezcan sobre los nuestros”. EFE
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