Su hermano lo sorprendió con un hombre en la cama. Durante su huida de siete días en autobús hacia Sudáfrica, lejos de su familia y de su Kenia natal que lo considera como un criminal, James, ahora solicitante de asilo, sueña con la libertad en Sudáfrica.
Su hermano le intentó golpear en la cabeza con una botella: "Estaba muy nervioso, como un loco. Dijo que me iba a matar". Después, la policía detuvo a este joven de 27 años por su orientación sexual. Si no hubiera sido por los activistas y por algunos sobornos, que le permitieron "desaparecer", estaría hoy en prisión.
Después de una huida en bus durante siete días, el joven vive en una pequeña casa en la periferia de Pretoria.
Vino a Sudáfrica porque "era el único sitio donde pensaba que el gobierno acoge a las personas queer", cuenta a la AFP. Pero sus ilusiones se evaporaron rápido.
En Sudáfrica, que tiene algunas de las leyes más progresistas del mundo, recalan migrantes LGTBQ+ de todo el continente que buscan escapar de la homofobia y la persecución.
Este país fue el primero en prohibir en su Constitución, en 1996, la discriminación por orientación sexual.
Y en 2006 se convirtió en el primero en África en legalizar el matrimonio homosexual, cuando en el continente muchas sociedades conservadoras siguen considerando la homosexualidad como un crimen.
Parece un paraíso para los homosexuales, pero solo en teoría. Muchos refugiados afirman que habitualmente son víctimas de discriminación.
"Nos juzgan, roban, insultan y amenazan de muerte", denuncia James, que no quiso revelar su identidad. "He vivido mucho acoso por caminar con mis amigos transgénero, solo por cómo son", explica con la tristeza y la preocupación en su rostro, perfilado por pendientes dorados.
- Queer y negro -
Durante mucho tiempo, Junior (nombre ficticio) miraba en su teléfono desde Zambia la marcha del Orgullo Gay en Sudáfrica, soñando con participar.
Él también decidió huir de su país por la persecución que sufría. Instalado en Sudáfrica, ha podido lucir con orgullo la bandera de su país en el desfile, bajo una camiseta arcoíris.
Este joven de 26 años sigue luchando para obtener sus papeles. Tras meses de procesos e incómodos interrogatorios, el servicio de inmigración rechazó su estatus de refugiado, explica a la AFP.
"Uno de los responsables sacó una Biblia y se puso a sermonearme sobre la homosexualidad", recuerda. "Sudáfrica tiene las mejores leyes", señala Junior con pena, "pero la gente de la administración desconoce todo sobre la homosexualidad".
Una noche de 2017 sufrió una agresión sexual en la calle a manos de dos hombres, y le echaron de la comisaría de policía donde se refugió después. Tuvo que volver con uno de sus amigos, un hombre blanco, para poder hacer la denuncia.
"Es más difícil ser queer cuando eres negro" en Sudáfrica, constata Junior, quien ahora evita pasearse por la calle.
Cerca de la ventana, uno de sus amigos, un modelo de Kenia, escucha distraído. Migrante desde 2017, también sufrió acoso en Sudáfrica. Pero nada que ver con lo que vivió en su país. En Kenia, "no puedes ni vestirte de una cierta forma", afirma.
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