Lissette Serrano pidió una mascarilla cuando trabajaba limpiando inodoros y recogiendo basura en unas transitadas instalaciones para descansar en una autopista en Connecticut. Le dijeron que no había.
Poco después presentó los síntomas del coronavirus y una enfermera le dijo que se aislara 14 días. Cuando le contó a su jefa que no podía salir de casa fue despedida, dijo Serrano.
“Había dicho, ‘Eso es sólo una excusa, no quieres ir a trabajar’”, dijo la mujer de 49 años de su empleadora, por medio de un intérprete. “Esto no es una excusa”.
Serrano es una de los aproximadamente 3.000 trabajadores de limpieza en el Hudson Valley de Nueva York y el condado Fairfield de Connecticut que pertenecen al Sindicato Internacional de Empleados de Servicio (SEIU, por sus siglas en inglés), ganan poco más de 16 dólares la hora y, en los últimos dos meses, han corrido riesgos para desinfectar oficinas, estaciones de tren y otras áreas públicas con poco equipo protector, dijo Alberto Bernandez, un líder sindical de distrito.
Muchos, como Serrano, perdieron sus empleos cuando los edificios cerraron o cuando se vieron obligados a quedarse en casa porque tenían síntomas de la enfermedad COVID-19, agregó.
Aproximadamente 80% del personal del limpieza es inmigrante, la mayoría hispano. Muchos no pueden acceder a subsidios por desempleo, a pesar de que pagan impuestos, porque viven en el país sin permiso legal.
“En estos momentos la gente está teniendo que escoger entre alimentarse a ellos y a su familia o ir a trabajar enfermos y poner su vida en peligro y a otros en riesgo”, dijo.
El esposo de Serrano todavía trabaja en una fábrica de cajas, pero necesitan el sueldo del empleo de ella para ayudarse a pagar las facturas y cuidar a su hija de 12 años. Ella no está segura de qué harán.
“Tengo mucho miedo”, dijo.
También lo tiene Janeth Baldeon, una empleada de limpieza de 35 años que vive en White Plains, Nueva York, con su padre, la pareja de ella y sus dos hijos, un niño de 6 años y una niña de 5.
La inmigrante peruana y su padre fueron despedidos de sus empleos con un contratista de limpieza.
Habían estado trabajando en una compañía biotecnológica, Acorda Therapeutics, en Ardsley, Nueva York, cuando las oficinas cerraron a finales del mes pasado.
Baldeon dijo que nunca se sintió insegura en el trabajo y creía que estaba haciendo algo importante para evitar que el virus se propagara.
“Se aseguraron de que tuviéramos guantes adecuados y que supiéramos cómo utilizarlos”, dijo. “Las mascarillas todavía no eran muy comunes, pero sentíamos que con los guantes teníamos cierto nivel de protección”.
Baldeon no está segura de si podrá volver a su trabajo, ni cuándo. Su seguro de salud se vence en un mes. No podrá regresar a menos de que las escuelas y guarderías reabran.
Sus colegas y la comunidad inmigrante se han unido para ayudarse entre ellos con las necesidades, agregó.
Espera recibir la paga de los días acumulados de vacaciones y por enfermedad, pero su último cheque sólo incluía un día de salario: el día que fue despedida.
“En este momento, realmente no me ha hecho falta comida”, dijo. “Le agradezco al Señor. Me despierto. Sólo veo lo que necesita hacerse ese día. Estoy en casa con los niños y simplemente salgo adelante en el día, un día a la vez”.
Isabel Herrera, de 41 años de Bridgeport, todavía espera los subsidios por desempleo después de que fue despedida el mes pasado del hotel Hilton Garden Inn en Norwalk.
Una inmigrante de Honduras, tiene permiso de trabajo y es el único sostén para sus hijos de 18 y 10 años.
Su casero le ofreció aplazar el pago de sus alquileres hasta que regrese a trabajar. La familia está viviendo de comida donada y de los alimentos que las escuelas de Bridgeport le están suministrando a los niños, aunque las escuelas permanecen cerradas.
“Nos ha afectado tanto emocional como económicamente, porque es difícil levantarse, ir a la cocina y ver que no hay comida”, dijo por medio de un intérprete.
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