La historia de Zakia y Ali, los Romeo y Julieta afganos

El ex corresponsal de The New York Times en Kabul cubrió la historia de una pareja de jóvenes que se casaron por amor y huyen desde entonces de las amenazas de muerte de la familia de ella. En The Lovers reconstruye la historia completa de Zakia y Ali

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The Lovers (Los amantes) cuenta la historia de dos jóvenes afganos, Zakia y Ali, que crecieron vecinos pero en tribus enfrentadas y con distintas variantes del Islam como religión. Cuando se enamoraron, tuvieron que comprender que su amor estaba prohibido: el padre de él lo golpeó (luego lo comprendió) y a ella la comprometieron con un sobrino contra su voluntad. Entonces se fugaron y se casaron en la clandestinidad. La familia de ella, desesperada por matarla y restaurar el honor mancillado, no ha dejado de perseguirla, por lo cual el joven matrimonio sigue huyendo —ahora con una hijita— en las condiciones más desfavorables.

La historia de Zakia y Ali pone un nombre al atropello de los derechos de la mujer en el mundo musulmán, pero a diferencia de otros casos —algunos de los cuales también logran el privilegio trágico de una difusión con identidad—, también abre una expectativa, o una esperanza.

Rod Nordland, el autor del libro que acaba de salir en los Estados Unidos, era el corresponsal en jefe en Kabul de The New York Times y llevaba años escribiendo sobre las violaciones a los derechos humanos básicos de las mujeres cuando conoció la historia de Zakia y Ali. Comenzó a cubrirla como parte de su trabajo y también a ayudar a los protagonistas a salvar la vida en alguna ocasión. Pero su capacidad para cooperar era limitada en una cultura, una religión y una ley misóginas, por las cuales el amor elegido entre Zakia y Ali era, simplemente, anatema.

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Escribió sobre su visita inicial para escribir su primera nota sobre los amantes en el diario estadounidense: "Pensé 'Qué gran historia, aunque triste, y con una continuación que era una muerte anunciada'. Esperaba que el siguiente artículo, y último, sería sobre cómo la familia de la muchacha llegaba una noche y la arrastraba fuera del refugio, o cómo por soledad y desesperación o un deseo desafortunado de creer en las promesas de sus hermanos, imitaría el ejemplo de muchas otras muchachas afganas que dejaron los refugios para volver con sus familias, confiando en que estarían a salvo, y nunca se las volvió a ver con vida. Todos nos indignaríamos y daríamos vuelta la página. Así es como estas historias suelen terminar, pero yo estaba equivocado y la de ellos estaba apenas comenzando".

Zakia y Ali, que crecieron vecinos pero en tribus enfrentadas y con distintas variantes del Islam como religión.

La sombra de los taliban

Bamiyán, donde los amantes vivían, había sido un centro de peregrinación espiritual. Allí se alzaban las esculturas más grandes del mundo de dos Budas, Solsal y Shahmama, que tenían 1.400 años cuando los talibán las despedazaron. La presencia de los talibán en el valle, donde mataron a los hazaras (chiítas, y no sunitas como ellos) e impusieron su régimen, tiene todo que ver con la historia de los jóvenes amantes. Las familias de ambos se escaparon hacia las montañas cuando los talibán llegaron al valle, y regresaron luego de la masacre.

"Lo que pasó aquí hace mucho tiempo, y hace no tanto tiempo, convirtió a estos dos jóvenes en lo que son", se lee en el libro. "No sólo le dio forma la destino que habían desafiado sino también al otro, que estaban a punto de hacer esa noche cuando las montañas alrededor de ellos luchaban para retener al invierno y el Año Nuevo Persa estaba a punto de comenzar. De maneras extrañas y profundamente inesperadas los Talibán habían puesto de cabeza el mundo entero de Zakia y Ali, y tanto por su derrota como por su amarga reaparición habían dado esta forma a la historia de estos amantes".

Si los talibán fueron brutales en la expoliación de todo derecho de las mujeres, y la intervención occidental restauró algunos en la letra de la ley —ya que no en la cultura cotidiana—, la reaparición de la amenaza de los fundamentalistas luego de 2012, sumada a la retracción de las potencias occidentales, dejó a las mujeres afganas en una suerte de "limbo de hostilidad cultural y oficial".

Para complicar aún más la escena, Zakia y Ali pertenecen a distintas ramas del Islam: la familia de ella es tayik, sunita, y la de él, hazara, chiíta. En consecuencia, "la familia de Zakia se oponía a su casamiento por razones culturales, étnicas y religiosas". Tras su huida, la cuestión tomó dimensiones de catástrofe. "En la cultura afgana una esposa es la propiedad de su esposo; una hija es la propiedad de su padre; una hermana es la propiedad de su hermano. Es el hombre en la vida de una mujer quien decide con quién ella se casará, y al escaparse con otro Zakia no sólo desafió su voluntad sino que les robó algo que ellos veían como legalmente propio".

La fuga

El 20 de marzo de 2014, la noche del Año Nuevo Persa, Zakia escapó del Refugio para la Mujer de Bamiyan, que había sido su hogar, su amparo y su prisión durante los seis meses anteriores. Muchas veces había contemplado escaparse, desde el día que terminó allí porque había dejado su casa con la esperanza de casarse con Ali.

"Lo que Zakia estaba a punto de hacer no sólo cambiaría su vida y la de Ali, que esperaba, al otro lado del valle de Bamiyán, a que ella lo llamara", escribió Nordland en The Lovers. "Ella entendía que cambiaría la vida de casi todo el mundo que ella conocía". Su padre, Azaman, y su madre, Sabza, sus hermanos y hasta sus primos hermanos varones se dedicarían a perseguirlos como única ocupación.

En aquel momento Ali tenía 21 años y Zakia 18. Se conocían desde la adolescencia, cuando se comunicaban con llamadas clandestinas. También una llamada sería la señal de que Zakia había comenzado la huida del refugio. Esa noche Ali dejó el teléfono en la ventana, abierta a pesar del frío, por temor a los caprichos de la señal, y se acostó vestido sobre su colchón apoyado en el suelo. Al mismo tiempo, Zakia esperaba que una de las guardianas del refugio se durmiera. El lugar era también una cárcel: las protegidas no podían salir sino hasta que se resolvieran las disputas que las habían llevado ahí. Muchas veces eso era algo imposible: habían sido violadas, lo cual exigía su muerte para reparar el honor de su familia (mientras el violador apenas si tenía que dar cuenta de su crimen), o debían confiar en que el marido abusivo no volvería a maltratarlas, tal como aseguraba a la justicia.

"Esta niña analfabeta y pobre que no sabía los número hasta el 10 y que nunca había visto un televisor se convertiría en la cara femenina más reconocible de las ondas afganas", escribió Nordland. "Se convertiría en la heroína de todas las jóvenes afganas que sueñan con casarse con quien ellas aman y no con quien les elige la familia, sin siquiera verlo. Sin embargo, para los líderes conservadores que presiden el patriarcado del país, Zakia se convertiría en la mujer de mala vida cuyas acciones amenazaban el orden social establecido, acciones que eran un evidencia más de la interferencia deplorable de los extranjeros en la cultura tradicional de Afganistán". Los artículos del periodista en The New York Times fueron parte de esa fama, y también de la furia de los dirigentes afganos.

Con la ayuda de dos muchachas del refugio, Zakia trepó el muro de 2,5 metros y saltó. Llevaba su celular, una bolsa de plástico con su ropa en la mano sus mejores zapatos. Iba a casarse, o algo así.

Sentencia a muerte

El miedo la estremeció porque Ali no contestó el teléfono. Era la 1 de la mañana y ella estaba asustada, sola en el camino: la policía, o un hombre que tomara la ley en sus manos, podían detenerla. También podrían atacarla. Ali le devolvió la llamada de inmediato y despertó a su padre y juntos llamaron a un vecino que se había ofrecido a conducir a los jóvenes en su Toyota Corolla. El automóvil la encontró rodeada de unos perros a los que mantenía en silencio arrojándoles pedacitos de pan.

Se lee en The Lovers: "Cada uno pronunció el nombre del otro, y de esa pequeña manera declararon —como ambos comprendieron— su rebelión contra las costumbres y las restricciones de su sociedad. Hay muchos esposos en Afganistán que nunca usaron los nombres de sus esposas, ni siquiera al dirigirse a ellas directamente". En realidad, la forma más común de hablar entre un marido y una mujer en esa cultura es con el tú formal, shuma, "la misma palabra que se usa para dirigirse a un extraño o a un oficial", agregó el autor. "Nunca mencionan los nombres de sus esposas en conversación con otros. Hay muchos hombres afganos que no saben los nombres de pila de las esposas de sus mejores amigos. Se considera ofensivamente invasivo preguntarle a los hombres los hombres de sus hijas, mucho más de sus esposas".

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Los jóvenes se habían declarado su amor en secreto durante años, y en público durante los seis meses que ella pasó encerrada en el refugio. "Nunca habían estado a solas a puerta cerrada, mucho menos en el asiento trasero de un automóvil. Por lo general sólo se habían echado miradas y se habían encontrado clandestinamente en los campos de sus familias, que eran vecinos, y un día cuando los llevaron a los tribunales para que se ventilara su causa. Ese día se decretó la sentencia de muerte para Zakia: sus jueces lo hicieron implícitamente y su madre, su padre y sus hermanos lo hicieron en gritos e imprecaciones."

La fuga sucedió poco antes de que el caso de Zakia se trasladara a los tribunales de Kabul, donde la mayoría de tayik apoyaría el reclamo de la familia y ordenaría a la joven a regresar con ellos, "para pasar los que en serían los últimos días de su vida".

Si sobreviven, Zakia quiere que su hija tenga la educación que ni ella ni su marido tuvieron

La boda

Un pariente lejano de Ali, Salman, los recibió con todas las precauciones del mundo para que sus cuatro hermanos, con los que vivía, no vieran que la joven entraba a la casa.

—¿Por qué hicieron esto? —le preguntó a Ali.

—Sucedió, y ahora que ha sucedido no podemos volver atrás.

Al día siguiente ella se quedó en las habitaciones de las mujeres y Ali pasó todo el día fuera, con su pariente, porque no podía compartir el techo con Zakia antes de casarse. El padre de Ali llegó a la noche con un mulah, que celebró la ceremonia del neka (casamiento) por la cifra extraordinaria de 30.000 afghanis, unos 550 dólares: "Si yo no realizo esta neka, nadie lo hará", se justificó. Mientras la casaban con Ali, Zakia seguía en el cuarto con las mujeres: lo único que hace falta para casar a una mujer afgana son dos testigos varones y el mulah, junto con el novio y los padres de la pareja. La ausencia del padre de Zakia aumentó sensiblemente el precio de la ceremonia.

A la mañana siguiente continuaron su huida. Antes de que hubieran pasado un día en una aldea en las montañas, la policía consiguió su rastro y, por pedido de la familia de Zakia, marchó a buscarlos. Mientras el matrimonio huía corriente abajo por un arroyo, en la dirección opuesta el padre de Ali fue detenido por la policía. Mintió que no los había visto.

Pasaron la noche a la intemperie, y también la siguiente (aunque esta vez lograron encender un fuego para no pasar tanto frío). Cuando llegaron a la aldea de Ali, Surkh Dar, la policía los buscaba casa por casa; los protegió un miembro del concejo provincial, quien estaba exento de esa clase de requisas. Durante una semana vivieron cerca de la casa de Anwar y sus ocho hijos (siete sin Ali), y de la casa donde el padre, la madre y los cuatro hermanos de Zakia (quien también tenía seis hermanas) pensaban en hallarla y limpiar el honor de la familia.

"Cuando éramos pequeños, éramos cercanos y amistosos entre nosotros, pero luego, cuando crecimos, mis hermanos se volvieron tan duros conmigo", le dijo Zakia al Nordland. "Mis hermanos tenían más control sobre mí que mi padre. Cuando me veían, me decían que fuera dentro de la casa, que me ocultara de los extraños, que usara un pañuelo más grande para cubrirme. Si salía a comprar, me obligaban a usar la burqa, que odiaba". Agregó luego: "Odiaba la burqa antes, la odiaba entonces y la odio ahora. Es algo realmente diseñado para castigar a las mujeres". Es pesada e incómoda, da calor y apenas permite respirar y ver.

Luego de meses de huída, la policía detuvo a Ali en Kabul. El padre de Zakia los había demandado por secuestro y bigamia, ya que él había casado a Zakia con su sobrino.

Cansados de escapar

Luego de meses de huída, la policía detuvo a Ali en Kabul. El padre de Zakia los había demandado por secuestro y bigamia, ya que él había casado a Zakia con su sobrino. Temerosa de su familia, y de la policía que golpeaba a su esposo a diario, Zakia pidió ayuda en un albergue de Women for Afgan Women (Mujeres para las mujeres afganas). Le dieron refugio a ella —en la particular forma de arresto domiciliario— y los abogados lograron la libertad de Ali y el reconocimiento de la validez de su matrimonio.

Con esa novedad legal, regresaron a su tierra. Pero pronto uno de los hermanos de Zakia se presentó ante Ali y lo persiguió con un arma de fuego y un cuchillo.

El joven logró escapar de su cuñado, pero decidió que él y Zakia —ya embarazada— debían encontrar un lugar discreto en unas aldeas montañosas distantes. El embarazo de Zakia requirió atención médica, que no había en ese rincón perdido: debieron regresar a Kabul.

Intentaron dejar el país. Las embajadas de los Estados Unidos y de varios países europeos dijeron que podrían considerar sus pedidos de asilo sólo si primero huían como refugiados a un país vecino. El padre de Ali los acompañó a Tayikistán, donde los oficiales les reconocieron al menos cinco razones para pedir asilo; pero también vieron que llevaban con ellos todos sus bienes —sus ahorros, dos bolsas de ropa, las joyas de Zakia— y tenían una gran desesperación. Mientras tramitaban sus papeles en el Alto Comisionado para las Naciones Unidas en Tayikistán, dos hombres que se identificaron como policías los detuvieron en la calle, les quitaron todas sus posesiones y los regresaron a Afganistán sin causa ni demora.

Sus intentos de repetir el pedido de refugio en Pakistán o la India se frustraron. Y Zakia ya estaba a punto de dar a luz a Ruqia, por lo cual Ali y su padre decidieron regrear a Bamiyán. "Sé que existe un riesgo, pero no tenemos opción", dijo Ali al autor de The Lovers. "Ya dejamos de huir", dijo, y señaló a su hija.

Su situación económica era tan mala que no tenían dinero para comprar combustible y calentar la casa, y comían mal. La cosecha de papa no pudo competir con la de Pakistán, y muchos campesinos afganos vieron cómo su producto se pudría. El caso de Zakia y Ali había repercutido en las redes sociales, y una persona les envió de manera anónima 1.000 dólares por Western Union para ayudar al cuidado de la bebé. Ali usó la mitad del dinero para comprar alimentos y combustible, y con el resto del dinero compró una pistola que lleva todo el tiempo consigo y comenzó de nuevo sus ahorros. También tienen un perro en la puerta de la casa, ya que la familia de ella vive a sólo un kilómetro de ellos.

Si sobreviven, Zakia quiere que su hija tenga la educación que ni ella ni su marido tuvieron, según le dijo a Nordland. Y si llegan a verla crecer, Ali no elegirá a su marido, agregó él. "Ella lo elegirá".