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Ritual argentino: cómo el vino y el folklore despiertan los sentidos y la memoria en cada región del país

En el Día Mundial del Folklore, la celebración invita a recorrer la diversidad cultural de la Argentina a través de sus costumbres, sonidos autóctonos y sabores compartidos, reflejando la riqueza de las tradiciones que forman parte de la vida cotidiana y el patrimonio nacional

Varias personas alzan copas de vino tinto sobre una mesa de madera donde hay una botella de vino y platos.
El vino es símbolo de comunión e identidad en el folklore argentino, se consume en grupo y acompaña momentos de encuentro en los pueblos (Imagen Ilustrativa Infobae)
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El vino y la música no son simplemente productos que se consumen, sino amplificadores de experiencias, puentes emocionales y catalizadores sociales. Ambos poseen un lenguaje universal que conecta el cuerpo, la mente y los recuerdos, y comparten varias características. Son expresiones de arte, ya que el valor agregado del vino y su diversidad pueden considerarse como manifestaciones que buscan reflejar el carácter de un lugar y el estilo de su creador. Además, relajan tensiones sociales y promueven las relaciones, al ser el núcleo de la cultura de la hospitalidad.

Tanto el vino como la música son disparadores de la memoria sensorial. Una canción, o los aromas y sabores de un vino, pueden transportar en el tiempo a las personas porque activan el sistema límbico del cerebro, donde se procesan las emociones, lo que se traduce en un recuerdo.

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Para mucha gente, poner un disco y servirse una copa de vino al regresar del trabajo marca la frontera física y mental entre las obligaciones laborales y el tiempo personal. Cuando se habla de cultura popular argentina, surge la pregunta sobre cuál es la música que más se escucha en todo el país. Es el folklore, que, como reflejan muchas de sus canciones, está muy ligado a la bebida nacional.

Dos racimos de uvas rojas oscuras en una vid, una copa de vino tinto y una botella con etiqueta Bonarda Argentina frente a un viñedo.
El vino en la cultura argentina nace de la tierra madre, madura al sol y se transforma en un elemento central de la celebración (Imagen Ilustrativa Infobae)

El Día del Folklore se celebra en Argentina cada 22 de agosto por una doble coincidencia histórica que une el origen mundial del término con el nacimiento de una figura clave de la cultura nacional. Ese día de 1846, el arqueólogo británico William John Thoms utilizó por primera vez la palabra “folklore” (combinando folk —pueblo— y lore —saber—) en una carta publicada en la revista londinense The Athenaeum.

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Esa fecha coincide con el nacimiento, en 1865, de Juan Bautista Ambrosetti, pionero etnógrafo, arqueólogo e historiador entrerriano considerado el “Padre de la ciencia folklórica argentina”, por realizar los primeros estudios sistemáticos y exploraciones científicas sobre las costumbres tradicionales del país. Esta fecha quedó oficializada en 1960, cuando se celebró en Buenos Aires el Primer Congreso Internacional de Folklore. En ese encuentro, con representantes de 30 países, se decidió instaurar formalmente el 22 de agosto como la fecha definitiva para celebrar tanto el Día Mundial del Folklore como el Día del Folklore Argentino.

Para entender la profunda relación entre el vino y el folklore, se puede partir por los lugares, ya que ambos se dividen por regiones. En la música popular, se trata de áreas geográficas que comparten características musicales, danzas, instrumentos y temáticas poéticas, influenciadas por el paisaje, la historia y la herencia indígena.

Cuatro botellas de vino tinto, dos copas, aperitivos y cubiertos sobre una mesa de madera en un campo abierto.
El folklore y el vino comparten el paisaje y la tradición, enriqueciendo la memoria sensorial y la identidad de cada región (Imagen Ilustrativa Infobae)

En la Región Noroeste (NOA), conformada por Salta, Jujuy, Tucumán, Catamarca y La Rioja, se aprecia la mayor influencia andina (quechua y aimara). Su música está profundamente ligada a la tierra (Pachamama), al carnaval y a la vida mística de la montaña, con zambas, chacareras, bailecitos, carnavalitos, vidalas y bagualas, ese canto ancestral a capela o solo con caja. El paisaje de los cerros, la sequedad del monte, el éxodo jujeño, la Pachamama y la alegría del Carnaval de Tilcara o la Chaya Riojana marcan el ritmo de las costumbres de esa zona.

Siguiendo un recorrido imaginario de norte a sur, aparece la Región Chaqueña y Central, con Santiago del Estero y Córdoba. La primera es considerada la “cuna del folklore”. Es una zona de ritmo alegre, bailable y de un arraigo cultural indomable, donde el monte y el río marcan el pulso de la vida.

La Región Litoraleña comprende Corrientes, Entre Ríos, Misiones, Chaco, Formosa y Santa Fe, con importante influencia guaraní y herencia de inmigrantes europeos, que trajeron el acordeón. Su música (chamamé, rasguido doble, galopa misionera y chamarrita) es fluida y viva como sus grandes ríos, con el paisaje del río Paraná, la pesca, el trabajo en el quebrachal o el yerbatal, el amor romántico, el paisaje del Iberá y el idioma guaraní en las letras.

Mesa de madera con botella de vino, dos copas de vino tinto, racimo de uvas con hojas, viñedo y montañas nevadas en el fondo.
El vino es parte del folclore argentino desde la cosecha hasta la mesa, participa en rituales de encuentro y celebración (Imagen Ilustrativa Infobae)

La Región Cuyana (Mendoza, San Juan y San Luis) es la tierra del sol y del buen vino. Su folklore resulta refinado en lo armónico, con guitarras entrelazadas que generan melodías complejas y emotivas como las tonadas (que no se bailan, se cantan para homenajear a alguien) y las cuecas cuyanas. Allí, la cordillera de los Andes y la vendimia son temáticas recurrentes.

En la Región Pampeana (Buenos Aires y La Pampa) el gaucho es protagonista, con folklore introspectivo y solitario. Muchas expresiones son improvisadas o recitadas, reflejando la inmensidad del horizonte pampeano, y la guitarra criolla es el instrumento más utilizado.

Finalmente, la Región Patagónica, que adoptó el folklore más recientemente, muestra influencia Mapuche y Tehuelche, clima duro, viento y frío. Las letras abordan las penurias del peón de estancia y leyendas de los pueblos del sur.

El vino, el folklore y cada región del país

Botellas y copas de vino sobre una mesa de madera con una vela, frente a personas cantando y tocando la guitarra junto a una chimenea.
En las reuniones folklóricas el vino representa alegría y tradición, siendo protagonista en la mesa y en la música popular argentina (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el folklore argentino, el vino no es solo una bebida, sino un símbolo sagrado de comunión, identidad y arraigo a la tierra. Es el combustible de la peña, el compañero inseparable de las guitarreadas y protagonista de momentos únicos de recreación en los pueblos. Para el cantor y el paisano, el vino representa la alegría compartida, porque no se consume de forma individual ni pretenciosa; se toma en grupo, servido de una botella, damajuana o jarra, en vaso o copa, acompañando el asado, las empanadas, el pescado a la parrilla o algún guiso típico.

En la mitología folklórica, el vino tiene “vida” propia: nace de las entrañas de la tierra madre (Pachamama), madura bajo el sol y muere en la copa para revivir en el canto de los hombres. Un ejemplo es “Volver en vino” de Horacio Guarany, compuesta por Eraclio Rodríguez. La letra expresa el deseo de que las cenizas del cantor descansen en suelo cuyano y se transformen en vino para seguir alegrando a los amigos. En provincias como Mendoza y San Juan, el folklore respira vitivinicultura, y existen canciones dedicadas a la cosecha, el trabajo en la viña y la Fiesta Nacional de la Vendimia.

En la Región Noroeste (NOA) los vinos más populares son el Torrontés y la Criolla; el Malbec también es protagonista. Los dos primeros simbolizan el fruto único y ancestral de la región, ideales para acompañar empanadas y locro.

Copa de vino tinto Malbec sobre mesa de madera rústica, con viñedos dorados al atardecer y montañas nevadas en el fondo. Hojas secas dispersas.
La bebida nacional se integra a la vida cotidiana, su presencia es símbolo de hospitalidad y vínculo entre generaciones (Imagen Ilustrativa Infobae)

En la Región Chaqueña y Central (Santiago del Estero y Córdoba) la producción de vino es incipiente, pero allí se plantó la primera vid en 1556, y gracias a los Jesuitas el consumo se hizo costumbre.

En la Región Litoraleña es donde menos vinos se producen, por la humedad, pero las delicias del río y la selva siempre se han acompañado por blancos y tintos, generalmente servidos más frescos por el calor.

En la Región Cuyana todos los vinos son protagonistas, pero el más pedido es el Malbec. Allí, la diversidad y la calidad son apreciadas, y todos tienen algún amigo en bodega.

Copa de vino acompañada de uvas frescas en una degustación enológica. Explora la enología y disfruta de las catas de vino de autor. (Imagen ilustrativa Infobae)
La relación entre vino y folklore se expresa en canciones, celebraciones y la vida cotidiana de diferentes regiones del país (Imagen ilustrativa Infobae)

En la Región Pampeana no se produce tanto vino, pero se consume mucho. La vida de campo y los asados han hecho del vino un símbolo, con una cultura de blanco primero y tinto después, infaltable en la sobremesa.

La Región Patagónica es famosa por los vinos del Alto Valle de Río Negro y, más recientemente, los de San Patricio del Chañar en Neuquén, con el Pinot Noir y el Semillón como cepajes distintivos, aunque el más elaborado sigue siendo el Malbec.

El folklore está cada vez más arraigado y es valorado por las nuevas generaciones. A medida que se consolida, el vino argentino actual no solo representa el mejor maridaje cultural y regional, sino que propone nuevas posibilidades, gracias a su diversidad, incrementando el placer de las experiencias.

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