
“Soy María y mis compañeros me hacen bullying. No sé cómo evitarlo. Todo lo que hago para que esto cambie no sirve. Siempre estoy con una pelota en la boca del estómago. Son las mismas chicas con las que vengo desde Jardín, pero hay una que me odia y las otras la siguen. Estoy triste y no quiero seguir acá”.
“Me llamo José y algunos de mis compañeros me hacen bullying. No soy el único que la pasa mal. Todo por un chico que antes venía al colegio y me jodía. Ahora no está, pero los amigos y la novia siguen en mi curso. A veces lo encuentro en la salida. Mi viejo habló con el director y después con sus padres, pero no pasó nada. Un día mi papá lo amenazó y ahora lo denunciaron. Soy buen alumno, pero en la escuela nadie me ayuda. Después de tanto tiempo me están por cambiar. Esto es una m…”
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“Soy el profesor García (director de la escuela de José). Sabemos que existe bullying y lo tenemos controlado. No hemos tenido casos en los últimos años. Siempre están esos padres que exageran y victimizan a sus hijos. Escuchamos a todos. En esta escuela, afortunadamente, no hay ni conflictos.”
Si existe algo sobre las dinámicas escolares que hemos aprendido en las últimas décadas, es el reconocer que no es sólo importante dirigir los esfuerzos en la mejora de los aprendizajes de la lengua, la matemática y las ciencias, sino que existen factores que es imprescindible considerar, ya que condicionan de manera muy potente el enseñar y el aprender.
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El 2 de mayo se celebra el Día Mundial contra el Bullying, propuesto por una organización argentina, en tanto que el 2 de noviembre la UNESCO dispuso el Día Internacional contra la Violencia y el Acoso en la Escuela (incluido el Ciberbullying). En ambos casos el objetivo es generar conciencia acerca de que la violencia en el entorno escolar bajo todas sus formas atenta contra los derechos de los niños y los adolescentes, la salud y el bienestar.
En ese marco es oportuno detallar algunos conceptos. Junto al rol de la familia, la formación docente, el liderazgo directivo, el presupuesto y el hábitat educativo, entre otros, advertimos lentitud en torno de la necesidad de incluir el clima de convivencia por ser el factor interno asociado a la calidad educativa más significativo. Así, el análisis de los vínculos que construían los estudiantes fue complejizándose y la indisciplina y las distintas violencias comenzaron a mutar y tomar un mayor protagonismo. Al incluirse los estudios que se venían realizando desde los años ‘70 sobre el hostigamiento que sufrían algunos estudiantes, lentamente se hizo más evidente que muchos hechos de indisciplina y mala convivencia, no solo no eran algo “natural”, propio del encuentro entre los estudiantes, sino que debía ser prevenido a partir de alertas tempranas y contar con estrategias probadas para poder intervenir cuando se conociera algún caso.
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Las preguntas que nos hicimos hace décadas y que aún tienen pobres respuestas, continúan siendo:
-¿Cómo reconocer las diversas formas de violencia en la escuela y sus efectos en los alumnos que la sufren?
-¿Qué elementos integran las percepciones de los estudiantes sobre los maltratos y las violencias?
-¿Qué impacto tienen las violencias en el desempeño académico, el desarrollo personal y en el clima institucional?
-¿Cuántos son los alumnos que sufre el acoso de sus compañeros?
-Sin embargo, luego de tantas teorías y promesas, la pregunta obligada es: ¿Qué estamos haciendo?
Se nos va haciendo visible el impacto de la violencia en los aprendizajes a partir del análisis realizado en 2020 por el Observatorio de Argentinos por la Educación en las Pruebas PISA 2018, o a través de su último estudio utilizando las Pruebas Aprender 2019, donde conocimos que un 75% de los estudiantes percibe que existe discriminación por el “aspecto físico” o un 54,5% que observa amenazas y agresiones.
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Hoy la literatura especializada reconoce distintos aspectos que definen el clima escolar: la estima al colegio por parte de los alumnos (entusiasmo, compromiso por aprender, sensación de sentirse valorado por sus compañeros y docentes, etc.); el orden y la seguridad; las instalaciones del colegio; la convivencia de todos los que directa o indirectamente tiene que ver con la vida de la escuela. Es sobre este último factor donde el acoso entre los estudiantes o bullying ha tomado protagonismo y entendemos que aún no existe real conciencia de su gravedad.
En la década de 1970, el sueco-noruego Dan Olweus inició la primera investigación mundial sobre este tipo de violencia persistente. En 1973 los resultados de sus estudios fueron publicados en Suecia y en los Estados Unidos en 1978, bajo el título “La agresión en las escuelas: Los bullyies y niños agresivos.”
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El concepto de bullying proviene de una adaptación del concepto de acoso moral que se da también en otros ámbitos, sobre todo el laboral. Sea en la escuela o en el mundo del trabajo, las acciones van encaminadas a romper el equilibrio y la estabilidad psíquica de la víctima. Sin embargo, debemos considerar que, en la escuela, el que sufre acoso se encuentra en pleno desarrollo de su personalidad y al estar en una situación de mayor indefensión, las consecuencias pueden ser graves y duraderas.

Es importante insistir en la necesidad de delimitar y definir con claridad el término bullying y evitar utilizarlo como sinónimo de todo tipo de violencia que se presenta en la escuela. Pese a la gran cantidad de información que circula sobre este tema, es necesario desarrollar más trabajos de investigación, con estricto rigor metodológico, que permitan mostrar particularidades y dinámicas en distintos contextos, para evitar continuar con esta tendencia de llegar a conclusiones superficiales y publicar cifras que sabemos tienen poco que ver con lo conocido sobre la violencia en la escuela.
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Al analizar los programas y disposiciones realizadas, encontramos que no se ha trabajado de manera específica en la formulación de políticas educativas encaminadas a mejorar el clima de convivencia. Preocupa que hasta el momento se ha tratado de hacer frente al bullying a través de aspectos exclusivamente informativos, pero la tarea pendiente está en la formación vivencial y el desarrollo de aspectos socioafectivos que se dé en las aulas junto a las familias. Es allí donde el papel del docente como promotor de nuevas formas de convivencia, se torna central para erradicar la violencia al favorecer climas de bienestar y educar para la convivencia pacífica. Desafíos que nada tienen de romanticismo formativo, sino que sólo pueden ser resultado de estrategias pedagógicas.
Para que sea verdaderamente efectiva, la gestión de la buena convivencia requiere acercar la tarea que realizan los investigadores y los diseñadores de políticas, y de una fuerte estrategia basada en proyectos educativos de carácter multidimensional. Así, las acciones se realizarán no sólo en los estudiantes, sino también en sus familias, toda la comunidad escolar y la sociedad. Porque no es sólo un asunto de Escuela, sino de generaciones interactivas que todos deseamos sean mejores que nosotros.
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*Alejandro Castro Santander: Director General del Observatorio de la Convivencia Escolar de la Universidad Católica de Cuyo, Argentina. Cátedra UNESCO Juventud, Educación y Sociedad de la Universidad Católica de Brasil.
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