Pablo Rossi: “Convivo permanentemente con un Doctor Jekyll y Mr. Hyde, hay una parte de mí que por momentos temo hasta yo mismo”

Franco, el periodista que se pone al frente de la primera mañana de Radio Rivadavia se mostró duro con Alberto Fernández y el kirchnerismo. Íntimo, también habla de su esposa y sus hijos, y del momento en que supo que debía dar un salto en su carrera

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Rossi, con Teleshow

A los 50 años, Pablo Rossi está adonde soñó, aquel lugar por el cual trabajó mucho para alcanzar. Desde el 31 de enero conduce Esta mañana, de 6 a 9, en Radio Rivadavia. Y como condimento, compite con su compañero en la pantalla chica Eduardo Feinmann, quien sale al aire desde Mitre. Con humor, ambos encontraron una fórmula futbolera para definir la relación: “A la mañana con Eduardo vamos a hacer River-Boca; él es de Boca y yo soy de River. Y por la tarde, en la televisión, jugamos en la misma selección”.

Rossi llega a los estudios de Infobae contento: “¿La verdad? Estoy como chico con juguete nuevo”, define, y cuenta que está en pleno proceso de construcción de un programa de radio. Distendido y extraído de la realidad por una hora, el periodista se relaja y habla de todo: la importancia de ser un padre presente, y el amor y agradecimiento a su esposa por sobre todas las cosas. Pero también acerca su mirada sobre la política: la oportunidad “irrecuperable” que perdió Alberto Fernández, el rol la oposición y la “secta” del kirchnerismo.

—¿Cómo está hoy y cómo inició este año con el desafío de haber llegado al prime time de la radio?

—Muy contento. Estoy haciendo lo que realmente creo que siempre soñé con hacer. Y esto no es una pose, es cierto. Me doy cuenta de que esperaba este momento de poder armar mi programa en una primera mañana de radio.

—¿Recuerda lo que pensaba desde que salió de su casa hasta llegar a la mesa de la radio el primer día?

—¡Uff! Bueno, uno quiere tener todo el tablero de control, lo más completo posible, cosa que finalmente, cuando hacés radio, incluso tenés experiencia de radio, tenés que saber que lo mejor es cuando fluís, cuando se construye bien naturalmente. Y eso, llega. Pero el primer día te encontrás con el micrófono de nuevo, el volumen con el que recibís, dónde te sentás, un estudio nuevo, un grupo nuevo, un programa nuevo. Yo digo que estoy “en obra”. ¿Viste cuando la casa está en obra? Primero pusiste los cimientos, después las columnas, la estructura. Y a medida que vas avanzando, pensás en los pequeños detalles. El proceso de construcción de un programa de radio es más o menos eso.

Pablo Rossi, con Infobae: "Con Feimann jugamos un superclásico todas las mañanas"
Pablo Rossi, con Infobae: "Con Feimann jugamos un superclásico todas las mañanas"

—¿Qué es lo primero que debe construir?

—El tono. Esto lo he aprendido de algunos maestros que me han aconsejado. Hablé con muchos maestros que armaron programaciones de radio y que tuvieron éxito. Entonces no me cabe la menor duda de que a mis 50, ya con bastantes años de radio, el tono, las voces, el clima, la calidez... El momento especial, que es la primera mañana, a las seis: mucha gente te elige para despertarse. Muchas veces la primera melodía que escuchan es como la del despertador. Tu tono es clave para poder hacer que la gente se levante. A partir de ahí, de menor a mayor, acompañando a la gente.

—¿Sintió miedo en este nuevo desafío?

—Miedo escénico nunca tuve. Siempre fui medio histriónico, y mucho antes de meterme en el periodismo era locutor en una peña y locutor en un desfile de moda. Siempre el escenario y el micrófono me llamaban. Y en la radio bueno, finalmente, cuando uno se profesionaliza, uno tiene ansiedad: te come la cabeza la responsabilidad. Ya es otra cosa. Pero miedo, no. Los escucho a los actores en eso: se abre el telón y se acaban los miedos porque uno empieza a nadar. Se prende la luz roja de la cámara de televisión y uno empieza a nadar. Y si estás haciendo lo que te gusta, nadás como un pez, simplemente. La radio yo la siento de la misma manera, se pone el On del aire y ya sabés lo que más o menos tenés que hacer.

Pablo Rossi haciendo el pase con Cristina Pérez, otra de las figuras de Radio Rivadavia
Pablo Rossi haciendo el pase con Cristina Pérez, otra de las figuras de Radio Rivadavia

—¿Cómo se maneja con las críticas?

—Que es buena, porque uno es una esponja. Si vos abrís, tenés que estar preparado para recibir. Y yo creo que es fundamental. La pregunta que le hacía a todo el mundo cuando empecé el programa era: “¿Se escucha bien?”. No te digo: “Che, ¿está bien lo que digo?”. No. Me preocupaba fundamentalmente el tono, la calidez, el acompañamiento. Que sea algo que te da la bienvenida. Te abro y vos me abrís tu casa, porque es la intimidad. Muchas veces la gente está levantada, como yo, desde las cuatro de la mañana, o gente que te escucha en el auto a las seis. O en la mayoría de los casos, uno se imagina al que está por ir a laburar o salir a laburar a las siete, a las ocho. Se está despertando. Te abre la puerta de su casa, te hace formar parte de su intimidad. Entonces, uno tiene una responsabilidad. Tenés que ser buen anfitrión, cálido, amable. Eso es.

—Hablando de radio, ¿cómo vivió la partida de Marcelo Longobardi?

Está bien, partió de una radio, no partió de los medios. Es más, creo que muy pronto lo tendremos de vuelta. Tengo una relación: él me otorga ese título, tal vez inmerecido. Yo he sido un oyente de Marcelo desde Radio 10, pasando por toda Radio Mitre. Aprendí mucho como oyente y también como profesional. Marcelo nos referencia, para estar de acuerdo o en desacuerdo, pero para construir un punto de vista. Yo considero que las cosas que querés, las cosas que forman parte de tu vida, y muchos oyentes creo que pueden haber sentido eso, decían: “No puede ocurrir esto”. Y como profesional también me enseñó muchas cosas. Con la salida de Marcelo creo que se plantearon preguntas. ¿El éxito te puede empachar, como decía mi abuela? ¿El éxito te puede, en un momento, hacer colapsar o decir “hasta acá llegué de éxito”? ¿Uno puede manejar esa cosa después de tantos años de éxito? ¿Uno mismo le puede poner coto a la dinámica adictiva del éxito?

—La despedida de Longobardi fue una sorpresa, pero también fue sorpresa su pase a radio Rivadavia y el pase de Feimann a Mitre. ¿Cómo lo vivió?

—Bueno, ahí hubo un pase contra pase. Feinmann pasó a Mitre y yo pasé a Rivadavia, y a la vez los dos convivimos en la televisión.

—El primer día que empezó su nuevo programa, ¿Feinmann lo llamó? ¿Y lo llamó usted cuando empezó él en Mitre?

—No, porque charlamos mucho la salida. En la previa charlamos mucho. Cuando se conoció la noticia, la conmoción.

—¿Qué charlaban?

—A ver: tenía mucha ilusión de que fuéramos compañeros. Es más: íbamos a hacer el pase con él en Rivadavia. Este medio, me dijo un sabio, es así de chiquitito y da vueltas permanentemente. Hoy estás acá, mañana volvés a ser compañero. Rotamos. Lo importante son los valores de las personas. Yo creo mucho en eso. El juego limpio. El resto son las posibilidades profesionales y laborales. Eduardo creo que sintió una reivindicación, porque él comenzó por allí. No sé si alguna vez me pasará lo mismo. Entonces, con los años aprendo. Digo aprendo porque es en tiempo presente, a tratar de juzgar menos a los otros y a comprender más. Porque así, tal vez, querría que me trataran a mí.

—¿A quién le gustaría entrevistar en la radio?

—Estoy en una fase ecuménica donde me gustaría entrevistar a todo el mundo. Sería interesante si se dejara entrevistar, sin condicionamientos, a Cristina Fernández de Kirchner. La centralidad, para bien o para mal, de la Argentina. Y a Alberto Fernández, por supuesto. A cualquier personaje de la política actual. Pero también me encantaría tener el tiempo y que dé para entrevistar a personajes muy importantes. Me genera extrañeza y un interés muy especial el presidente de Chile, Gabriel Boric, 35 años, dirigente estudiantil de la izquierda más dura, con pronóstico de chavismo explícito y que de pronto da señales de moderación, centralidad. Vamos a ver. Me parece que puede ser sintomático de una nueva izquierda en América Latina.

—¿Qué le preguntaría a Cristina?

Si siente que tiene más prontuario que historia, en términos de todo lo que se ha configurado alrededor de ella: sus causas judiciales, el entorno de corrupción real que ha tenido y cuál ha sido su convivencia con el delito, su convivencia con el delito cometido por otros. Creo que el kirchnerismo no puede evitar tener que dar una explicación sobre eso. Pero como es una gran actriz, creo que podría contestar cualquier cosa. Con Cristina Fernández de Kirchner no sé si son tan importantes las respuestas sino la posibilidad de hacerle algunas preguntas, que nunca permite o casi nunca. O muy excepcionalmente, como aquella legendaria entrevista que le hizo nuestro colega y amigo Luis Novaresio.

—¿Cómo ve al kirchnerismo hoy?

Lo veo en retroceso, en retirada, llevándose las banderas, conurbanizándose y perdiendo territorio a paso redoblado. Y en la misma proporción, perdiendo todo aquello que lo había hecho trascendente, masivo, importante, central, que no tenía Néstor Kirchner. O sea, aunque ellos jamás lo puedan admitir, están quitándole todos los atributos al kirchnerismo, los que les había dado Néstor Kirchner: pragmatismo, una visión transversal; es decir, la capacidad de acumular capital simbólico políticamente. Se están convirtiendo en una secta. Se están convirtiendo en un rincón de la política, como la izquierda. Bueno, van para ese lado.

—Si Kirchner estuviera vivo, ¿qué cree que pensaría de ellos?

—”¿Qué han hecho con mi herencia?”. Y eso es ambiguo: por un lado, el Néstor de las cajas fuertes, y por el otro, el de la herencia política. Su hijo (Máxima Kirchner) cree que honra la memoria de su padre, tal vez, siendo un ultra que se lleva sus banderas, su honor a casa, para no traicionar al pueblo. Yo creo que no entendió nada de su padre, a quien yo no reivindico, pero al menos lo observo como figura histórica reciente, con capacidad típicamente peronista de acumular por izquierda, por derecha, por el centro, de acomodarse al tiempo que le toca. El kirchnerismo ha quedado descontextualizado, fuera de tiempo, y cada vez más sectario.

—¿Cómo ve al Presidente?

—De acuerdo a qué día, qué hora, diciendo qué cosa... No sé, como un Zelig, como el personaje de Woody Allen. O como me dijo Santiago Kovadloff: como el gólem de Cristina, esa construcción que, finalmente, se le vuelve en contra. Alberto Fernández perdió la gran oportunidad de ser. Ya no la recuperará. Va a pasar a la historia como uno de los peores presidentes de la Argentina. Pero no por los resultados económicos, sociales, que son desastrosos, porque ahí tiene mucha competencia. Yo creo que se mide desde cosas mucho más elementales: su inconsistencia, sus papelones, sus errores, su falta de profesionalismo para cumplir con el cargo. Mirá, teníamos a (Fernando) de la Rúa en la memoria histórica reciente como un presidente que en su última parte estaba un poquito fuera de la realidad. No entendía muy bien qué pasaba. Ahora, al lado de Alberto Fernández, De la Rúa es Churchill. Y mirá lo que te estoy diciendo. ¿En qué sentido? Que no le explote la Argentina como le explotó a De la Rúa no significa que Alberto Fernández nos esté llevando a alguna parte. Acabamos de tener a un presidente que le dijo a Xi Jinping que admira y comparte los valores del Partido Comunista chino o del tránsito que hizo desde Mao hasta la actualidad. Como me decía hoy Loris Zanatta: no hay un Partido Comunista chino homogéneo, lineal. ¿Qué está reivindicando? ¿Las matanzas de la revolución cultural de Mao? ¿Prácticamente el genocidio? ¿O está avalando el pragmatismo capitalista de estado de esta nueva etapa del Partido Comunista chino? Las dos cosas no podés reivindicar porque son contradictorias. Entonces, ¿se prepara Alberto para decir tres palabras en el exterior? Su genuflexión con Putin: cualquier estudiante de Relaciones Internacionales se da cuenta de que hoy Rusia no necesita de Argentina para entrar a Brasil, pero tampoco para entrar a Chile. Argentina no es puerta ni umbral de entrada de nadie. Un país que no tiene plan económico, que no tiene moneda, que tiene 50% de pobres, que no tiene inserción internacional, y con un canciller que encima dice que hay un creciente interés por escuchar a Alberto Fernández… Perdón: vos me preguntás por Alberto Fernández y yo tengo que poner cara de preocupación o de angustia o reírme.

—Hablando de la actualidad, ¿cómo ve a la sociedad frente a este presente?

—Creo que hay una sociedad sufriente, un desgaste social importante. Hay núcleos de la sociedad bien activos que, por supuesto, son aquellos que son como los anticuerpos y que reaccionan. Digo, el grupo que reaccionó durante la cuarentena con los banderazos, no juzgo ideológicamente ni nada, yo te hablo de reacciones. Los grupos sociales que han salido a la calle y se están dando cuenta de que se viene el ajuste. Está bien: el malo, el demonio, el Satanás, es el Fondo Monetario Internacional. Pero temen, intuyen, saben, que vivir de prestado, vivir del Estado, esta vida precaria, nadie se la va a poder sacar de un día para el otro, es artificial. Es imposible seguir sumando pobres, sumando subsidiados, sumando gente que son como muertos vivos por la calle. No se puede tener a una parte importante de la población sin destino, sin futuro, sin educación, sostenida por “papá Estado”. Ese tiempo de la Argentina tiene un plazo fijo. Y yo creo que por eso hay como núcleos de la sociedad que se van a empezar a mover. Vamos a tener un año muy muy intenso, muy caliente en la calle.

—¿Cómo ve a la oposición frente a este Gobierno?

—El desafío de la oposición es que se prepare, por las dudas, para ser gobierno mañana. Y esto no es destituyente. Es cuando vos tenés 100 millones de reservas en el Banco Central, te enfrentás a una piña macroeconómica. A no ser que te salve el Fondo. Y encima tenés un presidente que necesita del Fondo, pero tiene una alianza gobernante que se parte en dos, y uno de esos grupos va a tirar piedras, y la oposición tiene que salvar al oficialismo. Entonces, esta tiene el desafío de ser el salvavidas institucional del Gobierno para que termine en 2023, porque desde adentro hay más destituyentes que afuera, y en simultáneo prepararse para gobernar y hacer todo lo que no hizo en los cuatro años que gobernó Macri y todo lo que se le agregó con estos dos años. O sea, la Argentina de hoy está peor que la Argentina de Macri. La Argentina que dejó Macri estaba un poco mejor que la que recibió él en el punto de algunas cuentas fiscales, pero con un endeudamiento que reflejaba como dos caras de una misma moneda: Cristina le dejó sin reservas el Banco Central, explotando la pobreza, explotando una serie de variables que Macri no pudo terminar de acomodar, eso se acumuló y ahora está todo peor.

—En ese salvavidas, ¿a quién ve con más posibilidades para conducir?

Lo veo a Horacio Rodríguez Larreta como el armador silencioso, con su tablero de control ampliado. Horacio tuvo siempre un tablero de control porteño para controlar la Ciudad, ahora está planificando ser candidato a presidente pretendiendo lograr un gran consenso. Lo veo a Mauricio Macri esperando el segundo tiempo. Preparándose. Los veo a todos con un aprendizaje. A todos los opositores. Nadie puede sacar los pies del plato. Nadie puede romper. Los radicales no pueden tener díscolos que intentan romper. Pero también con mucha hambre: Morales, Cornejo, Lousteau. O sea, hay muchos candidatos que quieren ser, hay algunos que sobresalen, hay un reconocimiento interno de Macri como que es un primus inter pares por el blindaje que obtuvo en lo bueno y lo malo, y sobrevivió al incendio de su propio gobierno con un 41% de votos y un rumbo, la inserción de Argentina en el mundo, el respeto internacional. Por supuesto, con toda la deuda interna que generó y las facturas que la sociedad no sé si le perdonará. Está ahí. Patricia Bullrich, que quiere ser. Los halcones que sobrevuelan. Hay mucho.

Pablo Rossi y su familia
Pablo Rossi y su familia

—¿En algún momento durante su trayectoria laboral pensó que iba a quedarse en el camino?

—Sí. Muchas veces dudé de si había llegado a un techo profesional, yo cuando hablo de un techo no hablo ni de la fama ni del reconocimiento, hablo desde el deber ser. Yo tengo un deber ser inculcado muy grande.

—¿Cuándo dijo “hasta acá llegué”?

—Cuando habían pasado más o menos 15 años de estar en Cadena 3 en Buenos Aires y de reflexionar que yo ya vivía en Buenos Aires, pero que no trabajaba en un medio de Buenos Aires y que estaba y no estaba. Estaba en la radio más importante del Interior, pero Buenos Aires pasaba por otro lado. Por primera vez, eché una mirada en las grandes radios de Buenos Aires, ahí me encontré con un gran tipo, Guido Valeri, que me llevó a Mitre. Y además había estado con Mariano Grondona y ahí fue también una sincronía. Fue el último año de Hora clave. Me quedé sin ese maestro al aire, que me cobijó durante cuatro años. Entonces, como que salí a la intemperie. Y algo me impulsó a decir: “Queda mucho todavía. Así que dale, seguí, explorá”.

—¿Cómo se adaptan su mujer y sus hijos a este nuevo Rossi?

—Eso es vital. Me permiten hacer esto. Eso es muy importante para mí. Yo vivo con mi mujer, somos novios, esposos y socios desde muy temprano, desde que teníamos 18 años, ella un poquito menos, 16, y yo 17. Somos dos tractores que nos vinimos de Córdoba, que tuvimos tres hijos acá, tres varones y una nena; uno nació en Río Cuarto, en un destino periodístico cuando fui director del diario de Río Cuarto. Pude acompañar a mis hijos a la escuela. Pude ser un padre presente con todos mis hijos.

—¿Qué aprende de sus hijos?

—Todo el tiempo aprendo que no sé nada. Aprendo a ponerme en el lugar de que uno no nació con un manual para ser padre, no nació con un manual para ser adulto, y que te vas construyendo adulto también, te vas construyendo. Primero, te interpelan todo el tiempo. Y cuando tenés cuatro de diferentes edades, el que tiene 9 ahora no te interpela como la que tenía 9 en ese momento: lo hacen de distintas formas. Aparte cada uno tiene su personalidad, su demanda, su reflexión sobre lo que vos hacés.

—¿Qué le dicen?

—Tengo una anécdota maravillosa. El otro día me levanté a las cuatro de la mañana, bajo 4:25 a hacerme el café. Yo cierro la puerta porque pongo la licuadora, la cafetera que hace ruido. Y veo que abren la puerta y aparecen los dos más chicos, el de nueve y el de 13, con cara de cómplices, de pícaros. “¿Te vas?” me preguntan. “Bueno, te vinimos a desear suerte”. Casi me como crudos a los dos. Les digo: “¿Ustedes se levantaron a esta hora para desearle suerte a papá?”. Y se miran en forma cómplice. Se habían quedado con el celular, o con Netflix o con la Play, porque así son los chicos tecnológicos, tienen la habitación abajo, están desfasados de sueño. Como yo me acuesto temprano, mi mujer me acompaña temprano. “¿En serio que te vas a esta hora papá? Nosotros no creíamos que era tan temprano”, me dijeron. Son maravillosos.

Pablo Rossi junto a su esposa, Silvana Zabala
Pablo Rossi junto a su esposa, Silvana Zabala

—Durante las 24 horas del día, ¿cuál es su momento de mayor felicidad?

—Tengo dos momentos. Cuando comienza mi programa en Rivadavia y cuando pongo mi cabeza en la almohada junto a mi mujer a la noche, me acompaña y me dice: “Dormite ahora porque lo necesitás”. Son dos momentos en las antípodas del día. Y a la mañana me activo y digo: “Tengo una tarea con la gente que se está despertando. Tengo una responsabilidad”. Yo soy medio así, medio papá Ingalls. Tengo una cosa de paternalismo.

—¿Cuál fue el minuto que cambió su vida?

—Uno tiene muchos minutos que le dan giros a la vida. A ver, uniéndolo con la última respuesta: el día que me dijeron que iba a ser papá. Ahí cambiaba mi vida en serio. Ahí llegaba la adultez. Iba a nacer Lucía. Escribí algo unos minutos antes que ella naciera: “Carta a Lucía” me acuerdo, donde le digo muchas cosas a mi hija antes que nazca, porque después iba a tener que enfundar mi traje razonable, de hombre razonable, para tomarla de la mano y acompañarla. Tus hijos no son tus hijos, son hijos e hijas de la vida. Ese fue el momento que cambió mi vida.

—Si tuviera un minuto para agradecer, ¿a quién le agradecería?

—No me alcanzaría un minuto. A mi abuelo Rossi. Mi ángel de la guarda. Que me puso un libro cuando era muy chiquito y me acompañó hasta los 16 como un librero que era. Fue el que me hizo hacer la universidad antes de la escuela primaria dejándome una biblioteca. A mi vieja, que me enseñó el valor de la libertad, fundamental. Ser libre, lo demás no importa nada; esa es mi vieja, mi madre, Soledad. Con toda una vida en contra. Una vida muy compleja. Carácter fuerte; heredé su carácter. Mi padre, porque me enseñó que siempre se puede ser un buen padre, no importa cuándo. Mis hijos, que me enseñan todos los días. Mi mujer está en un pedestal, porque me banca. Y a partir de ahí todos los maestros que he tenido, todos y cada uno, desde la radio de Córdoba, Mario Pereyra, Ronnie Vargas, Miguel Clariá, Mariano Grondona, todos los monstruos de Mitre. Daniel Hadad en algunas dosis de las pocas veces que nos conocimos, que hablamos. Y muchos, Jorge Fernández Díaz fundamentalmente, Marcelo Longobardi. Tengo muchos maestros.

Pablo Rossi: "Agradezco mi vieja, que me enseñó el valor de la libertad, fundamental. Y a mi padre, porque me enseñó que siempre se puede ser un buen padre, no importa cuándo".
Pablo Rossi: "Agradezco mi vieja, que me enseñó el valor de la libertad, fundamental. Y a mi padre, porque me enseñó que siempre se puede ser un buen padre, no importa cuándo".

—Para finalizar. ¿Pablo Rossi tiene algún muerto en el placard?

—Claro, te lo describo así: más que un muerto en el placard es un Doctor Jekyll y Mr. Hyde con el que convivo permanentemente. Tranquilo. Yo jugaba en Radio Mitre Córdoba con el Rossi bueno y el Rossi malo. Hay una parte de mí que por momentos me temo hasta yo mismo. Con lo cual, no soy tan bueno, y estar en control con mi inteligencia emocional creo que es mi desafío más importante, porque eso también es un desafío para el éxito. Digamos, para el éxito y para mantener una confiabilidad frente a la gente.

—¿Cuándo aparece el Rossi malo? ¿Qué lo desestabiliza?

—La mentira y la subestimación intelectual. No soporto que me subestimen. No soporto que me subestime un jefe, no soporto que me subestime un compañero, no soporto que me subestime un político, ni hablemos. No. A mí, la subestimación no. El maltrato, no; no lo tolero. Bueno, ese es el rasgo que heredé de mi madre. Que a veces te provoca choques innecesarios, desgastes, pero también te fortalecen.

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