Les prometían una familia y los enviaban al infierno: Hogar Casa de Belén, el sitio donde retuvieron a niños víctimas de la dictadura

En su último libro, “Malmö. Una historia argentina”, la investigadora Mónica Szurmuk reconstruye, a través del testimonio de una de sus protagonistas, la historia de la familia Ramírez, desmembrada por el terrorismo de Estado. Y narra los suplicios y vejámenes que vivieron los hijos de esa familia al ser encerrados, después del asesinato de su madre, en esta institución que dependía de la iglesia Sagrada Familia de Banfield y estaba destinada a funcionar como una casa de acogida para niños judicializados

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La primera vez que se vio frente a un lienzo en blanco, después de que por recomendación de su terapeuta se anotara en un curso de pintura y el docente le diera un espejo y una consigna: pintar un autorretrato, María pudo comenzar a contar su historia

Esta historia podría empezar con la llegada de Vicenta Orrego y Julio Ramírez, un matrimonio paraguayo que buscó refugio en la Argentina a comienzos de 1970 después de huir de la dictadura de Alfredo Stroessner, al conurbano bonaerense. Se instalaron en Bernal Oeste, en el partido de Quilmes. Vicenta atendía un almacén; Julio, albañil, trabajaba en la construcción. Se hicieron una casa, tuvieron tres hijos: Carlos, que nació en 1971; María, en 1972; y Mariano, en 1974. Julio participaba activamente de la Sociedad de Fomento del barrio y consiguió que instalaran el agua corriente. Vicenta colaboraba con sacerdotes para el Tercer Mundo y organizaba actividades para los niños. Eran felices. Hasta que en 1974 se llevaron preso a Julio “por posesión de propaganda subversiva”. Le dieron tres años de cárcel. Se quedaría seis.

“Todo nuestro camino al infierno se inicia ahí”.

La que habla es María Ramírez, la hija del medio. A quien habla es a Mónica Szurmuk, docente e investigadora de Conicet y autora de Malmö. Una historia argentina, un libro que gira sobre su testimonio y recupera un caso poco explorado del terrorismo de Estado, el de los niños que fueron víctimas del Hogar Casa de Belén, un sitio siniestro donde llevaron a hijos de desaparecidos.

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Esta historia podría empezar con la que Mónica Szurmuk escogió como escena inicial de su relato: “El vecino de enfrente la vio salir. Menudita, con el bebé en brazos, un trapo blanco en la mano. Se estaba entregando.

Antes, había pedido un alto al fuego y había apoyado un colchón en la ventana para sacar a los otros chicos: María, de cuatro años, y Carlos, de cinco. Carlos estaba sangrando: lo había rozado una bala.

Vicenta los abrazó y les dijo que siempre estuvieran juntos. A Mariano, lo alzó.

Salió en camisón. Había brisa y mucha neblina.

Le dispararon en la cabeza.

Cayó junto al bebé. Uno de ellos apartó el cuerpito del nene con una patada. Después se acercó y lanzó una ráfaga de ametralladora sobre la madre. ‘Juan Carlos, volteé a una’, gritó satisfecho. Había matado a Vicenta Orrego Mesa delante de sus tres hijos”.

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Podría empezar con el momento en que la autora conoce a María Ramírez personalmente, cuarenta y siete años después del asesinato de su madre, en el aeropuerto de Copenhague. De donde partirán juntas en dirección a Malmö, la ciudad sueca en la que vive Ramírez, la que le da nombre al libro.

O con las condenas emitidas en 2023 por el Tribunal Oral en lo Criminal Federal N°1 de La Plata, que dictó prisión perpetua para el exministro bonaerense Jaime Lamont Smart, para el excomisario y jefe del centro clandestino de detención Pozo de Banfield, Juan Miguel Wolk, y para los expolicías bonaerenses Armando Antonio Calabró, Rubén Oscar Chávez, Roberto Guillermo Catinari, Héctor Raúl Francescangeli y José Augusto López, por homicidios agravados. Y cinco años de prisión a quien era secretaria judicial, mano derecha de la jueza ya fallecida Marta Delia Pons, que disponía el encierro y la retención de los menores en el Hogar Casa de Belén, “por el ocultamiento y la alteración de la identidad de los hermanos María Ester, Carlos Alberto y Mariano Alejandro Ramírez”. Confinados entre 1977 y 1983 en ese recinto ubicado en Banfield por disposición del Tribunal de Menores de Lomas de Zamora, después del asesinato de su madre, mientras su padre cumplía condena como preso político.

O con María ya en Växjö, la ciudad de Suecia a la que se fueron cuando su padre pudo rescatarlos de ese infierno —y donde aún viven Julio y sus hermanos—, la primera vez que se vio ante un lienzo en blanco, después de que por recomendación de su terapeuta se anotara en un curso de pintura y el docente le diera un espejo y una consigna que la enfrentó consigo misma: pintar un autorretrato. Cuando, como si le hubieran ofrecido una sesión de exorcismo, María purgó su historia por primera vez.

O con la foto de ella junto a sus hermanos de pequeños, donde se los ve emponchados para combatir el frío del invierno. La misma que María tiene colgada en su casa, en el cuarto en el que pinta. La que debe haber sido la última antes de que mataran a su madre, antes de que se los llevaran al Hogar Casa de Belén, los privaran de su familia y los marcaran para siempre. La foto que es, también, tapa del libro.

O con el instante en el que los tres hermanos Ramírez llegaron al Hogar Casa de Belén. A María “le sacaron los aritos de oro y la ropa que le había elegido su mamá. A ella y a sus hermanos les dijeron que, desde ese momento, tenían que llamar ‘mamá’ a Dominga Vera y ‘papá’ a Manuel Maciel” —escribe Szurmuk—. Era la pareja a cargo de la casa en la que vivieron entre trece y quince niños judicializados. Cinco de ellos víctimas directas del terrorismo de Estado: la policía y los militares habían desaparecido o asesinado a sus padres.

Todos los comienzos son posibles. Todos construyen Malmö. Una historia argentina, en la que Mónica Szurmuk expone los pedazos y presenta, siguiendo tres líneas siempre fragmentadas, una imagen, un testimonio, una denuncia de lo vivido por los hermanos Rodríguez (y por otros niños) durante la represión dictatorial. Y también el camino que anduvo para narrarla (los años de investigación académica, las conversaciones con sus protagonistas, el encuentro con María en Suecia, lo que le sucedía en el proceso), y algunos recortes de lecturas que la ayudaron a escribir.

Mónica Szurmuk, docente e investigadora de Conicet, reconstruye en "Malmö. Una historia argentina", la historia de la familia Ramírez, desmembrada por el terrorismo de Estado. Y narra los suplicios que vivieron los hijos de esa familia, María, Carlos y Mariano, al ser encerrados en el Hogar Casa de Belén (©María Birba)

“No me gustaba la comida. Me castigaban y me hacían ir a comer con los perros. Me sacaban al patio y tenía que comer en el patio, en el plato de los perros. Era un asco. Pero hasta los perros me parecían más humanos que la gente”.

La voz es de una mujer. No es la de María, pero la recrea: es un corto de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación que narra su historia. El relato, se explica abajo, es reconstruido a partir de la información de la causa judicial. La pieza tiene una animación delicada e impactante y se titula: El día que perdimos el habla. Hogar de Belén, episodio I.

“Llegamos el 14 de marzo de 1977”. Sigue. “Mientras dormíamos la policía y el Ejército entraban a casa, en Lomas de Zamora. Mataron a mi mamá, Vicenta Orrego Mesa, y a dos compañeros de militancia de ella. Mis hermanos y yo teníamos dos, cuatro y cinco años de edad. Una semana más tarde nos llevaron al Hogar de Belén, un hogar de menores que dependía del arzobispado de Banfield. Dominga Vera y Manuel Maciel eran los directores. Así entramos al infierno”.

“Supe de la existencia de la Casa de Belén por Clara, una de mis mejores amigas del colegio”, reconstruye Mónica Szurmuk en Malmö. “Sus padres, que eran feligreses en la parroquia, se entusiasmaron con la propuesta del cura de abrir una casa de guarda que complementara al Hogar Pereyra y fueron parte del grupo fundador. ‘Los chicos van a vivir con una familia’, me contó Clara en una hora libre. ‘Va a ser hermoso’”.

Mónica Szurmuk vivía en el barrio en el que funcionaba el Hogar de Belén y supo de él desde el comienzo.

—Este hogar es fundado por la iglesia de la zona, y yo tenía una compañera cuya familia iba a misa a esta iglesia —cuenta la autora en diálogo con Infobae—. Por eso estaban enterados de este lugar que, en ese momento, parecía una buena idea porque, a diferencia del orfanato del barrio (porque había un orfanato que de hecho sigue funcionando) donde los niños están en una situación más institucional, la propuesta era que los chicos se iban a criar en una familia; numerosa pero una familia. Que no iban a vivir en una institución si no en un chalecito de barrio, que iban a ir caminando a la escuela parroquial, que iban a ir caminando al club de barrio. Lo que pasa es que las personas que ponen a cargo de esta casa, el que era la figura paterna, era un tipo que sus propios hijos dicen que ya era violento con ellos. O sea que ponen a criar a estos niños a un hombre muy violento, con conexiones con gente muy violenta. Desde el primer día los chicos son maltratados, son abusados. Y además hay otra gente que tiene acceso a la casa y a los chicos. Entonces María es abusada no solo por el apropiador y por su hijo, sino por otros hombres que entran y tienen relaciones con la familia. No sé ni siquiera cómo decirlo. Desde el principio, esta casa está signada por una cosa terrible.

Una vez que sostuvo un pincel y sacó de sí lo que había dentro, no volvió a soltarlo. Aunque su trabajo principal es la enfermería —cuidar a otros—, María también es pintora. Sus cuadros cambiaron de tonos y colores después del juicio por los crímenes del Hogar Casa de Belén

“Nadie recuerda exactamente cuándo Dominga Vera, Manuel Maciel y sus tres hijos, Patricia, Sandra y Jorge, llegaron a vivir a la casa de Pueyrredón 1547, donde aún funciona el Hogar Casa de Belén”, escribe Szurmuk en Malmö. “Nadie sabe quién los eligió para que fueran padres sustitutos. Muchos sospechan que fue idea del cura, que conocía a Manuel porque lo había contratado para que hiciera algunos trabajos de albañilería. Manuel ya tenía una historia de violencia. Según su hija Sandra era “bruto a más no poder”.

“Los castigos en la Casa de Belén”, enlista la autora en el texto:

“Comidas en silencio obligado

Comidas junto a los perros

Insultos

Palizas

Golpizas con garrotes, cinturones, maderas

ManoseosViolaciones

Obligación a dar sexo oral

Hundimiento de la cara en el inodoroAmenazas con armas”.

Durante siete años sufrimos abusos sexuales, humillaciones, maltratos de parte de los Maciel y de otras personas con permiso de ellos —habla en primera persona la voz que encarna la de María en el corto sobre el caso—. Siempre todo era tenso y violento. No podíamos hablar entre nosotros. Tampoco jugar. Mi hermano Mariano, el más chico, dejó de hacerlo: se quedó sin habla. Para ocultarnos nos cambiaron el apellido y nos mintieron: nos decían que papá y mamá nos habían abandonado para que nos olvidáramos de ellos”.

Carlos, María y Mariano vivieron en ese sitio desde 1977 hasta 1983.

Fachada del Hogar Casa de Belen, en Banfield (Ministerio Público Fiscal)

Mónica Szurmuk era una adolescente cuando la dictadura. Había crecido en el barrio y madurado inquietudes respecto a lo que había ocurrido en ese sitio.

—Cuando empecé a atar cabos fui a hablar con las Abuelas [de Plaza de Mayo], todavía en dictadura, pensando que me iban a decir “no, ese lugar no tiene nada que ver”. Y ellas ya sabían del caso, ya conocían el lugar, se habían entrevistado con la jueza de menores que estaba a cargo de estos chicos, que los había internado ahí —recuerda.

Tiempo después, ya devenida investigadora, comenzó a indagar en el Hogar de Belén como parte de un proyecto en el que trabajaba dentro de la Universidad Nacional de San Martín, que a la vez forma parte de una red internacional que aborda temas de educación, justicia y memoria.

—Tenemos un grupo que trabaja en secundarias públicas con un proyecto que se llama Cartografías íntimas en comunidad y propone recorridos por sitios de memoria en Lomas de Zamora que luego son tramitados, repensados a través de obras artísticas. Los chicos hacen un recorrido y luego hacen murales, hacen un taller de archivo, talleres de podcast, de fotografía, de escritura creativa. Yo estaba involucrada en esto y además venía leyendo los expedientes judiciales. Entrevisté a fiscales, a los psicólogos del Cels y a las abogadas que acompañaron el caso al principio. Cuando fue el juicio, que finalmente se realizó en 2022 y 2023, empecé a tener mucho más interés en escribir sobre este caso. Hice un taller en Anfibia con Sonia Budassi sobre migración y escribí sobre María, que es un poco la protagonista del libro. De los tres hermanos, ella ha sido siempre la que ha hablado con los medios, la que ha participado de eventos públicos y además es pintora: ha traído sus cuadros y los ha exhibido acá. Y digo traído porque la familia sigue viviendo en Suecia. Entonces el nombre del libro, que es Malmö, tiene que ver con la ciudad donde vive, donde ella construyó su vida adulta. Yo entrevisté a María allá.

Fragmento a fragmento, esos de los que se compone el libro a pedido específico de la autora —que se noten— ella reconstruyó el devenir de los hermanos Ramírez. En especial, de María.

—Apenas el padre se entera del asesinato de su mujer, él empieza a hacer gestiones desde la cárcel. Llama a la familia, que es paraguaya, y le pide a la hermana y a la madre que vengan a reclamar a los chicos —cuenta—. Ellas vienen inmediatamente y se instalan en la zona donde tenía potestad la jueza y piden la guarda. No se las dan. El padre de los chicos, que estaba como preso legal, es liberado en 1980. Como él era paraguayo, no se le permite quedarse en el país, se le da la opción de ser deportado a Paraguay, pero por la historia misma que lo trajo a su exilio argentino no podía volver a su país y consigue refugio político en Suecia. Desde Suecia, con el apoyo de organizaciones internacionales como Amnesty, la Cruz Roja y luego con el apoyo del Cels, empieza a reclamar la tenencia de los chicos y los recibe recién en 1983. Es la última decisión de la Corte Suprema en dictadura. Él se reencuentra con los chicos en diciembre de 1983, cuando ya había asumido Alfonsín.

En 2024 María expuso sus cuadros en el edificio de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional, en Buenos Aires

Militares y policías, en nombre del Estado, apresaron a su padre, asesinaron a su madre, los arrancaron de su familia, les cambiaron el apellido, los vejaron de todas las formas posibles, les negaron todo contacto con su abuela y su tía que no dejaron de clamar por ellos.

—La tía, en algún momento que en la casa hay un evento y está abierta, logra entrar y acercarse a uno de los chicos y decirle que es la madrina —cuenta Szurmuk—. Es una familia que siempre sigue reclamando a los chicos y que pasa años sin poder reencontrarse con ellos. Incluso cuando llega la tía de Paraguay, la asistente social que va a visitar la casa recomienda que los chicos sean otorgados a su familia, a la tía con su marido y a la abuela. Y la jueza dice “esa pericia no me sirve”, la cajonea y manda a otra persona. Si no los chicos, en poquitos meses, hubieran podido vivir con su tía.

“Papá estaba preso desde 1974, era un preso político”, dice la voz que encarna la de María en el corto y retoma sus palabras en el juicio. “Un día llamó a su hermana, mi tía Lucila, que vivía en Paraguay, y le pidió que nos buscara. Pero la jueza Marta Delia Pons, del Tribunal de Menores de Lomas de Zamora, le dijo que no tenía dinero para mantenernos y darnos de comer y que nunca iba a recuperarnos. Pasó mucho tiempo. Pero finalmente, por suerte, no tuvo razón”.

Malmö, el título del libro, hace referencia a la ciudad sueca en la que vive María Ramírez y en la que construyó la mayor parte de su vida adulta

“En diciembre de 1983 —narra otra voz, ahora masculina, hacia el final del corto de la Secretaría de Derechos Humanos— Julio Ramírez se reencontró en Suecia con sus tres hijos: Carlos Alberto, María Esther y Alejandro Mariano. El daño que sufrieron ellos y otros niños y niñas en el Hogar de Belén dejó secuelas que perduran hasta el presente. El juicio por los crímenes del Hogar de Belén juzgará hechos cometidos contra nueve víctimas. Hay trece imputados por apropiación y abuso sexual de menores de edad así como por el homicidio de Vicenta Orrego Mesa, José Luis Alvarenga y María Florencia Ruival”.

Según supo Mónica Szurmuk, apenas se lo permitieron, Julio Ramírez viajó a buscar a sus hijos y se los llevó con él, directo a Ezeiza. Y de ahí a Suecia, de donde no regresarían. Crecieron en Värjö, una ciudad pequeña en el sur del país nórdico en la que no había muchos sudamericanos ni vínculo con el pasado. Aún así, no cejaron de reclamar justicia.

Por qué los retuvieron, por qué no se los entregaban a su familia si las personas a su cargo no deseaban criarlos ni protegerlos si no lo contrario, qué buscaban con los niños, por qué querían quedarse con ellos, es una más entre las infinitas sinrazones de los años atroces.

Tampoco la investigadora pudo elaborar alguna explicación posible.

—Es una de las cosas que me quedó muy pendiente. Yo quería tener acceso al legajo personal de la jueza para entender de dónde venía el ensañamiento con estos chicos. Ella, ya después del retorno a la democracia, es entrevistada por Magdalena Ruiz Guiñazú y le dice: “Yo hice todo bien”. “Yo, a los chicos a los que vinieron a buscar, los devolví”. Y es la misma jueza que a las Abuelas de Plaza de Mayo les dice que ella jamás les iba a entregar un chico.

De izquierda a derecha: María, Mariano y Carlos Ramírez. La foto de los tres hermanos de pequeños que María tiene colgada en su casa, en el cuarto en el que pinta, y que es, también, tapa del libro

“Todas esas experiencias que uno tuvo en ese tiempo son como las de guerra. La apropiación de nosotros, el cambio de identidad, porque nos cambiaron, quitarnos nuestros padres, el abuso personal y sexual son, como el tráfico de niños, para mí —es mi sentimiento personal— es una exterminación equivalente al genocidio. Y era esto lo que pasaba en ese tiempo. Esta casa era como una cárcel. Y cuando uno escucha cosas en los medios o gente de alto rango que dice que para destruir una nación hay que destruir primero a los niños, entonces estamos muy mal. Hay mucha gente mala todavía y por eso hay que exponerlos. Son cosas que no se borran de la cabeza de uno… adentro. Y cómo uno le comenta a su hijo o a su hija estas cosas… El relato de lo que pasó en este ataque, el 14 de marzo, lo puedo comentar tranquilamente. Pero los abusos y todo eso, es como tragarse una piedra”.

Con acento extranjero y voz oscilante, Carlos Ramírez declaraba en el juicio por los crímenes del Hogar Casa de Belén. Para la fecha en la que se desarrolló el proceso, entre 2022 y 2023, la pareja que estaba a cargo de la casa entonces, los Maciel, ya habían muerto. También el cura al que se le ocurrió la iniciativa de la casa de guarda y los puso allí. También la jueza Marta Delia Pons. Todos terminaron sus vidas con impunidad. De todas formas hubo condenas y condenados.

—Hubo muchísimas condenas —resalta Szurmuk—. Se condenó a todos los imputados, incluso a la secretaria del juzgado que está en arresto domiciliario. Ni la jueza ni el cura llegaron a ser juzgados nunca, pero se condenó a los militares y policías de la Bonaerense que estuvieron involucrados en el asesinato de la madre. Se unieron dos causas para el juicio de dos operativos en marzo del 77 y los que fueron imputados habían participado en los dos. Todos ya estaban presos o en arresto domiciliario por otras causas. Y hay una imputada civil que es la secretaria de la jueza, a la que también se le dio una condena por sustracción de la identidad de un menor de 10 años, repetida en varios casos. Porque se demostró que la secretaria era la mano derecha de la jueza y que estaba presente en todas estas situaciones.

Hoy, María se reencuentra con ella. Con esa historia, la que pudo empezar a contar con un espejo enfrente y un lienzo en blanco que la interrogaba, vuelta libro. Y es otra. La pintura, la familia que formó lejos de la tierra donde tuvo miedo, el juicio, transformaron su experiencia. La convirtieron en algo más.

Una vez que sostuvo un pincel y sacó de sí lo que había dentro, no volvió a soltarlo. Aunque su trabajo principal es la enfermería —cuidar a otros—, también es pintora. En 2024 expuso sus cuadros —que cambiaron de tonos después del juicio— en Buenos Aires, en el edificio de la Asociación de Magistrados y Funcionarios de la Justicia Nacional. Y en esos días argentinos, otro hito clave: la señalización de la esquina de Nother y Santa Cruz, en Almirante Brown, donde el 14 de marzo de 1977 habían asesinado a su madre, como “esquina por la memoria”. Donde chicos del barrio habían pintado en grandes dimensiones una imagen de uno de sus cuadros: El operativo. Y donde había un espacio en blanco que aguardaba por ella. Ahí María registraría, pincel en mano, la dirección: Nother 5100.

“El juicio de 2023 —narra Szurmuk en su libro— cerró la historia y la puso a María en contacto brutal con ella. Y también le dio paz, nuevos colores para pintar, sueño reparador. Y le devolvió a su mamá”.

El libro la inscribió dentro de un cuadro que ya integraba: el de un pasado que, medio siglo después, sigue buscando justicia.