A 50 años de la desaparición de Haroldo Conti: el que llevaba dentro el río y las convicciones, el que no podía dejar de escribir

Fue uno de los escritores más destacados en la Argentina de los 60 y los 70. Autor de títulos que le valieron premios internacionales pese a los que nunca perdió de vista dónde estaban sus pies, dónde su cabeza. Rechazó la posibilidad de obtener la beca Guggenheim por venir de un sistema al que criticaba, se negó a exiliarse cuando empezó la dictadura aunque se sabía perseguido y nunca cejó de defender sus ideas, de vivir según ellas, en su ley

Haroldo Conti

Hic meus locus pugnare est hinc non me removebunt (“Este es mi lugar de combate y de aquí no me moveré”).

Esas nueve palabras en latín, impresas sobre su escritorio, eran un mandamiento férreo. Inviolable. Una convicción pétrea que lo clavó a ese rectángulo desde el que escribía: su trinchera. De la cual, efectivamente, no se movió.

Hasta que se lo llevaron.

PUBLICIDAD

Read more!

***

En un video homenaje realizado por el centro cultural que lleva su nombre —situado en el predio de la exESMA—, fechado en 2014, se lo puede ver, escuchar.

Primero, es el río. Esa masa de agua parda que lo cautivó y que iba a transformarse en protagonista de su obra y de su vida. Con ella empieza ese montaje titulado Conti x Conti.

PUBLICIDAD

El hombre llega, remando su arroyo, a su casa en el Tigre. La que compró en 1955, la que es un museo y sitio de la memoria desde 2009. Donde después de la novela Sudeste (1962) también escribió muchos de sus cuentos, como La balada del álamo Carolina (1975). Llega lento, con la cadencia del paisaje del que es parte. De fondo la música es un silbido, los remos meciendo el agua. Se baja de la pequeña embarcación, acaricia a un perro que lo acompaña como señalándole el camino, toca las hojas del árbol de su puerta, abre el candado y entra. Después, el video teje fragmentos de entrevistas con imágenes de su cotidianidad en ese rincón de su vida: pone la pava, toma un mate, enciende un cigarrillo con un papel de diario desde la hornalla, cocina con su compañera en horno de barro.

Mientras se lo oye: sobre su escritura —“En realidad empecé a escribir de bastante no joven sino chico, directamente. Escribí una serie de obras de teatro humorísticas, por supuesto, ya que reconozco esa paternidad. Para mí es una especie de fatalidad, y lo digo sin hacer literatura. No me siento especialmente feliz cuando escribo, me cuesta escribir, me cuesta bárbaramente. Yo creo que para mí es una sustitución de la aventura, a veces: como no puedo viajar, como no puedo trepar a una montaña, como no puedo navegar, todo eso lo hago a través de la literatura”—. Sobre su Chacabuco natal —“Hablar de Chacabuco es un poco hablar de mi infancia. Como tal, en la distancia del tiempo, ha adquirido Chacabuco un relieve fantasmal para mí. En casi todas mis novelas siempre hay algún personaje que tiene su origen o su fuente en Chacabuco. Para mí Chacabuco es aquel pueblito que relato, describo, y en cierta medida recupero, aunque lo invento bastante, en La balada del álamo Carolina. En realidad, cuando yo escribo, hablo de ese Chacabuco mío, no es exactamente el Chacabuco que ahora existe, acá, a 200 kilómetros de Buenos Aires. Siento la permanente nostalgia por mi pueblo”—. Sobre su postura política —“Creo que, inclusive, también se puede hacer una literatura comprometida, es decir, una literatura política válida, perfectamente válida. Creo, con Galeano, que nuestra suprema obligación es hacer las cosas más bellas que las de los demás, sobre todo que lo que las puede hacer el adversario, pero aún haciendo belleza creo que podemos hacer una literatura política, pero lo político emergerá con naturalidad, no como una cosa impuesta”—. Sobre la libertad —“No sé si me siento libre pero he hecho un culto a la libertad. Por ejemplo nunca he aceptado trabajos si no son trabajos solitarios, que no me coarten, que me dejen maniobrar libremente. He renunciado a muchas cosas por eso. He preferido un viaje, o mandarme a mudar, una aventura, al dinero o a tantos otros beneficios: la gloria, elogios, lo que sea. En ese sentido, no sé si eso es creer en la libertad pero de todas maneras es practicarla. En fin, yo creo que a veces, inclusive, hay que sacrificarla, la de uno y a veces la de los demás, desgraciadamente, por un bien social mayor. Yo al compromiso, y nos estamos refiriendo a lo político, lo asumo como intelectual no exactamente como creador porque creo que la creación es el terreno de la pura libertad. Yo no puedo comprometerme a escribir una novela con mensaje político, pero sí me puedo comprometer, y debo hacerlo, a firmar una solicitada, a reclamar por los presos políticos, a rebelarme contra una injusticia, eso sí”—. Sobre el amor —“Soy muy sentimental, las cosas me tocan muy a fondo, me hieren, me lastiman, entonces me la paso suspirando. Pero creo que el verdadero amor está rodeado de tristeza, siempre lo dije aunque no sé muy bien por qué. Es breve, es intenso, se muere”.

La escritura, Chacabuco, la política, la libertad, el amor. Quizás en esos cinco grandes núcleos quepa toda su vida. Una vida narrada a la vera del río.

Haroldo Conti nació en Chacabuco, el 25 de mayo de 1925. Comenzó a escribir de chico guiones de obras de teatro y heredó de su padre el arte de contar historias

***

Su propia historia podría ser análoga a la del árbol al que le dedicaría un cuento, ese álamo Carolina que “nació aquí mismo, exactamente, aunque el álamo Carolina, por lo que se sabe, viene mediante estaca y este creció solo”, ese “que asomó un día sobre esta tierra entre los pastos duros que la cubren como una pelambre, un pastito más, un miserable pastito expuesto a los vientos y al sol y a los bichos”. Y que “creyó, por un tiempo, que no iba a ser más que eso hasta que un día notó que sobrepasaba los pastos y cuando el sol vino más fuerte y templó la tierra se hinchó por dentro y se puso rígido y sentía una gran atracción por las alturas, por trepar en dirección al cielo, y hasta sintió que había dentro de él como un camino, aunque todavía no supiese lo que era eso”.

Solo que Haroldo Conti no había nacido exactamente en esta tierra, la porteña, ni en la del Delta que abrazó. Tampoco, a diferencia de su álamo Carolina, creció solo.

Hijo de Petronila Lombardi y de Pedro Conti —tendero ambulante y fundador del peronismo en su pueblo— Haroldo Pedro Conti nació en su querido y siempre extrañado Chacabuco, un pueblo de 45.000 habitantes al noroeste de la provincia de Buenos Aires, en el aniversario de la Revolución de Mayo de 1925. Creció en la calma de los lugares pequeños y estudió en un colegio religioso, el Don Bosco de la ciudad de Ramos Mejía, donde se unió a un grupo de teatro y donde, probablemente, algo de lo que volcaría después en sus textos comenzó a germinar.

Aunque la propensión a contar historias le llegó como herencia por línea directa: su padre, además de tendero, era un excelso, inevitable, narrador; uno que, al contar de Conti, recuerda a ese padre de la entrañable película El Gran Pez (2003), de Tim Burton, ese padre que no podía dejar de narrar.

“Habría que contar la historia de uno mismo. La cosa empezó de esta manera. Yo era alumno de una escuela de pupilos. En aquel tiempo no había cine, y remplazábamos esa diversión dominical con unas funciones de títeres. Yo me ocupaba de escribir los libretos que, como en todas las series, se acababan en el momento de mayor suspenso y se continuaban en el próximo domingo. Así nació en mí una parte de esa vocación por la literatura.

La otra parte se la debo a mi padre. Él siempre fue un gran cuentero y lo es todavía. Es un hombre de pueblo que cuenta y cuenta cosas como toda la gente de pueblo, que a veces no tiene otra cosa que hacer. Mi padre era un viajante, un tendero ambulante, y yo salía a recorrer el campo con él; se encontraba con la gente y antes de venderle nada se ponía a charlar y contar cosas. Así recibí ese hábito de contar oralmente”, dijo en una entrevista que le hicieron en 1975 Heber Cardoso y Guillermo Boido para el diario La Opinión.

Desde chico sentía curiosidad y se dejaba llevar por esas historias pequeñas, de personas anónimas, por las peripecias cotidianas de los habitantes de su pueblo en las que podía condensar a toda una comunidad. “El hombre en su totalidad es una causa. Mucha gente habla de revolución y olvida que las revoluciones las hacen los tipos concretos. En En vida quise hacer la radiografía de un hombre del montón, jodido por esta sociedad, castrado en sus posibilidades de elegir”, dijo en 1975, unos años después de la publicación de su novela En vida, que salió en 1971 y fue seleccionada por un jurado en el que destacaban Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa como la ganadora del Premio Barral.

Para eso aún faltaba cuando empezó a trabajar como docente, siendo muy, muy joven, en General Pirán. Cuando creyó que su vocación era la de la espiritualidad religiosa y entró al Seminario Metropolitano Conciliar de Villa Devoto, donde los estudiantes se preparan para sacerdotes. Cuando lo dejó para estudiar Filosofía en la Universidad de Buenos Aires, en 1947. Cuando se convirtió en piloto; trabajó como asistente de dirección de la película La bestia debe morir; y se casó con Dora Magdalena Campos, con quien tuvo sus primeros dos hijos, Alejandra y Marcelo. Luego tendría dos más: María José, de una relación con Gloria Ana Ibañez; y Ernesto, con quien fue su compañera hasta su secuestro, Marta Scavac.

Desde el cielo, en esos años llenos de cosas, mientras sumaba horas de vuelo, vio el Delta y se enamoró. En 1955 se compró la casa en el Tigre, a orillas del arroyo Gambado, en la que pasó temporadas enteras. Quizás fue la tranquilidad del paisaje o el silencio envolvente apenas interrumpido por el rumor del agua. Algo habría ahí —las islas, su gente—, que desencadenó su primera novela, Sudeste, una historia que transcurre precisamente en ese sitio: el Delta del Paraná. Y narra la vida de Boga, un pescador y recolector de juncos que vive según los ritmos y las leyes de la naturaleza, que es uno con el río. Una trama que es un homenaje y, quizás también, como él menciona, un culto a la libertad.

Así contó su principio en la entrevista para La Opinión: “Un día, en el colegio de curas donde estudiaba, se me ocurrió escribir una novela misional, sobre aventuras de misioneros en tierras extrañas. La novela se llamaba Luz en Oriente. No me acuerdo si la terminé. Así fue naciendo la cosa. Después ingresé a la Facultad de Filosofía y Letras y hubo una época de silencio en la que me dediqué a estudiar y, voluntariamente, dejé todo ese tipo de inquietudes. Por ese camino acabé siendo un triste profesor de escuela secundaria. Hace veinte años que enseño Latín. Después se me dio por el teatro. En aquella época estaban en boga los teatros independientes. La experiencia fue dramática: en esa época la Municipalidad de Buenos Aires había organizado jornadas de teatro leído en el Odeón. Se seleccionaban obras de autores noveles y se leían al público. Lo lamentable era que el público estaba constituido por aquellos que habían sido rechazados en el concurso. En cuanto los actores comenzaban con el parlamento, los del público, que estaban con una bronca negra, se levantaban y empezaban a despotricar contra la obra. Y eso fue lo que me pasó a mí y me borré para siempre del teatro. Por aquellos años conocí el Delta, uno de los metejones de mi vida, me dediqué a construir un barco, me fui metiendo muy adentro de un determinado mundo, fui conociendo la gente de la costa, los isleños, la gente de barcos. Y con toda naturalidad, mientras construía ese barco, surgió Sudeste. Así empezó todo”.

En la década del 50, mientras sumaba horas de vuelo para convertirse en piloto, Conti vio el Delta desde el cielo y se enamoró. En 1955 se compró una casa en el Tigre, a orillas del arroyo Gambado, en la que escribió su primera novela: "Sudeste"

***

Cuando ese todo empezó ya había sido distinguido por su trabajo: en 1956 recibió el Premio Olat (Organización latinoamericana de teatro) por su obra teatral El examinado, y cuatro años después, en 1960, un premio de la revista Life por su relato La causa. Quizás los reconocimientos serían confirmación e impulso para las novelas y cuentos que nacerían después. Y le valdrían más distinciones.

Sudeste se publicó en 1962 y ganó el concurso de la Editorial Fabril —el sello que la publicó— que puso a Conti entre los escritores más conocidos de esa generación, formada por otras plumas ilustres como la de Rodolfo Walsh y Juan José Saer. Dos años más tarde, en 1964, recibió el Segundo Premio Municipalidad de Buenos Aires por su libro de cuentos Todos los veranos.

En 1966 publicó Alrededor de la jaula, su segunda novela, y recibió su primer premio internacional, el de la Universidad Veracruzana. En ella, de nuevo el río. Su escenario es el puerto de Buenos Aires, un lugar de pasaje: es ciudad, es agua, es movimiento y también quietud. La historia que narra es la de Silvestre, un viejo que se está despidiendo de la vida, y la de Milo, un chico de la calle rescatado y criado por él, que se despide de la infancia. Mientras el texto avanza —y con él las horas y los días, implacables— el mundo en el que están insertos parece inmóvil. Nada se sabe del pasado de los personajes, todo transcurre en un presente absoluto. Y eso es suficiente.

Por esta novela, Conti dijo tener “un especial cariño”. “Cada novela mía es un pedazo de mi vida, son vidas que he vivido con la misma intensidad con que se vive una vida. En la medida en que quiero esas vidas, quiero esas novelas”, señaló en la entrevista para La Opinión.

Poco después de ese texto empezó a trabajar como profesor de Latín del Liceo n.° 7 de la Ciudad de Buenos Aires. Dio clases ahí hasta su secuestro. Y también siguió escribiendo.

En 1971 conoció Cuba. Lo habían invitado a ser jurado del Premio Casa de las Américas. Ese viaje fue un mojón en su vida que le abrió el horizonte: había más, más allá del río. “Cuba es una especie de colina de América desde donde se divisa todo el continente. Desde La Habana tomé conciencia de América Latina”, dijo. Fue después de ese viaje que comenzó a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y en el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS).

También en 1971 apareció su novela En vida, por la que fue galardonado con el premio Barral. “En vida constituye tal vez la apuesta de estilo más alta de Haroldo Conti. Historia urbana hasta el hueso, existencial al modo de El pozo, de Onetti, y de El extranjero, de Camus, narra el desencuentro entre el individuo y su contexto, una ciudad que se le vuelve ajena, hostil. Caminarla, viajar en sus colectivos y en sus trenes, confundirse con la multitud, extraviarse sin rumbo, es añorar un tiempo idílico en el que la infancia y el aire campero devienen en una melancolía corrosiva. (...) Ni Oreste ni sus compinches del vino, la madrugada y las grescas vislumbran una causa, un complot. Más bien entregados a la caída, se refocilan en la pendiente”, dice la sinopsis. “Yo creo que con En vida llegaba a un callejón sin salida: es una literatura que considero demasiado individualista. Para ese tiempo se produce mi primer viaje a Cuba y mi primer contacto a flor de pueblo con América”, dijo Conti después.

Quizás por eso su próximo Oreste, protagonista de su última novela, Mascaró, el cazador americano (1975), con la que obtuvo el Premio Casa de las Américas —del que había sido dos veces jurado—, buscaba formar parte de un proyecto social, a diferencia de su tocayo, protagonista de En vida, quien atraviesa una crisis completamente personal.

En Mascaró Conti narra la vida de un grupo de personas que se unen para formar un circo errante, “El Circo del Arca”, que recorre los pueblos ofreciendo su arte. En el trayecto aparecerán diferentes personajes que aportarán nuevas ideas, otros modos de mirar.

Los caminos, la causa colectiva, el trabajar juntos por un fin común, la amistad, la solidaridad, la tolerancia, la libertad, la resistencia, el cambio social, la utopía, son ejes que aparecen en la trama.

Quizás por eso no tardó en ser censurada por la SIDE. El informe número 83.864 de ese organismo, en 1975, decía: “El presente libro, cuyo autor es Haroldo Conti, presenta un elevado nivel técnico y literario, donde el mencionado autor luce una imaginación compleja y sumamente simbólica. (…) Como se dijo en un principio, la novela es muy simbólica, contada además en tono épico, no definida en sus términos pero con significados que dan lugar a pensar en su orientación marxista (apoyada por la Editorial Casa de las Américas, de la Habana, Cuba)”.

El mismo año, 1975, publicó otro libro de cuentos, La balada del álamo Carolina,

un volumen de diez textos que abre con el que le da título a la antología y continúa con “Las doce a Bragado”, “Mi madre andaba en la luz”, “Perfumada noche”, “Ad astra”, “Devociones”, “Bibliografía”, “Los caminos”, “Memoria y celebración” y “Tristezas de la otra banda”. Las líneas que puso antes de comenzar el cuento “La balada del álamo Carolina” se sienten como un presagio:

“Ciruelo de mi puerta, si no volviese yo,

la primavera siempre volverá.

Tú, florece”.

(Anónimo japonés)

Sus novelas y cuentos fueron distinguidos con premios nacionales e internacionales

Antes de eso, después de su viaje a Cuba y de seguro con las impresiones que le había dejado esa experiencia todavía frescas en la piel, en 1972, con mucha diplomacia, se negó a la posibilidad de obtener la prestigiosa Beca Guggenheim por “convicciones ideológicas”. Su carta de rechazo decía: “Con el respeto que ustedes merecen por el sólo hecho de haber obrado con lo que se supone es un gesto de buena voluntad, deseo dejar en claro que mis convicciones ideológicas me impiden postularme para un beneficio que, con o sin intención expresa, resulta cuanto más no sea por fatalidad del sistema, una de las formas más sutiles de penetración cultural del imperialismo norteamericano en América Latina. No es sólo ni principalmente la cuestión de la beca Guggenheim en sí misma, sino de la política de colonización cultural de la que forma parte, en la que el imperialismo norteamericano no escatima en esfuerzos de organizaciones estatales, paraestatales y privadas”. “…No soy un hombre de fortuna, como tampoco lo son la mayoría de mis compañeros, porque en Latinoamérica ser escritor es casi sinónimo de pobre, pero me parece inaceptable postularme para un beneficio que proviene del sistema al que critico y combato y que, por otra parte, y eso es lo más grave, de alguna manera me complica con él. No reniego que, en el orden personal, habría significado una gran oportunidad para mí, ni critico, por otra parte, a quienes careciendo inclusive de las oportunidades que yo tuve aceptaron esta beca. Yo entiendo que no puedo hacerlo y que mi gran oportunidad en este momento es América, su pueblo, su lucha, la enseñanza y el camino que nos señalara el Comandante Ernesto Guevara”.

Cuando fue censurado, en 1975, la dictadura estaba a la vuelta de la esquina y la “lucha contra la subversión”, lanzada por el peronismo de derecha, cazaba personas con ideas progresistas, sin miramientos, en todo el país.

Conti era consciente de eso. Había recibido amenazas por una serie de artículos que había publicado en la revista Crisis, por las denuncias que hizo en congresos literarios en el extranjero sobre la violencia de los grupos parapoliciales.

Apenas las Fuerzas Armadas dieron el golpe de Estado fue declarado “agente subversivo”. Aún así eligió quedarse: Hic meus locus pugnare est hinc non me removebunt (Este es mi lugar de combate y de aquí no me moveré).

En 1971 un viaje a Cuba le cambiaría la perspectiva. "Desde La Habana tomé conciencia de América Latina”, dijo al volver. Y poco después comenzó a militar en el Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT) y en el Frente Antiimperialista por el Socialismo (FAS)

***

“En la madrugada del 5 de mayo de 1976 llegamos a nuestra casa, veníamos del cine, de ver El Padrino II. En casa había quedado mi hija, Miriam, de siete años, y mi bebé, de tres meses… Ambos chicos habían quedado con un compañero, con un amigo: Juan Carlos Fabián” —comenzó a narrar Marta Scavac, compañera de Conti desde 1973, con quien tuvo a su hijo Ernesto, en el aniversario número treinta de la desaparición de Haroldo Conti.

“Llegamos a casa. Recuerdo que eran las doce y cinco cuándo bajé del coche y le dije a Haroldo: ‘Ernesto debe estar muerto de hambre, ya se pasó la hora de la mamadera’. Voy a abrir la puerta de casa, estaba trabada. Baja Haroldo y dice: ‘Yo puedo, yo puedo’. Y cuando él intenta abrir, se abre la puerta de golpe. Había un grupo esperándonos. Inmediatamente yo lo único que alcancé a ver fue un grupo de seis u ocho personas —por llamarlos de alguna manera— que me ponen un arma en la cabeza con silenciador, recuerdo que me tiran al piso, inmediatamente me encapuchan y me atan. Cuando me tiran al piso alcanzo a ver a Juan Carlos que ya estaba tirado en el piso sin capucha, pero sí atado. Me dejan en el living donde se encontraba él. Escucho que lo llevan a Haroldo, que forcejean, escucho varios movimientos como de cuatro o cinco personas, ahí me di cuenta que Haroldo se resistía a ser atado y llevado”. “Fue el comienzo de una noche muy espantosa”.

En aquel aniversario, hace veinte años, Marta Scavac contó con detalles el episodio que partiría su vida en dos. Habló de la desesperación de quienes integraban la patota —un grupo de tareas del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército— de robar todo lo que había en su casa (motivo por el que ella y sus hijos se salvaron porque priorizaron llevarse los electrodomésticos a llevársela a ella y lograron escapar); mencionó que uno de ellos hacía de “policía bueno”, no porque fuera buena persona sino porque le interesaba la obra de Haroldo y eso le imponía una nota de respeto hacia ellos. “Me llevó al escritorio y me preguntó sobre Mascaró, por qué había colaborado con Mascaró, por qué había viajado a Cuba. Trataba de mantener su serenidad esta persona pero en un momento no pueden ocultar lo que son y dicen: ‘Estamos en guerra, son ustedes o nosotros, no podemos dejar ni siquiera las semillas de ustedes’”.

“Una noche muy larga, unas cuantas horas, yo escucho que van a llevárselo a Haroldo, escucho que le dicen: ‘Haroldo, qué caro que vas a pagar por todo esto’. Ahí pregunto qué van a hacer con él. Me dicen que tienen unas cuantas preguntas para hacerle. Les respondí que habían estado toda la noche haciéndole preguntas. Que yo podía ayudar a contestar las preguntas pero que no tenían por qué llevárselo a ningún lado. En ese momento recibí una flor de patada en los riñones. De todas maneras sigo pidiendo, porque el dolor físico no se siente en esos momentos, ¡es tan grande el otro dolor! Cuando me doy cuenta de que es inútil, que por supuesto que no me van hacer caso, les pido que me quiero despedir de Haroldo, que quería saludarlo. Y este buen señor me dijo: ‘Yo la llevo, señora’. Y me va llevando, yo estaba encapuchada, estaba atada así que me llevaba él por mí casa. (...)

En un momento me detiene este hombre y yo siento el aliento, la presencia, el calor de Haroldo, y quiero extender mis manos y no puedo porque estoy atada, lo empiezo a llamar y me dice: ‘Acá estoy, acá estoy, querida, quédate tranquila, estoy bien’. Y yo le digo: ‘Quiero verte, necesito verte’. Él se acerca y me da un beso acá en la barbilla que era el único lugar que yo tenía descubierto. Hasta aquí llegaba la capucha que eran dos camisas que me habían puesto. Cuando Haroldo me da un beso en esa parte de la cara que yo tenía descubierta me doy cuenta que no estaba encapuchado porque sino hubieran sido otros sus movimientos, ahí sí perdí el control que más o menos pude contener en las horas anteriores. Empecé a gritar desesperadamente que no me lo llevaran. Me tiran sobre nuestra cama, uno de los tipos se tira sobre mi cuerpo, me pone un arma en la cabeza pidiéndome que me calle y al mismo tiempo escucho los ruidos de cadenas que se van llevando a Haroldo que, evidentemente, arrastraba con sus pies y sus piernas una cadena. Todavía me parece escuchar esos ruidos y yo gritando y él diciéndome, y esas fueron sus últimas palabras: ‘¡Cuídame el nene!, ¡cuídame el nene!’”.

Momentos antes, ella había escuchado a los matones pelearse por quién iba a quedarse con Ernesto y hacer negocios con él: “Decían: ‘Este lo quiero para mí, por este pibe vamos a conseguir buena guita porque es rubio y blanco’”. Así que cuando entre llevárselos a ellos y llevarse los objetos de valor, porque todo no les cabía en el vehículo que tenían, optaron por lo segundo, Scavac consiguió incorporarse y sacarse la capucha con la ayuda de su hija mayor, Miriam. Rompió una ventana, porque los habían dejado encerrados, y desnuda como estaba sacó a sus hijos de ahí. Caminaron unos metros y apareció un taxi que se solidarizó, le preguntó qué le había sucedido. Y ella: “Qué le iba a decir: ‘Entraron unos ladrones a mi casa, se llevaron todo, tengo que ir a casa de mis padres que están a diez cuadras de acá y no tengo ni una moneda’. ‘Señora, no se preocupe, yo trabajo de noche y estoy viendo todos los días situaciones como estas’, dijo. Se bajó del coche, me ayudó a subir, se sacó su saco y me cubrió porque yo estaba sin ropa y me llevó a la casa de mis viejos. No sé su nombre, no recuerdo su cara y le estoy profundamente agradecida”.

Después empezó la búsqueda desesperada, las denuncias internacionales, la investigación sin pausa. Logró saber que estaba en el centro clandestino de detención “El Vesubio”. Le dijeron que no lo iba a volver a ver.

“Efectivamente así fue, no lo volvimos a ver. Pero Haroldo no está desaparecido, Haroldo está vivo, Haroldo está en su obra, Haroldo está en la familia que lo sigue queriendo, Haroldo está en sus amigos, Haroldo está en su grandeza” “Haroldo está en todas partes, no pueden desaparecerlo”.

Tú, florece.

El 5 de mayo de 1976, hace cincuenta años, Haroldo Conti fue secuestrado por un grupo de tareas del Batallón 601 de Inteligencia del Ejército. Se supo, por testimonios de sobrevivientes, que estuvo en el centro clandestino de detención "El Vesubio". Sus restos nunca fueron identificados

***

Dos semanas después de su secuestro hubo un almuerzo. Jorge Rafael Videla se reunió con nombres de prestigio de la cultura argentina. Entre ellos estaban Jorge Luis Borges, Ernesto Sabato, Horacio Ratti —presidente de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE)—, y el sacerdote, escritor y periodista Leonardo Castellani, quien conocía a Conti de sus días en el seminario. Le pidió a Videla por él. Ratti le entregó una lista con once nombres más de escritores desaparecidos. Videla aseguró que haría lo posible por averiguar dónde estaba.

Nunca les dijo nada.

Castellani llegó a ver a Haroldo Conti una última vez, en la cárcel de Devoto, en julio de ese año. Después se supo por testimonios de sobrevivientes que en algún momento lo llevaron al centro clandestino de detención “El Vesubio”.

En 1980 Videla le confirmó a periodistas españoles que estaba muerto. Sus restos nunca aparecieron.

En su honor, el 5 de mayo se convirtió en el Día del escritor bonaerense.

***

—Uno se pregunta si no es una tarea inútil la nuestra, eso de escribir fatigosamente, de atornillarse a una silla sin saber si vamos a trascender ese acto individual y llegar a un público —dijo en la entrevista para La Opinión—. A veces ocurre que las ganas de escribir son como una enfermedad y uno escribe para curarse. He dicho muchas veces que yo no escribo la Historia sino las historias de las gentes, de los hombres concretos. Escribo para rescatar hechos, para rescatarme a mí mismo. Podría decirles más: creo que toda mi obra es una obsesiva lucha contra el tiempo, contra el olvido de los seres y las cosas. Uno siente que envejece, que se va, y quiere que algunas cosas, de alguna manera, permanezcan. Es una cuestión, diríamos, metafísica, y determina todo lo que escribo.

—¿Le hace feliz escribir? —le habían preguntado antes.

—En absoluto. Es un gran dolor, un gran esfuerzo, inclusive físico. Me crea problemas personales, de relación; me vuelvo huraño, fastidioso. Escribo porque no tengo más remedio. Escribo o me muero.

Read more!