Fue mozo más de 20 años y atendió desde Mirtha Legrand y Olmedo a Menem y Maradona: “A este trabajo le debo todo”

Edmundo Díaz trabajó 12 años en la Confitería del Molino y una década en Los Dos Chinos. Dice que gracias a su oficio aprendió de cultura y política, y que por eso fue la mejor etapa de su vida. Hoy se celebra en Argentina el Día de los Trabajadores Hoteleros y Gastronómicos, reconociendo su labor

Edmundo Diaz trabajó durante más de 20 años en dos de los bares más notables de Buenos Aires, la Confitería Del Molino y Los Dos Chinos

“A este oficio le debo todo”, dice sin titubear Edmundo Díaz, mozo por oficio y placer. Y asegura que los casi 12 años que se desempeñó en la legendaria Confitería del Molino, en la zona del Congreso de la Nación, fueron los mejores años de su vida. Allí conoció a las figuras más importantes de la cultura, el espectáculo y la política de los 80s y 90s.

Hoy, con 68 años, el hombre nacido en Misiones recuerda emocionado las anécdotas en aquel lugar que jamás olvida y al que regresa cada vez que puede. Admite que aún le cuesta un poco ponerse en la piel de “cliente” cuando se siente tan parte de ese sitio que lo formó cultural, laboral y personalmente.

Para mí siempre fue un honor trabajar ahí y conocer a tremendas personalidades. En mi primer día como mozo en el salón, me tocó atender a Carlitos Bala, y estaba tan verde con la bandeja que temblé como una hoja. Me disculpé y le pedí permiso para pagarle el café, y no quiso. Pero le insistí otra vez: ‘Usted me sacó la primera sonrisa en el televisor de un vecino cuando yo era un niño, y fue el primer artista que conocí en un televisor en blanco y negro. ¡Esa fue la primera vez que yo miraba la tele!’ ”, recuerda con detalle la conversación que emocionó a ambos y los fundió en un abrazo.

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Luego de esos doce años años como mozo, en 1992 decidió regresar a Misiones. Pero en 1994, “por cosas del destino”, pegó la vuelta y se instaló nuevamente en Buenos Aires. Ya en la capital, quiso volver a su otra casa, El Molino, “pero las cosas no estaban bien”, lamenta.

“Fue doloroso, pero el dueño me recomendó al propietario de Los Dos Chinos y ese mismo día tuve el trabajo. Allí pasé otros 10 años como mozo. También fueron años maravillosos. Este trabajo regala mucho, creo que solo hay que ser humilde, educado y muy correcto. Yo soy una persona llegada del interior a Buenos Aires, este trabajo me hizo conocer gente maravillosa y lo agradezco”.

En 1997, la confitería cerró sus puertas. Y así rememora ese momento doloroso: “Cada tanto pasaba por ahí y veía todo tapiado... Era muy triste. Pero hubo un bendito día que escuché que adentro estaban trabajando... ¡Eso es un serrucho!, me dije, y entendí que estaban refaccionando. Fue el trabajo que se inició en 2018, ¡no te puedo explicar lo que sentí porque todos mis años allá adentro volvieron a mi memoria, me recordé ingresando con 22 años, cuando los demás mozos casi se estaban jubilando y ninguno se quería ir porque, además del hermoso clima con el que se trabajaba, la propina que dejaban era muy buena. A plata de hoy, se ganaba unos $10 mil de propina”.

Edmundo Diaz fue mozo de salón entre 1980 y 1992, años en los que solo los hombres servían las mesas

Las anécdotas del mozo

Un camarero, mozo, mesero o mesonero es la persona que tiene como oficio atender a los clientes de un establecimiento de hostelería, banquete o evento, proporcionándoles alimentos, bebidas y asistencia durante la estancia, dice el diccionario. Pero basta frecuentar un lugar para darse cuenta de que hay mucho más detrás de ese trabajo.

“Trabajé de mozo en otros lugares, pero me enriquecí en El Molino. Allí aprendí más por la gente que llegaba al lugar”, dice.

“Conocí a Tita Merello. Ella estaba desayunando porque tenía que ir a dar una audición a Radio Splendid. Cuando venía, llamaba para avisar que estaba en camino para que la esperara con el desayuno listo: una tostada al medio con algo para untar y té en hebras. Esas mañanas charlábamos mucho. También conocí a Libertad Lamarque, Mercedes Sosa, Susana Rinaldi, todas mujeres increíbles y de la cultura que me enseñaron lo más hermoso del lenguaje”, destaca.

Edmundo junto a Mirtha Legrand en la Confitería Del Molino

Entusiasmado cuenta que fue mozo de Diego Maradona en catorce oportunidades -las tiene bien contadas- cuando era el capitán de la Selección Argentina campeona del Mundial México ‘86, de Alberto Olmedo en sus mejores años de humor y de políticos como Raúl Alfonsín en plena campaña presidencial.

“También atendí a Fernando de la Rúa, a Carlos Menem, a Eduardo Duhalde, a todos los miembros de la Cámara de Diputados y senadores de esos años. Para los políticos siempre había un bufete y el que solía estar era el vicepresidente de Alfonsín, Víctor Martínez, que le gustaba mucho el café de la confitería”, cuenta.

Tomándose tiempo para conversar, se acomoda y continúa: “Un día me llama el vice, así con la mano, y me pregunta: ‘¿Cómo te llamas?’, le respondo que Edmundo y me dice: ‘Bueno, yo quiero que vos me lleves todos los días hasta mi despacho el café rico que hacen acá'. Y así fue durante el mandato. Lo mismo hacía con Chacho Jaroslavsky cuando era diputado”.

Edmundo Diaz fue mozo de salón entre 1981 y 1992, años en los que solo los hombres servían las mesas (Guadalupe Alonso - Comisión del Molino)

Cuando alguna figura llamaba, a él le avisaban en código. “‘¡Edmundo, teléfono rojo!’, me decían y yo salía corriendo a llevar el pedido: dos cafés dobles, dos sándwiches de pavita, uno con palmitos y salsa golf; uno de crudo y ananá y dos jugos de naranja. Yo me paraba en la puerta del Molino y le hacía el gesto al policía que estaba en la esquina del Congreso, que cortaba el transito ¡y yo pasaba corriendo para llevar el pedido! Todas esas cosas nos daban formación, orgullo y una experiencia nueva porque ellos hacían preguntas, me contaban cosas y ... ¡Era una relación fantástica!”.

“A mediados de octubre -sigue- se comenzaba a hacer pan dulce. Aunque había todo el año, en esa fecha empezaba la producción para las Fiestas y uno entraba y sentía ese olorcito de agua de azahar que perfumaba el ambiente... A fin de año se hacían las mesas dulces a la que llegaban periodistas de casi todos los diarios y canales más importantes para entrevistarnos a nosotros. Nosotros hacíamos la fiesta del Gastronómico en el primer piso, para el 1 de mayo, y se elegían a las reinas y princesas de la confitería que eran las señoras e hijas de los mozos y todo lo que quedaba, la empresa lo repartía entre el personal”, recuerda.

Entusiasmado señala que también estuvieron los periodistas más reconocidos de ese tiempo. “Magdalena Ruiz Guiñazú solía ir y alguna vez trasmitió desde la confitería... Fueron años hermosos, y como ella otros muchos, casi todos los escritores y periodistas que se recuerden de los 80´s estuvieron allí”.

Como el lugar era el centro de atracción turística, los empleadores les enseñaban a los mozos lo básico en inglés para que pudieran ofrecer el menú, entender qué les pedían y ganarse una buena propina.

“Uno venía desde el interior, en mi caso de un pueblito chico de Misiones, y con poco conocimiento porque llegué solo con séptimo grado terminado, ese trabajo fue como tener algún año en la facultad. Se aprendía tanto... Entonces, estar allí para mí era un sueño y un orgullo. Lo tomaba muy en serio. Siempre voy a estar agradecido porque me hizo conocer a todo el mundo”.

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