De grasa abdominal a antojos: cuáles son los síntomas poco conocidos de la resistencia a la insulina

Investigaciones recientes destacan la importancia de prestar atención a manifestaciones sutiles para detectar esta condición. Qué tener en cuenta, según la nutricionista Sarah Berry, consultada por The Telegraph

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La acumulación de grasa abdominal, en especial alrededor de la cintura, se asocia con alteraciones en la sensibilidad a la insulina y mayor riesgo cardiometabólico (Crédito: Freepik)

El cansancio persistente que aparece horas después de comer, la dificultad para reducir la grasa abdominal y los antojos recurrentes de alimentos azucarados no siempre responden a una cuestión de disciplina. En muchos casos, funcionan como señales tempranas de un deterioro más profundo: una alteración en la forma en que el organismo procesa la energía.

La nutricionista Sarah Berry, advirtió en diálogo con The Telegraph que estos síntomas pueden ser “señales de alerta metabólicas”. Según explicó, cuando el cuerpo no procesa los alimentos como debería, comienzan a notarse consecuencias que van más allá del aumento de peso.

Resistencia a la insulina y señales silenciosas

Uno de los ejes centrales es la resistencia a la insulina, una condición en la que el organismo necesita cantidades cada vez mayores de esta hormona para retirar la glucosa del torrente sanguíneo tras las comidas. Este desajuste altera el almacenamiento y el uso de la grasa corporal, en especial en la zona de la cintura.

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La especialista señaló en The Telegraph que esta disfunción es “increíblemente común” y afecta aproximadamente a uno de cada cuatro adultos. El contexto actual desempeña un papel decisivo: la disponibilidad constante de alimentos procesados ricos en azúcar y el sedentarismo prolongado.

Picos y descensos bruscos de glucosa en sangre tras ingerir carbohidratos refinados provocan hambre, fatiga y preferencia por snacks azucarados (Crédito: Freepik)

La alteración en la respuesta de la glucosa provoca picos elevados seguidos de descensos bruscos, en particular después de ingerir carbohidratos refinados. Esa fluctuación puede generar sensación de aturdimiento, mayor hambre y una inclinación hacia snacks azucarados poco tiempo después de haber comido.

El impacto del sueño en el metabolismo

El descanso insuficiente también interviene en el deterioro metabólico. Estudios sobre privación del sueño citados por Berry indicaron que, tras una mala noche, las personas tienden a consumir unas 400 calorías adicionales al día siguiente. Además, aumenta la preferencia por carbohidratos refinados como solución rápida.

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Información reunida por The Telegraph detalló que dormir poco incrementa la respuesta de azúcar en sangre después de las comidas. La experta aclaró que un aumento de glucosa tras ingerir carbohidratos es normal, pero se convierte en un problema cuando los picos y descensos son excesivos y repetidos, lo que favorece inflamación y mayor ingesta calórica.

El descanso insuficiente incrementa el consumo diario de calorías, especialmente de carbohidratos refinados, afectando negativamente el metabolismo (Imagen ilustrativa Infobae)

En cuanto al horario de descanso, datos del Biobanco del Reino Unido mostraron mayor riesgo cardiovascular y de obesidad en personas que se acuestan alrededor de la medianoche en comparación con quienes lo hacen entre las 22 y las 23 horas.

También se menciona el llamado “jet lag social”: variaciones de 90 minutos en el punto medio del sueño se asocian con niveles más altos de inflamación crónica, vinculada a peor salud metabólica.

Horarios de comida y desregulación

La irregularidad en los horarios de alimentación figura entre los factores que agravan la sensibilidad a la insulina. En un ensayo clínico citado por Berry, participantes siguieron durante dos semanas un patrón regular de tres comidas principales y tres refrigerios en horarios fijos. Luego adoptaron un esquema irregular, con entre tres y nueve ingestas diarias.

A pesar de que la composición nutricional general era similar, quienes comían de forma irregular presentaron menor sensibilidad a la insulina, colesterol más alto y mayor sensación de hambre.

Las comidas y snacks en horarios irregulares disminuyen la sensibilidad a la insulina y elevan el colesterol, independientemente de la calidad nutricional (Crédito: Freepik)

El momento del consumo también influye en la respuesta metabólica. La nutriocionista subrayó que ingerir alimentos azucarados más tarde en el día puede provocar una respuesta más lenta frente al aumento de grasas y glucosa en sangre. Las investigaciones citadas indican que las personas que comen más tarde muestran menor sensibilidad a la insulina y mayor grasa corporal.

Un período de ayuno nocturno de entre 12 y 14 horas se asocia con mejoras en la sensibilidad a la insulina, presión arterial, colesterol y grasa corporal. Según detalló la especialista, esta estrategia permite reducir las oscilaciones constantes de hormonas metabólicas como la insulina y favorece la oxidación de grasas.

Movimiento y control de la glucosa

La actividad física incide directamente en la forma en que el cuerpo procesa los nutrientes. Tanto el ejercicio aeróbico como el entrenamiento de fuerza mejoran la sensibilidad a la insulina. Estudios mencionados en el artículo indican que caminar una hora al día puede producir mejoras significativas.

Berry, también destacó que moverse después de una comida rica en carbohidratos ayuda a equilibrar la glucosa en sangre. Incluso pequeños movimientos de piernas mientras se permanece sentado reducen los niveles de azúcar circulante.

El ejercicio físico y el control del estrés favorecen una mejor regulación de la glucosa sanguínea y reducen la acumulación de grasa abdominal (Imagen Ilustrativa Infobae)

Estrés, snacks y velocidad al comer

El estrés crónico eleva el cortisol y la glucosa en sangre, afectando la regulación metabólica. Esa respuesta, útil en contextos de amenaza, se vuelve perjudicial cuando se prolonga en el tiempo.

En cuanto al picoteo, la investigación de ZOE citada por Berry muestra que no es necesariamente dañino. Lo determinante es la calidad y el horario. En un estudio realizado en el King’s College de Londres, quienes consumieron frutos secos en lugar de snacks ultraprocesados presentaron mejoras en lípidos sanguíneos y función vascular.

La velocidad al comer también influye. Extender la duración de una comida de 15 a 18 minutos puede reducir la ingesta energética en torno al 15% y favorecer una respuesta metabólica más equilibrada, al permitir que las señales de saciedad lleguen al cerebro de manera adecuada.

El conjunto de estas variables, sueño, horarios, calidad de los alimentos, actividad física y manejo del estrés, interviene en la aparición de síntomas como cansancio, acumulación de grasa abdominal y antojos frecuentes, indicadores de un sistema metabólico bajo presión.

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