Entre influencers y conciencia

Cuando la popularidad reemplaza al criterio, la simpatía desplaza al análisis y una candidatura gana atractivo más por su circulación digital que por la solidez de sus propuestas

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(Imagen Ilustrativa Infobae)
Un joven streamer se encuentra en su moderno estudio de gaming, equipado con luces LED y tecnología avanzada, mientras transmite en vivo una partida a través de la plataforma Steam. En el fondo, destaca el icónico logo de Steam en la pantalla, representando la creciente influencia de los videojuegos y el streaming en la cultura digital actual. (Imagen Ilustrativa Infobae)

En el actual proceso electoral peruano, se hace cada vez más visible una realidad que merece reflexión. Una parte importante de la campaña ya no se desarrolla solo en entrevistas, mítines o debates, sino también en redes sociales, donde influencers, streamers y creadores de contenido atraen la atención de miles de jóvenes, incluidos aquellos que votan por primera vez. No hay nada cuestionable en que una figura conocida exprese su preferencia política, ni en el papel de las redes como espacio de información y participación. Sin embargo, cuando la popularidad reemplaza al criterio, la simpatía desplaza al análisis y una candidatura gana atractivo más por su circulación digital que por la solidez de sus propuestas.

Ese riesgo es especialmente delicado en una coyuntura como la nuestra. El Perú no está decidiendo un asunto menor ni una tendencia pasajera, está eligiendo autoridades que influirán directamente en la economía, la seguridad, la educación, la institucionalidad democrática y la vida diaria de millones de peruanos. Por eso, preocupa que el voto pueda verse arrastrado por formatos pensados para captar atención rápida, despertar emociones inmediatas o instalar afinidades superficiales.

Sería injusto, sin embargo, mirar este fenómeno solo como un problema de los jóvenes. Todos, a cualquier edad, podemos ser vulnerables al entusiasmo fácil, a la desinformación o a la persuasión envuelta en entretenimiento. Pero en esta campaña los jóvenes ocupan un lugar central, porque habitan con mayor intensidad ese ecosistema digital donde hoy se disputan percepciones, adhesiones y estados de ánimo.

Frente a ello, la respuesta no debería ser el miedo ni la descalificación, sino una invitación a pensar mejor. Escuchar a un influencer no debería equivaler a delegarle el juicio político. Seguir a una figura pública tampoco significa convertirla en brújula electoral. Una democracia sana necesita ciudadanos que sepan distinguir entre visibilidad y solvencia, entre fama y capacidad, entre impacto mediático y aptitud para gobernar.

Votar bien exige un esfuerzo personal y una responsabilidad que no debería tomarse a la ligera, menos aún en un proceso tan decisivo para el presente y el futuro del país. Exige informarse, comparar, contrastar, revisar antecedentes, examinar propuestas con serenidad y desconfiar de los mensajes demasiado fáciles, de las simpatías instantáneas y de esa seducción tan propia de las redes que muchas veces empuja a elegir desde la emoción antes que desde la razón.

Necesitamos jóvenes entusiastas, conectados y participativos, pero también ciudadanos críticos, capaces de usar las redes sin ser usados por ellas, conscientes de que la democracia se debilita cuando el juicio se delega y se fortalece cuando cada persona asume que su voto no es un gesto superficial ni una reacción pasajera, sino una decisión profunda que puede influir de manera directa en el rumbo institucional, económico y social de la nación.

Por eso, en una coyuntura como esta, la conciencia no puede subcontratarse y el voto debe responder menos al eco de la pantalla y mucho más a una convicción construida con responsabilidad, criterio y auténtico compromiso con el Perú.

Rosa María Fuchs