
Cuando el amor propio comienza a medirse en función de cuánto logramos satisfacer las expectativas de nuestra pareja, la relación deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un terreno de exigencia silenciosa. La validación externa reemplaza progresivamente a la autovalía, y aquello que somos empieza a diluirse para encajar en una imagen idealizada.
Según la neuropsicóloga y docente de la EPG Continental, Carmen Borasino Alzamora, este proceso no surge de manera abrupta, sino que suele asentarse sobre una historia previa de vínculos complejos y vulnerabilidades no resueltas.
En entrevista con Infobae Perú, Borasino explica que para que el amor propio se deteriore dentro de una relación “ya hay un trayecto recorrido con algún vínculo”. Es decir, cuando una persona comienza a tambalear emocionalmente frente a las demandas del otro, suele existir una susceptibilidad previa: experiencias pasadas, heridas no elaboradas o un autoconocimiento insuficiente que facilitan que la validación ajena cobre un peso excesivo.

Por ello, la especialista subraya la importancia de revisar quiénes somos antes —y durante— un vínculo afectivo. Conocernos medianamente a profundidad, identificar nuestros puntos sensibles y revisar el historial emocional que llevamos a las relaciones permite establecer lazos más sanos. “Desde el conocimiento y desde el amor propio es más fácil detectar cuando alguien intenta mellar nuestra autovalía”, señala. Sin ese trabajo interno, las señales de alerta pueden pasar desapercibidas y el proceso se vuelve envolvente, sutil y progresivo.
Cuando la relación empieza a exigir que dejes de ser quien eres
Uno de los signos más claros de que el amor propio está quedando subordinado a la relación es el cambio paulatino de identidad. No se trata de transformaciones radicales inmediatas, sino de ajustes pequeños: modificar gustos, rutinas, límites o formas de pensar para evitar conflictos o para “no perder” al otro. Borasino advierte que estas dinámicas no empiezan con grandes imposiciones, sino con gestos aparentemente inofensivos que se normalizan con rapidez.

Frases como “me cela porque me quiere” o “me controla porque se preocupa por mí” son ejemplos de cómo ciertas conductas pueden romantizarse cuando no se reconocen por su verdadero nombre. La especialista explica que, sin un autoconocimiento sólido, es fácil confundir control con cuidado o posesividad con interés. En ese punto, la persona empieza a vivir más pendiente de cumplir expectativas ajenas que de respetar sus propias necesidades emocionales.
Este fenómeno puede presentarse con mayor fuerza en la adolescencia, etapa en la que la identidad aún está en construcción y la pertenencia al grupo o a la pareja adquiere un valor central. Sin embargo, también se observa en la adultez, cuando se espera que la identidad esté más consolidada.
“A veces no hay nada malo en cómo somos; simplemente pueden ser dos personas valiosas que no logran congeniar en su manera de ver la vida”, aclara Borasino. El problema surge cuando, en lugar de aceptar esa diferencia, uno decide borrarse para sostener el vínculo.
Además, el romanticismo clásico refuerza la idea de que existe un solo “amor de tu vida”, lo que puede llevar a tolerar dinámicas dañinas por miedo a la pérdida. Frente a ello, la neuropsicóloga propone una resignificación clave: el amor principal de la vida debe ser hacia uno mismo, y las relaciones de pareja deben ser elecciones mutuas, no sacrificios identitarios.

Cómo evitar que las expectativas románticas afecten la autoestima
Evitar que las expectativas románticas dañen la autoestima requiere, ante todo, fortalecer el autoconocimiento. La neuropsicóloga Carmen Borasino Alzamora explica que es clave priorizar espacios personales para identificar qué queremos, qué necesitamos y cuáles son nuestros límites. Cuando una persona se reconoce y se valora, es menos probable que modifique su identidad solo para sostener una relación.
La comunicación también es fundamental. Hablar de expectativas no implica imponer exigencias, sino abrir un diálogo honesto y progresivo. Borasino recomienda hacerlo en momentos de calma y expresar deseos en primera persona, como “yo necesito” o “a mí me gustaría”. Escuchar al otro permite contrastar la idealización con la realidad y evaluar si ambos comparten una visión compatible del vínculo.

Finalmente, hay situaciones en las que el diálogo no basta. Si la relación genera malestar constante, dependencia emocional, control o una pérdida progresiva de la autoestima, buscar ayuda profesional es necesario. La especialista señala que acudir a un profesional de la salud mental es una forma de autocuidado que ayuda a comprender patrones, reforzar el amor propio y tomar decisiones más saludables sobre la relación.
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