Como sabemos, la justicia estadounidense anuló la condena que obligaba a la Argentina a pagar US$ 16.000 millones por la expropiación de YPF. Significativo logro que implica la salida de una de las crisis que nos atemorizaba y frente a la cual, las reacciones son tan diversas como complejas. Sin embargo, lejos estuvo el gobierno de Milei y su conjunto de aplaudidores de diverso rango de tener la grandeza de asumirlo como un triunfo para la totalidad de la sociedad.
En los pocos minutos que en cadena nacional dedicó Milei al tema, mezcló sin ton ni son, como suele hacerlo, sus odios y su supuesta ideología. El enemigo era Kicillof, y la ideología, la estatización y la disolución del Estado. El objetivo es el de un rico que pretende convencer a la sociedad de que no hay que hacerse más cargo de los pobres. Seríamos el primer intento de retroceso en la humanidad a nivel selvático de colonia sin Estado. Cuando digo “sin Estado”, sé perfectamente que este gobierno va a reservar todos aquellos resortes que permitan el enriquecimiento de sus miembros y colaboradores con cargo o sin él, sin asumir responsabilidad alguna respecto del resto de la sociedad a la que desdichadamente gobiernan.
Lejos estuvo Milei de festejar, y en esos ocho minutos, expuso uno de los discursos más contradictorios, conflictivos y decadentes que uno haya escuchado en la historia de la política nacional. En rigor, Kicillof queda bien parado porque fue el responsable de la privatización, pero aparece luego el Grupo Eskenazi con un porcentaje que lo muestra como testaferro del poder de Kirchner, quien se había apropiado de un 30% de la empresa petrolera. Hay una continuidad en los últimos gobiernos de luchar por este logro, el equipo de profesionales encargado de hacerlo no varió, pero asombra la estafa de los Eskenazi, tanto como el porcentaje del que se había apropiado el Kirchnerismo. Toda esta línea argumental desnuda lo peor de nosotros consagrado por el discurso presidencial del cual no tenemos nada que rescatar.

Agreguemos que por su parte, con solo haber movido la denuncia de Elisa Carrió, Ariel Lijo, despreciable representante de la Justicia, nos hubiera evitado la demencia del juicio. Vale, entonces, preguntarse si “cajonear” temas como este se hace por ideología o por intereses, recordando siempre que Milei intentó convertirlo en juez de la Corte Suprema. Esos hechos muestran a las claras la idea que este Gobierno conserva de “la Casta”. Vendrá, después, para completar el panorama de la incondicionalidad absoluta al oficialismo, el actual ministro Juan Bautista Mahiques. Cuando desde el gobierno se refieren a la “Casta”, están aludiendo a aquellos que no les obedecen; el resto son amigos, los que este presidente , que oscila entre la frivolidad farandulesca y la ausencia de lecturas, denomina “la gente de bien”. Queda claro que la gente de bien son los que poseen bienes, el bien de los bienes, es decir aquellos que están unidos a esa maldita dignidad que da el poder económico por sobre el resto de la sociedad.
Asociar el logro de esta resolución jurídica a nuestra humillante relación con el presidente Trump es un dato falso con el cual se intenta manchar la imagen de aquellos que nos ayudaron. Si la Justicia estadounidense tiene que recibir influencias o directivas concretas para fallar en nuestro favor, es que nos —y los— estamos asumiendo como limitados mentales, como si careciéramos de derechos en la resolución de este juicio.
Queda claro que la imagen de Milei está en caída y que la misma crisis que vive nuestra sociedad va a convertir dicha realidad en un continuado hasta dejar a este triste personaje fuera de la lamentable opción de ser reelegido.

Como suelo reiterar al cerrar algunos de mis artículos, esto obliga a la oposición a gestar una alternativa digna, lo que implica quitar del medio aquellos restos del pasado que tienen que ver con la decadencia y la corrupción.
Y, de ser Kicillof el candidato, también debe permitir que su alianza se constituya con la alternativa radical, conservadora, liberal, independiente, con todos aquellos que estén convocando al patriotismo. El tema central es que necesitamos construir una propuesta electoral que esté más allá del desvirtuado sello peronista y se instale en la necesaria instancia del patriotismo.
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