
Supongo que ya todos estarán al tanto: el lunes pasado, el Gobierno anunció la disolución de la AFIP y la creación de la Agencia de Recaudación y Control Aduanero (ARCA), una entidad que promete “una estructura simplificada”, compuesta por las Direcciones Generales de Impuestos y de Aduanas. Así lo comunicó mi amigo Manuel Adorni en una conferencia de prensa sin espacio para preguntas.
Manuel dijo que la AFIP ha sometido a muchos argentinos a “persecuciones completamente inmorales” y que, a partir de ahora, “la Argentina de la voracidad fiscal se terminó” porque “lo que es de cada argentino es suyo y de nadie más”. Un discurso bastante alentador con el cual no podría estar más alineado, pero ¿cuánto de esto se hará realidad con el cambio de estructura?
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Como saben –independientemente del gobierno de turno–, mi interés siempre será que la carga fiscal para los pagadores de impuestos baje, especialmente en infiernos fiscales como Argentina. Pero tengo que decirles la verdad: a los políticos, y desafortunadamente muchas veces también al ciudadano de a pie, les gusta el maquillaje.
Primero fue la DGI, después la AFIP y ahora será la ARCA. Cambian los nombres, cambian las caras, pero la realidad para los contribuyentes no parece variar demasiado. Este es el verdadero problema. No es el nombre del organismo recaudador lo que hay que cambiar, no pasa por ahí.
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Hasta que no haya un cambio de paradigma real, la repartición será siempre enemiga de los pagadores de impuestos que uno defiende y para los cuales trabaja a diario.
Por otro lado, el hecho de que la misma persona que no logró cambios significativos en la AFIP, sino todo lo contrario, sea la encargada de esta ambiciosa reestructuración me genera muchas dudas, y creo que es razonable que así sea. Como siempre digo, ojalá me equivoque. Ojalá todo esto sea un éxito y traiga beneficios a los pagadores de impuestos. Ojalá.
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De todas formas, hay algo que sigue siendo evidente: lo que verdaderamente hay que cambiar es el régimen tributario vigente en el país, no quién administra el cobro de los impuestos. Esto es lo realmente necesario. No hay dudas. En otras palabras, mucho más relevante que modificar quién recauda es cambiar cuánto y sobre todo cómo se recauda. Es imprescindible ir hacia un sistema tributario que tenga sentido, que reduzca el esfuerzo fiscal y que cree incentivos adecuados para el crecimiento del país sin asfixiar a quienes lo van a hacer crecer, que son los pagadores de impuestos y no los degenerados fiscales.
Para finalizar, hay tres puntos que me gustaría aclarar:
- Aplaudo siempre la baja del gasto público y la desburocratización promovidas por el actual gobierno y si este cambio que impulsa el gobierno servirá para bajar gastos, estupendo. Pero sigo y seguiré militando la inmediata baja de impuestos y la simplificación del régimen tributario. ¿Por dónde hay que empezar? Por el impuesto a bienes personales, por el impuesto a débitos y créditos en cuentas bancarias, por ingresos brutos, por las retenciones, así como cualquier otro tributo que afecte el patrimonio de las personas la realización de transacciones (tal cual explicamos en múltiples ocasiones, estos dos tipos de impuestos son los que desalientan el ahorro, la inversión, el crecimiento y por ende la generación de empleo).
- Pensar diferente, sobre todo cuando es con fundamentos, no es pecado. Las críticas constructivas no deben ser silenciadas. De hecho, deberían ser bienvenidas.
- No debería haber lugar para el fanatismo en la política. Nos aleja de toda mejora posible.
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