Con agrado escuché el otro día -antes de la votación en el Senado de la Ley Bases- al gobernador de Santa Fe, Maximiliano Pullaro, cuyo pensamiento nos devuelve la voluntad del patriotismo, de la política. Viene de una escuela digna, la del Changui Cáceres, aquel radical que fue pionero en la pelea universitaria, esa que juntos llevamos adelante en los años 60. Nos conocimos enfrentando la dictadura de Onganía.
Recordemos que algunos gobernadores ya han planteado posturas dignas y siguen generando expectativas favorables. Del otro lado, están los de Córdoba, Martín Llaryora, y de Mendoza, Alfredo Cornejo, muy identificados con las clases altas para ser patriotas. Y finalmente el de Entre Ríos, Rogelio Frigerio, y otros, demasiado obsecuentes para gobernar sus provincias alzando las banderas del federalismo ante el autocrático gobierno central.
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Las naciones tienen estadistas que las conducen, como ocurre en algunos de nuestros países hermanos. Me refiero a Lula, a Mujica, a Evo, pero también a Sanguinetti, a aquellos que guían a la patria desde la voluntad de su inserción en el mundo. Las decadencias instalan concepciones coloniales a cargo de empleados administrativos, individuos como Milei o Caputo, que ofrecen en venta por treinta años pedazos de la sociedad. Lejos, muy lejos de concebir una patria que nos integre a todos, asumen una heredad de la cual pueden hacer barrios privados para vivir mejor y disfrutar, con sus secuaces, de las bonanzas obtenidas.
La cuestión es simple: si la política está por encima de los negocios, hay nación; si los negocios se imponen a la política, hay colonia. Y en realidad -lo reitero- el último intento de enaltecer y darle su lugar a la política fue el de Raúl Alfonsín. Menem tendrá el mérito de eliminar las amenazas militares, pero en rigor, dado que las fuerzas armadas venían a instaurar los negocios, ya se habían tornado innecesarias. Menem hará esa tarea en su nombre, con lo cual no superará nada. Por el contario, degradará todo para encarnar la sumisión y la dependencia económica de la mano del Consenso de Washington y las relaciones carnales con Estados Unidos. También tuvimos ya ese tipo de canciller.
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El Parlamento parecía irse recuperando al proponer una ley con mayor sentido social que las avaricias del gobierno, una ley pensada en función de la sociedad. Al conjunto de empresarios obsecuentes de todas las dictaduras, aplaudidores de todas las decadencias -conocemos de memoria sus rostros al igual que las penosas frases del Presidente- se le instaló en ese momento la contracara de la política parlamentaria.
En síntesis, el Parlamento se asemejó en esa instancia a la recuperación de la política, en cuyo caso, la insensata y cruel exigencia de hambrear a jubilados y asalariados, instituida por el gobierno de Milei, transitaría su lógica hacia la derrota. En rigor, todos los golpes de Estado plantearon este mismo ajuste y todos los gobiernos de facto y alguna democracia disfrazada con economía golpista, como la de Menem, cayeron por la misma causa: el hambre del pueblo.
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Lamentablemente, el comportamiento del Senado empañó mediante la aprobación de la Ley de Bases, el RIGI y las facultades delegadas, las buenas intenciones respecto de los jubilados. Y en esa situación nos encontramos ahora. Por ello, para cerrar estos apuntes de una semana compleja y debido a las novedades parlamentarias recientes, quiero dejar en claro que haber votado el RIGI ha sido lisa y llanamente un acto de traición a la patria. Que quienes lo hicieron posible tengan conciencia de que sólo sobrevendrá el avance de la miseria, la destrucción de las clases medias y el desempleo. El desempate en el Senado en favor de la concepción colonial y decadente implica nuestro desconocimiento de las brutales consecuencias de esta decisión. Pagaremos caro el no habernos hecho cargo de la defensa de nuestros intereses por encima de los negocios. Aquellos que se queden con los recursos serán extranjeros y la industria argentina se irá desarmando día a día. Tengamos conciencia de la atrocidad que se avecina debido a la votación afirmativa de esta ley. A eso nos llevan Sturzenegger, Caputo, el responsable máximo, Milei, y los nefastos personajes que dicen ser dueños de un proyecto. El proyecto denominado “entrega de la dignidad de nuestro país”.
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