
La violencia venía envenenando el clima político de aquellos días aciagos. Dos ejemplos de muchos posibles. Meses antes, Perón había visto caer a uno de sus principales colaboradores, el secretario general de la CGT José Ignacio Rucci, acribillado por Montoneros. Apenas dos días antes del acto del 1° de mayo, había sido asesinado el juez Jorge Quiroga, uno de los integrantes de la Cámara Federal (1971-1973). Este hecho se adjudicó al ERP (Ejército Revolucionario del Pueblo).
Acaso consciente de que se acercaba al final de sus días, Perón entendió que el tiempo de las ambigüedades había concluido. Desde el intento de copar el regimiento de Azul y las reformas al Código Penal propuestas desde el Ejecutivo nacional, buscó poner en caja a la “juventud maravillosa”. Por eso, como bien recuerda el historiador Juan Bautista “Tata” Yofre, en aquella mañana, durante su discurso de apertura de las sesiones legislativas, el general había asegurado ante ambas cámaras del Congreso: “Superaremos la subversión. Aislaremos a los violentos y a los inadaptados. Los combatiremos con nuestras fuerzas y los derrotaremos dentro de la Constitución y la ley”.
Pero, el poco respeto por las formas democráticas y republicanas, el equívoco frente a la violencia estaba instalado en gran parte de la sociedad; en sectores del periodismo, de la iglesia, de las organizaciones sindicales, sociales, partidos políticos, Fuerzas Armadas y organizaciones terroristas y guerrilleras.

La ambigüedad puede ser una herramienta válida en la lucha agonal por el poder político. De tal modo, que consciente de la necesidad de trazar un límite, replicaría en tono más político lo dicho en el Congreso Nacional, horas más tarde en su discurso en la Plaza de Mayo. Porque aquel día, desde el balcón de la Casa de Gobierno y protegido detrás de un vidrio a prueba de balas, Perón elogió al movimiento sindical. Este sector que “sabio y prudente” había visto caer a sus dirigentes asesinados “sin que haya todavía tronado el escarmiento”.
Esas palabras parece que enfurecieron a algunos militantes Montoneros. Toda vez que, en ese momento, parte de la Juventud Peronista se retiró de la plaza. Lo hicieron en abierto desafío al líder y decretando la ruptura total con el fundador del movimiento justicialista. Este los tildaría de “estúpidos e imberbes”. La relación con la “juventud maravillosa” se volvería irrecuperable a partir de entonces. “¿Qué pasa? ¿Qué pasa? ¿Qué pasa general? ¡Que está lleno de gorilas el gobierno popular!”, cantaba la Juventud Peronista mientras abandonaba la plaza.
En medio de referencias por omisión a su esposa e Isabel: “no rompan más las bolas, Evita hay una sola”. Y de inmediato, Montoneros echaba sal sobre las heridas gritando: “Rucci traidor, saludos a Vandor”. En el otro costado de la plaza, las huestes sindicales respondían: “duro, duro, duro, la patria socialista se la meten en el culo”.

Un testigo de aquel día recordó: “La multitud congregada en Plaza de Mayo se dividió en dos sectores antagónicos: por un lado, los Montoneros que ocuparon la franja norte y por el otro, el ortodoxo, con claro predominio gremial, que rodeaba el palco oficial y la mitad sur de la plaza (...) se desató entonces una guerra verbal de cánticos y estribillos. Mientras unos gritaban a toda voz: “ni yanquis ni marxistas, la patria peronista” o “Rucci leal, te vamos a vengar”.
Dante “Canca” Gullo fue más sintético. Recordó años después que Perón los echó “porque se hinchó las pelotas de nosotros”. En una entrevista en La Nación, el 26 de mayo de 2013, reflexionó: “Perón lo que le había ofrecido a la ´orga´ era el Ministerio de Desarrollo Social. ¿Y por qué no lo aceptamos? (riéndose) Porque cuando fue la primera reunión con Perón, Montoneros le llevó un listado con tres candidatos para cada Ministerio. Ahí Perón dijo: “Estos pibes están locos”. Así como te digo que nosotros fuimos lo que fuimos por Perón, te digo que nos fuimos a la banquina sin entender el rol que teníamos que cumplir”.
Pero aquellos días de mayo de 1974 serían tan solo un anticipo de la espiral de violencia demencial en la que la Argentina quedaría envuelta en los meses y años que siguieron. En medio de la “Guerra Fría”, sería, tal vez, lógica consecuencia de la hipocresía y ambigüedad de los años anteriores donde los sueños de unos fueron las pesadillas de otros. En esos días, quien esto escribe, estudiaba periodismo y derecho. La crónica que presenté del acto tenia un titulo un poco largo, pero premonitorio: “Perón – Montoneros. El último acto de nuestra comedia”. El escenario político mutaba evidentemente a una tragedia.

Fue en ese marco cuando el general Perón recibió a la Juventud Peronista en Olivos. La postura del Jefe de Estado volvió a ser inequívoca: les informó que su interlocutor sería el ministro de Bienestar, el todopoderoso José López Rega. El distanciamiento de Perón con respecto a los jóvenes era cada vez mayor. Dos días más tarde, el ministro del Interior Benito Llambí ascendió a López Rega a comisario general de la Policía Federal. Otro mensaje inequívoco, quien quiere oír que oiga, quien quiere ver que vea.
Lamentablemente, ERP y Montoneros no quisieron ni ver ni oír, la matanza no se detuvo. Una semana después fue asesinado el padre Carlos Mugica, un hecho que es objeto de estudio en un nuevo ensayo del periodista e historiador Ceferino Reato. Su último y esclarecedor libro Padre Mugica. con su bajada precisa “¿Quién mató al primer cura villero? Usos políticos de un asesinato que conmovió a la Argentina” es un aporte para comprender ese periodo tan doloroso.
Sin embargo, aquel mes de mayo del 74 no se agotaría sin ofrecer otras lecciones de historia y política. Hay una que aprendí del ex legislador y dos veces director del Archivo General de la Nación, Don Miguel Unamuno. El solía narrar en tertulias de amigos de las que formé parte en varias ocasiones que el día 16 de mayo de 1974, Perón mantuvo un encuentro con su par chileno, Augusto Pinochet, que gobernaba Chile con mano férrea desde el golpe de estado del 11 de septiembre del año anterior.

La reunión era un pedido del mandatario chileno que regresaba de Londres. El encuentro, aunque breve -debió realizarse en la Base Aérea de Morón-, le permite a Pinochet exhibir un cierto reconocimiento en medio del aislamiento internacional al que su régimen estaba sometido por las acusaciones de graves violaciones de Derechos Humanos.
Conocida la noticia de la próxima visita del dictador chileno despertó enojos en algunos sectores. El Concejo Deliberante de la Capital -por entonces llamado “Sala de Representantes”- aprobó una declaración de repudio y lo reputa de “persona no grata”. Esta incomoda actitud provocaría un enojo de Perón que soportó Miguel Unamuno, a la sazón titular del cuerpo legislativo porteño.
La reprimenda del primer mandatario tampoco fue ambigua. “Vea Unamuno, yo como presidente de la República tengo dos funciones fundamentales: las Relaciones Exteriores y la Defensa… mientras que ustedes, en el Concejo Deliberante, tienen tres…: Alumbrado, Barrido y Limpieza”.
* El autor de esta columna es historiador y director del Archivo General de la Nación
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