
La historia enseña que cuando las personas sienten desconfianza, incertidumbre y temor por su futuro, se abre una zona de peligro para los sistemas democráticos. En buena parte del mundo actual, se dice que la “recesión económica” está unida a la “recesión democrática” y que es necesario reaccionar frente a las opciones autoritarias.
La cuestión central es si existe un “pacto democrático”, en el sentido de una serie de reglas básicas aceptadas por todos referidas a la democracia, el sistema republicano y la división de poderes que constituyen la única valla que se ha inventado hasta ahora para impedir la concentración autoritaria.
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En nuestro país tuvimos pactos democráticos numerosas épocas y en otras tantas fue quebrado por razones conocidas.
En el mundo académico se estudia el caso argentino no tanto por la imposibilidad de lograr acuerdos, sino por la facilidad con que se rompen cíclicamente.
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Hace muchos años me sentí muy ofendido en un congreso internacional cuando un jurista extranjero dijo que en nuestro país se “tropicalizaban” los compromisos, queriendo decir que hay cambios constantes, nada se cumple y no hay confianza. En ese momento escribí un artículo en una revista jurídica que con el título: “¿Argentina tropical?”
En aquellos tiempos de la gran crisis económica e institucional, se pensaba que la emergencia podía permitir que todo cambiara, y que no importaba demasiado que se creara desconfianza en el mundo que nos rodea.
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El problema es que esa desconfianza se instaló en las personas que habitan en nuestro país, porque todo pareciera ser muy frágil y la incertidumbre es abrumadora.
Por eso, uno de los desafíos más importantes de esta hora es la creación de confianza institucional para que las personas que habitan este país puedan tener una expectativa razonable para construir una casa, tener un trabajo, mantener una empresa o tener un proyecto de vida.
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Han pasado muchos años, pero sigue existiendo una duda constante sobre los principios básicos de la organización social que es propia de una sociedad que siempre está organizándose, pero nunca establece reglas básicas, claras y mínimamente perdurables.
En algunos períodos históricos existió esa identidad madura, pero ha sido desautorizada con llamativa vocación. Podría decirse que nacimos adultos y evolucionamos hacia la infancia, porque todo puede cambiar abruptamente a partir de un proceso que se presenta como novedoso e imprescindible.
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La idea “fundacional” está siempre presente en todos los ámbitos de la cultura, que se caracteriza por una excesiva falta de modestia a la hora de tomar decisiones.
¿Cómo se comporta un individuo cuando vive en un contexto de cambio constante de las reglas de juego? Pensemos en un ejemplo sencillo: ¿Cómo actuamos cuando tenemos que movernos en una ciudad que cambia permanentemente la dirección de las calles, o cierra algunas de ellas porque están cortadas o porque se paralizaron los transportes?.
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En estas condiciones no puede planificar, se aumentan los esfuerzos y todo se paraliza. El stress prolifera, surge la polución en las relaciones sociales, y se deteriora la calidad de vida. La mirada es cada vez más breve, estrecha, enfocada en los problemas del día, desentendiéndose de las grandes ideas y de las realizaciones que dan sentido a la vida humana.
Desde la perspectiva sicológica es cada vez más perceptible la relación entre la desestructuración institucional y la del sujeto, ya que no hay marcos de referencia para una orientación razonable y previsible. El sujeto que se ve amenazado constantemente por la pérdida del trabajo, o el cambio del sistema de salud, o de su sistema jubilatorio, naturalmente eleva sus defensas, se siente agredido y arremete y, luego de un tiempo prolongado comienza a sentir los efectos del estrés (GERGEN, Kenneth, “El yo saturado-Dilemas de identidad en el mundo contemporáneo”).
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Desde la óptica de los agentes económicos, el cambio constante de reglas hace que aumenten los costos de transacción porque los derechos no están definidos, o se debilita la sanción y todo da igual. El cambio institucional constante, crea reglas poco claras, imprevisibles, información confusa, valores de amenaza desconocidos, proliferación de elementos irracionales, y todo ello causa desconfianza.
Las instituciones tienen una importancia relevante en el desarrollo de los pueblos, puesto que el modo en que distribuyen la información, incrementa o disminuye los costos de negociación ( NORTH (“Institucions, Institucional Change and Economic Perfomance”), y determina las oportunidades que hay en una sociedad.
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Esta breve descripción nos permite comprender:
- Que la ausencia de esa estabilidad genera incertidumbre, miedo y opción por soluciones extremas.
- Que hay una relación de causa-efecto entre crisis económica, fraccionamiento político y surgimiento de soluciones que llevan a una recesión democrática.
- Que es necesario un consenso democrático sobre reglas básicas de funcionamiento económico, político y social.
- Que la confianza es el lubricante de las relaciones sociales, baja los costos de transacción y facilita la vida de las personas.
Por lo tanto, es una tarea fundamental de quienes tenemos responsabilidades tratar de identificar y defender las bases de un sistema, diseñado en la Constitución Nacional, que llamamos Estado de Derecho y que se basa en reglas básicas de funcionamiento democrático.
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