
El fútbol, idioma donde se entiende en cualquier parte, ha llegado hasta el pequeño emirato de Qatar donde desde siempre ha gobernado como monarquía absoluta la familia Al Tahni, la única sede del mundo árabe en la historia.
Pequeño lugar del oeste de Asia comerciaba en perlas y nada más. Entonces, el petróleo y el gas. Y Qatar fue riquísimo, con unos dos millones y medio de habitantes de los cuales son nacidos allí dos cientos cincuenta mil: recibe inmigrantes en busca de trabajo en la misma proporción que los Estados Unidos. Nunca queda claro por qué se eligen los lugares para un Mundial, pero bueno, esa es otra historia, a lo mejor borrosa.
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Ahora, un país afligido habrá de vivir con menos angustia durante un mes con una Selección para hacer fruta y regalarla también a los amigos; un equipazo de muy buenos jugadores, Lionel Messi con la de capitán y la posibilidad de ganar según las grandes organizaciones de apuestas sin que hiciera falta destacarlo.
La Selección se clasifica siempre y llega pero no siempre con chance de Copa como una fija. Esa es su historia: no hay Argentina sin Mundial. Puede pintar la excepcionalidad y la mano de Dios, sí, pero el regreso en general hizo necesario doblar las medias o hacerlas un bollo y pegar la vuelta.
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En este caso es diferente. Las dificultades entre jugadores y entrenadores, camarillas que en la sombra armaban los equipo y a mi modo de ver poca resistencia para los goles rápidos de otros países, cierta flojedad, era de otra forma. Nunca se ha llorado tanto en el fútbol como en la Argentina. Se llora cuando se gana y se llora cuando se pierda. Hay algo nuevo.

Han pasado DTs de mucho peso como Diego y sus dos amiguetes en Sudáfrica, Menotti, Bilardo o el prestigioso director cubista Bielsa, si se hablara en términos de pintura.
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Glorificado, cercano a la devoción religiosa y empleado en tarifas políticas, el genial Maradona hizo lo que pudo, y lo conseguido fue derecho a la historia. No sé si mereció la canción de Fito Páez (”Dale alegría” y todo eso que en lugar de lo que dice suena a huayno dolorido para cantar con una caja chayera como toda compañía).
Pero dejémoslo. Estamos en Qatar.
A pasarlo bien. Se ha dado un conjunto de circunstancias nunca visto. Todos los llamados son muy buenos y tienen el piloto siempre prendido. Lo dan todo, no hay recelos, no piden la teta, son educados. No son los contratos importantes sino algo más: jugar con arte y en conjunto, como una orquesta.
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Los jugadores de Lionel Scaloni, nacido en Pujato hace 49 años, Santa Fé, incubadora de muchos de los buenos, jugó en Newell’s, en Estudiantes, integrante del Deportivo La Coruña (campeón de Liga), en Gran Bretaña. Y llegó con paso seguro aún cuando al principio pocos creyeron en él.
No soltó las parrafadas cancheras de Caruso Lombardi, y de otros que parecen siempre haberse encantado de sentirse encantados, y de tantos megalómanos que no tienen la picardía de Caruso. No se desgañita hasta la náusea y gana. Scaloni y sus dirigidos ganan. La serie invicta que alcanza al gran Coco Basile es una cucarda con vitaminas para probarse en el emirato.
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Allí también será otro deportista y otra condición en el mercado, porque aquello será, como ocurre en un gran bazar, compra, venta préstamos, ofertas en medida tan importante que bajará incluso la tensión de la guerra. Se ha jugado con guerras, y los juegos olímpicos de la antigüedad fueron competencias que remedaban victorias y derrotas para volver después a las reales. Nada puede con el fútbol, en la luz y en la penumbra. Juegan los cracks en estadios de diseño y tecnología alucinantes y juegan los chiquitos entre los escombros de un bombardeo.
Esta vez el enamoramiento tribunero –la gran tribuna de los que verán en la cancha y la tribuna inmensa de la televisión– tendrá que ver a mi juicio con tanto amor con el director técnico Lionel Scaloni.
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Sin buscarlo. Como es. De negro, ninguna sobreactuación, discreto, sin prensa, afeitado y sin dibujos en la piel. Scaloni ha unido y ha vencido.
Vamos entonces, Argentina.
Vamos a descansar de esta tierra y su calamidad.
Vamos con la Selección y con Scaloni. Quizás el primer DT moderno que haya surgido.
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