
En la Argentina, los procesos históricos profundos suelen precipitar llenando de perplejidad a sus propios actores. Durante los últimos 40 años, esos desenlaces repentinos se expresaron bajo la forma de derrotas electorales inesperadas.
A mediados de 1983, se daba por descontada la victoria justicialista en las elecciones convocadas por el último régimen militar. Había varios candidatos posibles, todos procedentes de la línea moderada y racional del gobierno de Isabel Perón. Ángel Robledo, Deolindo Bittel o Ítalo Luder habría de disputarle el gobierno a otro radical moderado, posándose las miradas en aquella joven revelación política 1973: Fernando De la Rúa. Pero salió a enfrentarlo un postulante sólo reconocido desde los ‘70 por disputarle fallidamente la conducción al recientemente fallecido Ricardo Balbín. Se trataba de Raúl Alfonsín.
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Su victoria, merced a un marketing impecable y a comicios internos ejemplares, suscitó la curiosidad de una amplia franja electoral moderada, harta de la violencia comenzada a finales de los ‘70. De ahí en más, sus actos comenzaron a cobrar una seducción contagiosa, sobre todo durante el cierre de sus encendidos discursos pronunciando el preámbulo de la Constitución, como un rezo laico.
Aun así, la inmensa mayoría seguía apostando a la invencibilidad del peronismo. Finalmente, el candidato justicialista ungido por el congreso nacional partidario fue el constitucionalista Ítalo Luder.
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Suele atribuirse la victoria aplastarte de Alfonsín por un 52% de los votos -frente al 40 de Luder- por la humorada de mal gusto del candidato a la gobernación bonaerense Herminio Iglesias, quien en el cierre de campaña encendió desde el palco un ataúd con las siglas de la UCR. Se trató de una interpretación simplista: Alfonsín cosechó votos en todos los sectores sociales, incluyendo a una porción significativa del peronista. Fue, entonces, un pronunciamiento ciudadano “anti setentista”, en contra de sus dos protagonistas a los que, astutamente, el nuevo líder radical enlazó al denunciar un supuesto “pacto militar-sindical”.

Cuatro años más tarde, la taba se invirtió. La “renovación peronista”, que había convertido al “movimiento nacional” en un “partido liberal”, postuló a Antonio Cafiero como candidato a gobernador bonaerense. Era, para la mayoría, el comienzo de un largo camino de la asombrosa metamorfosis peronista, aunque aún inmadura para derrotar a Juan Manuel Casella: el hombre del Presidente.
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Sin embargo, un alud de votos peronistas inundó a todo el país, dejando perplejo a un alfonsinismo consciente de sus dificultades, aunque no al punto de suponer semejante paliza. Las razones eran de expectativas: el Plan Austral fue el primer programa de ajuste recibido con beneplácito por una ciudadanía angustiada por el riesgo hiperinflacionario acechante desde el “Rodrigazo”.
Pero su éxito inicial se estancó por la puja distributiva que el Gobierno no supo administrar, malogrando iniciativas interesantes, como una reforma constitucional y el traslado de la Capital Federal a Viedma-Carmen de Patagones, juzgadas como extempóreas.
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Cafiero era el firme candidato a sucederlo en la presidencia en 1989; sin embargo, el pertinaz gobernador riojano Carlos empapeló al día siguiente toda la Capital anunciando su precandidatura. Diez meses más tarde, ambos renovadores protagonizaron la única elección interna peronista de su historia.
El gobierno apostó por el riojano, por considerarlo poco digerible para la clase media. Por lo demás, serían los “cuadros” políticos bonaerenses quienes habrían de definir una elección bastante predecible. Menem logró una alianza con el intendente lomense Eduardo Duhalde al tiempo que Cafiero reafirmaba la renovación acompañado por el cordobés José Manuel De La Sota. La victoria menemista fue aplastante e indicativa de otro proceso subterráneo: el espesor de la nueva pobreza de los grandes conurbanos industriales en proceso de reestructuración.
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En 1997, el segundo gobierno de Menem disfrutaba de una impresionante reactivación, luego del impacto de la devaluación mexicana de fines de 1994. La convertibilidad local había exhibido los mismos fundamentos económicos que México, suscitando una embestida en contra del peso. Pero el tándem Menem-Cavallo logró doblegarla, aunque a costa de una recesión de un año y medio durante la que el desempleo trepó al 18% y la pobreza volvió a superar el 20%.
Pasado el temporal, era poco factible que la flamante Alianza entre la UCR y el Frepaso pudiera superar al Gobierno, sobre todo en la provincia de Buenos Aires. Encabezaba la lista de diputados una singular dirigente socialdemócrata procedente de las militancias por los Derechos Humanos: Graciela Fernández Meijide, quien debía enfrentar nada menos que a la esposa del gobernador Duhalde, Hilda “Chiche” González.
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Hasta pocas horas antes de la elección, se daba por descontada una ventaja de “Chiche” de seis puntos. Sin embargo, la Alianza ganó por goleada. No era fortuito: desde su rutilante reelección, en medio del “efecto Tequila”, un Menem desaforado por forzar un tercer mandato despidió al ministro Cavallo y exacerbó su enfrentamiento con el líder bonaerense, quien aspiraba a sucederlo. El clima palaciego y el recuerdo de los excesos del menemismo exitoso, entre 1991 y 1994, colmaron la paciencia del electorado independiente.

El resultado, paradojalmente, lo pagó Duhalde. El resto es historia reciente. Hacia 2015 pocos suponían que el jefe de gobierno porteño Mauricio Macri pudiera suceder a Cristina Kirchner. En el congreso radical de Gualeguaychú, se impusieron los partidarios de una alianza con el PRO, y no con el peronista renovador Sergio Massa. Nació así Cambiemos.
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El entonces gobernador bonaerense Daniel Scioli logró ser designado por la jefa, aunque inhibido ineditamente de designar a su candidato a vicepresidente. Otro tanto le ocurrió al candidato a sucederlo, Aníbal Fernández, forzado a compartir fórmula con el poscomunista Martin Sabatella.
Cambiemos exhibió un pavoroso ascenso en la primera vuelta, cuando el propio Fernández fue derrotado en el bastión bonaerense por la entonces vicejefa de gobierno porteña María Eugenia Vidal. En el ballotage, Macri se impuso por una ajustada ventaja a Scioli. Era el final anunciado por un lustro de recesión, denuncias de corrupción sistémica y del marketing empalagoso de las memorables “cadenas nacionales”.
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Cuatro años más tarde, y pese a la debacle cambiaria de 2018, se concebía remota la posibilidad de retorno del kirchnerismo. En las PASO, a lo sumo, podía imponerse al macrismo por no más de seis puntos, según las encuestas más prestigiosas que auguraban una primera vuelta muy reñida.

Sin embargo, la original fórmula “vicepredidencialista” ideada por CFK -quien, fiel a su estilo, designó como candidato a presidente a su ex jefe de gabinete, Alberto Fernández- arrasó con 18% de ventaja sobre Macri, y de 20 puntos sobre la gobernadora Vidal. El resultado pareció irreversible. Sin embargo, una movilización desesperada de seguidores del oficialismo, menos por amor que por espanto, sorprendió al propio primer mandatario, quien se percató de la importancia de los gestos de la “vieja política”, mediante el contacto directo con la ciudadanía.
Y en la elección general de 2019, remontó casi diez puntos frente a una oposición que apenas superó su techo de las PASO.
Esta saga incuba un mensaje para una clase política, propensa a concebirse como un estamento inmune a la ley y a espaldas de una sociedad que sanciona implacablemente a sus vicios -la improvisación, la soberbia, la prepotencia y la impunidad obscena-, mediante sucesivos escarmientos silenciosos, como el del domingo pasado.
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