La huella belgraniana en la educación argentina

En sus escritos Belgrano insistía en que uno de los principales medios para mejorar las condiciones de vida de los sectores más postergados era crear escuelas gratuitas

Manuel Belgrano
Manuel Belgrano

Sin lugar a dudas, Belgrano fue un precursor de su tiempo. Sus ideas de progreso y emancipación no sólo para nuestro país, sino para todo América del sur, marcaron el camino que muchos siguieron después. Su preocupación iba más allá de lo puramente político, esto se refleja en su defensa de una educación pública, gratuita y obligatoria

Luego de la Revolución de Mayo, recibió un cheque de 40.000 pesos oro como recompensa por sus campañas de Tucumán y Salta y los donó para hacer cuatro escuelas. Él sólo se guardó el derecho de hacer el reglamento de las mismas, un reglamento revolucionario para la época. Allí señalaba: “He creído propio de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de mi patria, destinar los expresados 40.000 pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras en las que se enseñe a leer y a escribir, la doctrina cristiana, y los primeros rudimentos y obligaciones del hombre en sociedad”.

En sus Memorias consulares de 1796 preconizaba la creación de una Escuela de Dibujo que sería útil para las diversas ramas de las artes manuales. En 1799, se creó, junto a una de Náutica, pero luego fueron abolidas por la corte por considerarlas de lujo. Señalaba que el teólogo, el ministro y el abogado, necesitarían el conocimiento del dibujo, pues mientras a unos les facilitaría el estudio de la geografía y el manejo del mapa y compás, a los otros les serviría para comprender los “planos iconográficos y agrimensores, de las casas, terrenos y sembrados que presentan los litigantes en los pleitos”. Además, sostenía que los médicos tendrían mayor facilidad para estudiar detenidamente las partes del cuerpo humano que figuraban en las láminas de los tratados de anatomía y hasta las propias mujeres les sería útil para el mejor desempeño de sus labores. Sin embargo, la escuela de geometría, arquitectura, perspectiva y todas las demás disciplinas de dibujo tuvieron corta vida porque, en 1804, el Consulado no disponía de dinero para mantenerlas.

Noventa años antes de nuestra primera Ley de educación (N° 1420, 1884), redactó lo que podemos considerar el primer proyecto de enseñanza estatal, gratuita y obligatoria. En él planteaba que era imposible mejorar las costumbres y “ahuyentar los vicios” sin educación, y proponía que los cabildos creasen y mantuviesen escuelas con sus fondos. Y al hacerlo creía que era “de justicia” retribuir la contribución que, con sus impuestos, hacía la población para el sostenimiento del Estado.

Es importante conocer, y de esta manera reivindicar, la consideración que recibía de su parte el maestro. Señalaba que “el maestro, en todos los actos públicos o patrios, tiene que estar al lado de la máxima autoridad porque es el que enseña, es el que transmite los valores a los futuros ciudadanos que serán futuros gobernantes, empresarios”. Por ello, se dispuso que en las principales ceremonias se le debía dar “asiento al maestro en cuerpo de Cabildo, reputándosele como Padre de la Patria”. Se establecía que el docente procuraría con su conducta, y en todas sus expresiones y modos, inspirar a sus alumnos amor al orden, respeto a la religión, consideración y dulzura en el trato, sentimiento de honor, amor a la virtud y a las ciencias, horror al vicio, inclinación al trabajo, despego del interés, desprecio de todo lo que diga a profusión y lujo en el comer, vestir y demás necesidades de la vida, y un espíritu nacional que les haga preferir el bien público al privado, y estimar en más la calidad de Americano que la de Extranjero.

También reglamentó el régimen interno de las escuelas, la distribución del tiempo, y las recompensas a conceder a los mejores alumnos. Y, si bien se autorizaba a aplicar azotes en casos graves, algo propio de la época, se recomendaba sobre los niños que “no se permitiera que nadie usara lujo, aunque sus padres pudieran y quisieran costearlo”.

El calendario escolar del reglamento comprendía vacaciones en los meses de junio, julio y agosto y las clases se daban por la tarde, en invierno desde las cuatro hasta la oración y en verano (noviembre a marzo inclusive), desde las seis a la oración. Los exámenes eran trimestrales. No sólo se tenía en cuenta la aplicación del alumno, sino también la conducta, y eran expulsados a la tercera falta grave.

Hay escritos de Belgrano que llaman la atención por su profunda sensibilidad social. “He visto con dolor, sin salir de esta capital, una infinidad de hombres ociosos en quienes no se ve otra cosa que la miseria y desnudez; una infinidad de familias que sólo deben su subsistencia a la feracidad del país, que está por todas partes denotando la riqueza que encierra, esto es, la abundancia; y apenas se encuentra alguna familia que esté destinada a un oficio útil, que ejerza un arte o que se emplee de modo que tenga alguna más comodidad en su vida. Esos miserables ranchos donde ve uno la multitud de criaturas que llegan a la edad de pubertad sin haber ejercido otra cosa que la ociosidad, deben ser atendidos hasta el último punto”.

Lo notable en Belgrano es su capacidad para acompañar cada crítica con una propuesta superadora. Insistía en que uno de los principales medios para mejorar las condiciones de vida de los sectores más postergados era crear escuelas gratuitas, “adonde pudiesen los infelices mandar a sus hijos sin tener que pagar cosa alguna por la instrucción”, política que debía incluir “escuelas gratuitas para las niñas”. Consideraba que “la mujer es la primera que debe tener un gran rol social y derecho a la educación” ya que era “la primera persona que instruye a los chicos, que son el futuro de cualquier Nación”.

Es necesario destacar la labor de Belgrano, quien actuó como un verdadero precursor de la enseñanza en nuestro país, pregonando el derecho a la educación de todos y cada uno de los ciudadanos.

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