
El consumo de bebidas populares forma parte de la rutina diaria de millones de personas en todo el mundo. Muchas de estas gracias a su sabor, accesibilidad y tradición, se han integrado en la cultura alimentaria de diversas sociedades.
Sin embargo, la percepción de inocuidad que rodea a ciertos líquidos ha comenzado a desmoronarse ante la evidencia científica que vincula su consumo con enfermedades graves, como el cáncer hepático.
El hígado, órgano encargado de filtrar toxinas y metabolizar sustancias, resulta especialmente vulnerable a los efectos de compuestos presentes en algunas bebidas de consumo masivo.
¿Qué bebida es?

La bebida en cuestión es el refresco, una bebida ultraindustrializada, que está compuesta por agua, extractos de frutas o partes comestibles, azúcares o edulcorantes entre otros ingredientes.
Durante años, la comunidad médica ha advertido sobre los peligros de ingerir sustancias que puedan dañar el hígado, pero la reciente atención se ha centrado en las gaseosas cuya relación con el cáncer hepático no había sido suficientemente divulgada.
La preocupación surge a raíz de estudios que han identificado componentes en este líquido capaces de inducir procesos inflamatorios y degenerativos en las células hepáticas.
¿Cómo se relaciona el cáncer de hígado con el consumo de refrescos?

La respuesta tiene respaldo en la ciencia. Según el estudio publicado en JAMA por Longgang Zhao y un destacado equipo de investigadores del Women’s Health Initiative, el consumo regular de refrescos azucarados podría tener consecuencias mucho más graves de lo que se pensaba.
Más del 65% de los adultos estadounidenses incorporan estas bebidas a su dieta diaria, y el trabajo analizó el destino sanitario de casi 99 mil mujeres posmenopáusicas seguidas durante más de veinte años.
Quienes consumían al menos una porción diaria de bebidas azucaradas manifestaron una tasa de cáncer de hígado de 18 casos por cada 100.000 persona-años, muy superior a la registrada entre las consumidoras esporádicas (10,3 por cada 100.000 personas). El riesgo de desarrollar cáncer hepático en este grupo aumentó un 85% respecto a quienes solo ingerían refresco de forma ocasional.
La mortalidad por enfermedad hepática crónica también se duplicó en las grandes consumidoras de refrescos: de 7,1 aumentó a 17,7 fallecimientos por cada 100.000 persona-años.
Así, el vínculo no solo se refiere a la aparición de tumores, sino al deterioro y muerte derivados de patologías como el hígado graso, la cirrosis y otras alteraciones crónicas.
El estudio de Zhao et al., de JAMA, refleja una tendencia global: las enfermedades hepáticas vienen en aumento y, en las últimas décadas, el cáncer de hígado ha visto triplicadas sus tasas en países occidentales.
Aunque este trabajo se centró en mujeres posmenopáusicas y no puede aseverar una relación causal directa (debido a su diseño observacional), sí aporta una alerta sobre un vínculo antes ignorado entre una bebida que se considera cotidiana y enfermedades devastadoras.
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