Retrocultura Activa | Butacas eléctricas y esqueletos voladores: el marketing macabro de William Castle

Antes del CGI y el terror inmersivo, este director convirtió las salas de cine en escenarios de miedo, humor y espectáculo con trucos que hicieron historia

House on Haunted Hill (1959)
House on Haunted Hill (1959)
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Butacas eléctricas y esqueletos voladores: el marketing macabro de William Castle

Hubo un tiempo en que ir al cine era más que ver una película. Era un evento. Una experiencia sensorial completa, donde la pantalla era solo una parte del espectáculo. Y no hablamos de efectos digitales ni butacas que se mueven con sensores, sino de algo mucho más artesanal, más teatral y más cercano a la infancia del terror cinematográfico. En esta nueva entrega de Retrocultura Activa, la columna de Malditos Nerds dedicada a excavar los cimientos del entretenimiento popular, recuperamos la figura de uno de los grandes pioneros del cine espectáculo, un hombre que no dirigía películas, sino rituales de miedo. Hoy hablamos del rey del susto con truco: William Castle.

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Uno de los "gimmicks" de William Castle
Uno de los "gimmicks" de William Castle

El vendedor de terrores

William Castle no era un genio del guion ni un director virtuoso. Era, sobre todo, un showman. Su talento más brillante no se veía en pantalla, sino en la sala, antes y durante la proyección. Era un director, sí, pero también un productor, actor ocasional, maestro del marketing y, sobre todo, un narrador oral que entendía como pocos la relación emocional del público con el miedo.

A Castle no le interesaba que sus películas fueran obras maestras del terror. Le interesaba que la gente gritara, se riera, se levantara del asiento, hablara de la experiencia al salir. El cine era para él una feria, y él era el maestro de ceremonias.

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Durante la década del cincuenta y principios de los sesenta, desarrolló un estilo propio de terror teatral, con películas que venían con accesorios, trucos ópticos, butacas vibradoras, esqueletos que volaban sobre el público, votos interactivos y campañas publicitarias que eran tan entretenidas como los propios films. Castle entendía que el cine era una promesa, y cumplía con creces.

House on Haunted Hill
House on Haunted Hill

House on Haunted Hill y el nacimiento del Emergo

Una de las primeras y más memorables jugadas de Castle fue en House on Haunted Hill (1959). La película, protagonizada por el gran Vincent Price, cuenta la historia de una casa embrujada y una herencia condicionada al paso de una noche en su interior. Pero lo memorable no estaba solo en la trama.

Durante las funciones, justo en una escena con un esqueleto, Castle activaba un mecanismo escondido en el techo del cine y un esqueleto de plástico con ojos luminosos salía volando sobre la audiencia, colgado de cables. El truco, bautizado como Emergo, no engañaba a nadie, pero cumplía con su objetivo: provocar una mezcla de susto, asombro y carcajada que quedaba grabada en la memoria del espectador.

House on Haunted Hill
House on Haunted Hill

Lo divertido es que el público, lejos de asustarse de verdad, muchas veces respondía como si estuviera en un carnaval, tirando pochoclos, botellas vacías, envoltorios, e incluso alguna que otra fruta podrida al pobre Emergo, que cruzaba el aire mientras recibía la lluvia de proyectiles. Castle, lejos de enojarse, disfrutaba el caos. Entendía que esa era la verdadera magia del cine de terror interactivo: un show compartido, entre risa y sobresalto, donde asustarse era también jugar.

Es evidente que lo que Castle visionaba -y que Hollywood olvidaría por décadas- es que el terror puede ser lúdico. Que el miedo, en manos hábiles, no solo puede ser una emoción oscura, sino también un juego liberador.

The Tingler
The Tingler

The Tingler y la butaca electrificada

En The Tingler (1959), otra vez con Vincent Price, William Castle inventó Percepto, un sistema en el que algunas butacas del cine vibraban en el momento exacto en que el monstruo, una criatura que se alimenta del miedo, escapaba en la sala.

Para lograrlo, Castle modificó butacas con motores de avión en desuso. Cuando Price le hablaba directamente al espectador en una escena clave, diciendo que “el Tingler estaba en la sala”, las butacas comenzaban a vibrar, provocando gritos y un desorden delicioso. Algunos cines incluso contrataron actores para fingir desmayos entre el público.

La película, en sí misma, no era revolucionaria. Pero la experiencia de verla sí lo era. Era un protocine interactivo, mucho antes de que la tecnología digital hiciera posible algo similar. Castle lo logró con cables, parlantes y mucha picardía.

Homicidal
Homicidal

Homicidal y la esquina de los cobardes

En Homicidal (1961), Castle se volvió todavía más audaz. Cerca del clímax de la película, un reloj gigante aparecía en pantalla, con una cuenta regresiva de 45 segundos en la que los espectadores más temerosos podían abandonar la sala... con condiciones.

Aquellos que decidieran irse, debían pasar por la Coward’s Corner (La esquina de los cobardes, en nuestro idioma), una especie de cabina de cristal ubicada en el hall del cine, donde eran ridiculizados públicamente por haberse asustado. Castle incluso contrataba extras para señalar y reírse de los cobardes.

Lo genial de esta estrategia era que pocos querían soportar la vergüenza. La mayoría decidía quedarse, aumentando la tensión del momento final. Otra vez, Castle usaba el entorno de la sala como parte del espectáculo.

13 Ghosts
13 Ghosts

13 Ghosts y el cine en dos dimensiones

Con 13 Ghosts (1960), William Castle probó otro invento: las Illusion-O Glasses. Unas gafas con lentes rojos y azules que permitían al espectador “ver o no ver” a los fantasmas en pantalla. Si querías verlos, mirabas por el lente rojo; si querías evitarlos, por el azul.

Este truco, rudimentario pero efectivo, daba una sensación de control al espectador, anticipando la ilusión de interactividad. Y una vez más, el miedo no venía tanto por lo que se veía, sino por la decisión de verlo. Una jugada más de Castle para involucrar al público emocionalmente.

Mr. Sardonicus
Mr. Sardonicus

Mr. Sardonicus y el poder de la decisión

Castle fue más lejos aún en Mr. Sardonicus (1961). Antes del final, se proyectaba un “voto de castigo”, donde el público levantaba tarjetas para decidir si el villano merecía ser castigado o perdonado.

Castle aseguraba tener dos finales preparados, aunque en realidad solo filmó uno. Pero la ilusión de tener poder sobre el relato era suficiente. El público salía comentando su participación como si realmente hubiera alterado el curso del film.

Alfred Hitchcock y Tippi Hedren 
Getty Images
9th May 1963: Alfred Hitchcock and American actress Tippi Hedren explore Cannes together after the premiere of his latest thriller 'The Birds' in which she plays the title role. (Photo by Keystone/Getty Images)

El Alfred Hitchcock del pueblo

William Castle siempre fue comparado -a veces injustamente- con Alfred Hitchcock. Ambos usaban su propia imagen como marca. Ambos aparecían en trailers y afiches. Pero mientras Hitchcock apelaba al suspenso refinado, Castle se tiraba de cabeza al sensacionalismo. Y lo hacía con una sonrisa.

Sus campañas de marketing eran legendarias. Ofrecía seguros de vida para quien muriera del susto, instalaba ambulancias falsas en la puerta del cine, colgaba ataúdes en el hall de entrada. Todo era una gran broma macabra, una performance continua. Y el público lo amaba.

William Castle no reinventó el terror, pero sí reinventó su forma de ser consumido. Entendió que el miedo es una experiencia social, una catarsis colectiva. Que ir al cine era un ritual, una comunión. Y por eso, cada uno de sus trucos (por más ingenuos que parezcan hoy) están cargados de amor por el espectáculo.

Matinee
Matinee

Su influencia es clara en películas como Matinee (1993), de Joe Dante, donde John Goodman interpreta a un personaje inspirado en él. También en directores como Sam Raimi o Robert Rodríguez, que entienden que el terror puede ser divertido, y que lo grotesco tiene su lugar en la estética pop.

En tiempos donde todo el cine parecía volverse más serio, más realista, más controlado por los estudios, Castle proponía caos, improvisación, cercanía. Su cine no era digno de premios, no era lo que buscaba, sino que él apuntaba a regalar experiencias inolvidables. Buen punto para partir, teniendo en cuenta que hoy que los cines pelean por sobrevivir frente al streaming, y que las experiencias multisensoriales se pagan como lujo VIP, es más vigente que nunca recordar a William Castle, porque su cine no dependía del presupuesto, sino del ingenio. No necesitaba CGI (porque tampoco existía), y se arreglaba con una polea y una buena idea bien explotada.

Mirándolo desde el presente, Castle enseñó que el miedo puede ser comunitario. Que no hace falta ser Kubrick para dejar una marca en el público. Que un esqueleto de plástico puede ser más memorable que mil explosiones digitales. Así que la próxima vez que sientas que el cine de terror se volvió demasiado serio, buscá una película de William Castle, ponete cómodo y preparate para reírte entre sustos. Si bien no vas a poder revivir aquellos años, sus películas te permiten que vueles con tu imaginación. Nos vemos muy pronto en la próxima edición de Retrocultura Activa y si todo se oscurece de golpe… no corras. Capaz es parte del show.

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