
A muy poco tiempo de estrenar su más reciente largometraje en cines, Asteroid City, Wes Anderson presentó en el Festival de Venecia su nuevo corto. Protagonizado por Benedict Cumberbatch y basado en un cuento de Roald Dahl. La maravillosa historia de Henry Sugar es una mamushka de relatos que narra una historia extraordinaria en cuarenta minutos.
Un playboy millonario sin ambiciones en la vida descubre en una biblioteca el diario de un médico que relata su encuentro con un hombre de poderes extraordinarios. Intrigado por este suceso, sigue la pista del relato hasta que descubre la fórmula para poder ver sin los ojos. Conseguir esta habilidad se convierte en su nueva obsesión y lo que sigue es un interesante ejercicio narrativo con dos finales posibles.
El director lleva su estilo lo más lejos posible, pero experimentando con recursos nuevos tanto en lo narrativo como en lo visual. Por un lado, potencia algunos de los que ya utilizó en Asteroid City, revelando el artificio y poniendo en primer plano la figura del autor. Ralph Fiennes encarna a un escritor confinado a su estudio, que introduce cada corto y habla directamente con el espectador para sumergirlo en el contexto de la historia.
A medida que esta se va desarrollando, los decorados se mueven y se transforman para recrear un nuevo espacio. El narrador -siempre en primera persona- va mutando en diferentes personajes a lo largo de la historia. Solo cinco intérpretes encarnan todos los papeles, entre ellos Ben Kingsley y Richard Ayoade, que irán rotando a lo largo de los otros tres cortos que conforman esta brillante antología.

Veneno, El desratizador y El Cisne son las otras tres adaptaciones de cuentos de Roald Dahl estrenadas en Netflix, con apenas unos 17 minutos de duración cada una. A pesar de ser historias muy distintas entre sí, tienen algo en común que las diferencia por completo de La maravillosa historia de Henry Sugar. Los tres son relatos inquietantes con temas que exploran lo peor de la naturaleza humana y tonos que rozan con lo terrorífico.
Esta es la primera vez en la carrera de Wes Anderson que se tratan tópicos tan siniestros. No solo en la interacción de los personajes, sino también en su relación con los animales y la violencia de la que son capaces al sentirse amenazados o impunes. Es muy interesante ver el enfoque de un realizador que está acostumbrado a moverse en la comodidad de los temas conocidos y que siempre opta por personajes y temas naif, o por lo menos inofensivos.

Con una placa explicativa al finalizar cada relato, Wes Anderson contextualiza el trabajo de Roald Dahl y su proceso para escribir cada cuento, dejando que el espectador saque sus propias conclusiones sobre el significado del mismo. Pero en la breve duración de cada corto, nos sumerge en un mundo de misterios inquietantes, amenazas veladas y finales inesperados. Y por momentos recuerda a otros exponentes de la literatura universal, como los Cuentos de la Selva de Horacio Quiroga o a La Metamorfosis de Franz Kafka.

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