
El 10 de abril de 1970, Paul McCartney comunicó de manera definitiva que no tenía la menor intención de continuar trabajando junto a John Lennon, y que se retiraba de los Beatles. Esa declaración tajante, divulgada a la par del inminente lanzamiento oficial de su primer álbum discográfico como solista, que se llamó McCartney, hizo estallar de forma inmediata a los medios periodísticos británicos.
El matutino anunció en primera plana que el músico abandonaba los Beatles. Al repartir los materiales de prensa de su debut, McCartney incluyó un texto donde daba a entender sin atenuantes que no regresaría a tocar con sus compañeros históricos.
Al responder las preguntas de la prensa, aseveró que no lograba avizorar un escenario temporal en el que la dupla Lennon-McCartney pudiera volver a transformarse en una asociación orientada a la composición.

Con una mixtura de tristeza, enojo y notorio alivio, el británico dejó de sostener una embarcación que desde hacía extensos meses padecía un naufragio inminente. Para la prensa, el comunicado oficial cerraba fácticamente una historia sin retorno, erigiendo a McCartney como el responsable de la fractura a los ojos de la opinión pública.
La mirada popular que sindicó a McCartney como el artífice de la separación debió aguardar más de medio siglo para toparse con un desmentido contundente de las entrañas mismas del suceso. A lo largo de cincuenta años, el músico cargó con el pesado estigma de ser señalado como el causante central del quiebre.
La rectificación se cristalizó durante una entrevista que McCartney concedió a la emisora BBC bajo la conducción del periodista John Wilson, en un intercambio radial acontecido 51 años después del hecho. Allí, el bajista confesó llanamente que la ruptura del grupo no fue orquestada por él, apuntando en línea recta hacia John Lennon como el ejecutor.

“Yo no instigué la división. Ese fue nuestro Johnny”, esgrimió el músico, subrayando que su intención siempre fue que la sociedad artística siguiera su rumbo natural, apoyado en la creencia de que el soberbio material que estaban forjando, patentizado en el contenido de placas como Abbey Road y Let It Be, justificaba plenamente garantizar la continuidad.
McCartney ahondó en los pormenores y relató que Lennon irrumpió en una habitación de los estudios y espetó la sentencia final: “Me voy de los Beatles”.
En las memorias de McCartney, su compañero catalogó aquella drástica retirada como algo plagado de excitación emocional, comparándolo con el inicio de un proceso de divorcio. A los miembros restantes únicamente les quedó el abrumador trabajo de recoger los pedazos de la estructura derrumbada.

Si bien la estocada decisiva germinó de Lennon, el desconcierto en torno a la separación padeció un agravamiento mayúsculo por motivos puramente comerciales y burocráticos. McCartney explicó que la aparición del nuevo mánager del cuarteto, el empresario Allen Klein, motivó la imposición de un pedido de silencio dirigido a toda la banda.
Klein argumentó que requería de un generoso período para abocarse al ordenamiento de los conflictivos asuntos financieros del cuarteto, demandando que la noticia fuera mantenida en las sombras de la reserva absoluta.
Como derivación de tal maniobra, la banda se vio forzada a protagonizar a lo largo de varios meses una incómoda parodia, debiendo fingir que el grupo seguía operativo y marchaba sin contratiempos. Atravesaban una época surcada por la rareza, dado que el pleno del grupo sabía positivamente que transitaban la fase final, hallándose imposibilitados de formalizar sus dimisiones a raíz de las marañas legales existentes.

A los fines de alcanzar la rescisión de su vínculo de exclusividad y sortear el peligro latente de que sus creaciones quedaran arrumbadas a merced del manejo de Klein, un individuo hacia quien McCartney sentía profunda aversión, no encontró más remedio que interponer una querella judicial en contra de sus compañeros. “Tuve que pelear y la única forma en que podía pelear era demandar a los otros Beatles, porque estaban con Klein”, rememoró al justificar su proceder.
El germen del desgaste permanente encuentra su origen en 1966, momento fundacional del lento e inexorable declive que fue mellando las bases del andamiaje. En este proceso, los restantes componentes de la banda lograron convencer a McCartney de que había llegado la hora de no retornar bajo ninguna circunstancia a los habituales escenarios de las extenuantes giras.
Empalmado a ese repentino cese en el afán por los recorridos internacionales, vio la luz la ambiciosa y monumental placa titulada Sargent Pepper’s Lonely Hearts Club Band, una creación innovadora que encumbró decididamente a McCartney como la fuerza creativa de los Beatles.

Semejante reordenamiento forzoso en la disposición de los roles y las jerarquías dentro del estudio desató la incomodidad de John Lennon, quien se encontraba inmerso en una crisis existencial. En estricto paralelismo a esa rispidez, el marcado ascenso del bajista suscitó recelos en George Harrison, un guitarrista que pujaba para conquistar márgenes más amplios a la hora de colar su propia rúbrica en la autoría oficial de las melodías y grabaciones del cuarteto.
En 1967 llegó el hecho más desestabilizador en los Beatles. La muerte del manager Brian Epstein, producto de un exceso de somníferos durante el asueto del denominado Bank Holiday de agosto, dejó tras de sí un agujero que desnudó graves fisuras.

Epstein había brindado pruebas de contar con una habilidad innata para domesticar las inestables de los egos monumentales de los cuatro astros de Liverpool, resguardando la maquinaria del éxito. Carente de esa brújula gerencial y en medio de problemas comerciales, el grupo encaró varias decisiones administrativas para las que no estaban preparados.
El vacío en la conducción de las operaciones empujó a McCartney a tomar el timón, propiciando como efecto secundario y nocivo el recelo incesante de un entorno musical que comenzaba a acusar malestar y tensión recíproca entre todos y cada uno de los célebres músicos.
Estimulados por los lineamientos del bajista, los Beatles incursionaron velozmente en el emprendimiento sonoro y fílmico llamado Magical Mystery Tour, un entramado lúdico y de pretensiones lisérgicas que terminó sucumbiendo frente a un veredicto vertido desde la óptica de los críticos.

Superpuesto a ese resbalón público, el cuarteto comenzó a experimentar vivencias destinadas a indagar el universo de la espiritualidad. Arrastrados por la devoción de Harrison por las disciplinas originarias de la India, los cuatro partieron rumbo a Asia con la firme voluntad de transitar allí un retiro de meditación trascendental. Se entregaron a los designios del afamado gurú Maharishi Mahesh Yogi.
A pesar de los primeros atisbos benéficos que emanaban de la convivencia con aquel líder espiritual, la experiencia decantó en un crudo desencanto. Quien terminó por corporizar ese destemplado escepticismo al regreso fue precisamente el atribulado Lennon, un desenlace que agravó un cuadro personal marcado por la aguda crisis que arrastraba. El corolario estricto del naufragio emocional derivó en la disolución del vínculo matrimonial con su mujer Cynthia, allanando el trayecto para facilitar la irrupción en su vida de la artista de origen japonés Yoko Ono.
La entrada en escena de Yoko mutó irreversiblemente el clima de la banda. A su rol afectivo con Lennon se agregó la condición de erigirse en una constante presencia enclavada entre los equipos del estudio discográfico de la ciudad londinense.

A los problemas existentes se sumó el de las apariciones públicas de Lennon y Ono a lo largo de 1969. Se exhibieron en la cama a favor de la paz mundial frente a las cámaras periodísticas en las ciudades de Montreal y Ámsterdam. Aquello representaba para McCartney una actitud que obstaculizaba la regular y necesaria continuidad de las jornadas de grabación del grupo.
Para el bajista de la banda, era lisa y llanamente una quimera frenar la rebeldía de Lennon. En la visión de McCartney, esas manifestaciones de Lennon eran una respuesta a la represiva educación que tuvo el vocalista en su niñez. Al evocar esa época signada por la incomprensión, confesaría sin medias tintas que dicho tramo representó el periodo de mayor dificultad e incomodidad que atravesó en su vida.
A eso se acopló un asfixiante panorama impositivo, producto de las exorbitantes ganancias recaudadas por los británicos que debían tributar un noventa por ciento fijado por las leyes inglesas de esa década (norma causante de la canción “Taxman” de George Harrison).
El vacío de control desde el fallecimiento de Epstein había originado anomalías burocráticas y cuantiosos desfalcos monetarios cuyo final era imposible de verificar en libros, lo que provocó que el fisco británico persiguiera a los músicos por pagos atrasados sin que los artistas llegasen siquiera a saberlo.
Para guarecer el patrimonio ante esa situación, el grupo había constituido a Apple Corps. La urgencia de dotar a las nuevas oficinas comerciales de un conductor financiero terminó en una lucha interna.
Haciendo oídos sordos a los ruegos y las airadas protestas de McCartney, quien enarbolaba el currículum corporativo de su suegro y experimentado letrado civil neoyorquino Lee Eastman, la alianza tejida entre Lennon, Harrison y Ringo Starr coronó como manager a Allen Klein, un hombre de negocios estadounidense de modos crudos y ríspidos que ya venía representando a The Rolling Stones.

El detonante tuvo nombre y apellido: Phil Spector. Con el aval de Allen Klein, el productor intervino en las sesiones del proyecto Let It Be. Hubo lágrimas de McCartney, aburrimiento de Lennon y abandonos protagonizados por Harrison. McCartney buscaba una sonoridad rústica y despojada, pero los agregados orquestales de Spector sobre la balada The Long And Winding Road, insertando coros femeninos y decenas de violines, violonchelos y trompetas, fueron intolerables.
El bajista envió en abril una furiosa carta pidiendo la supresión de esos agregados. Desatendido en sus reclamos, el quiebre devino en litigio demandas, recelos destilados impiadosamente en los tempranos álbumes solistas mediante venenosas canciones como Too Many People o How Do You Sleep?, y por ende en fin de la magia de los Beatles.
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