Muerte en Chappaquiddick: el día en que Ted Kennedy logró quedar impune

Una noche de fiesta. Hombres casados y chicas solteras. Alcohol y baile. Dos que se escapan. Un accidente absurdo. Una joven muerta. Una carrera presidencial que se trunca. Escándalo. La noticia en la tapa de los diarios. Una historia de mentiras y silencio

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El auto del senador Edward “Ted” Kennedy es retirado del agua en Edgartown, Massachusetts. Había caído al agua desde un puente cuando el senador conducía el junto a Mary Jo Kopechne en Chappaquiddick (Foto: AP)
El auto del senador Edward “Ted” Kennedy es retirado del agua en Edgartown, Massachusetts. Había caído al agua desde un puente cuando el senador conducía el junto a Mary Jo Kopechne en Chappaquiddick (Foto: AP)

La muerte de Mary Jo Kopechne en Chappaquiddick mientras viajaba una noche con el senador Ted Kennedy, hace cincuenta años, sigue siendo una historia atractiva, con misterio y dudas. Pero, más allá del caso policial, esta es una historia (universal) sobre el poder. Y sobre la impunidad que brinda el poder político y económico.

Edward Kennedy, "Ted" para todos, era la gran esperanza blanca. Estaba predestinado a ser presidente de los Estados Unidos. Era el sucesor. Luego de que asesinaran a sus dos hermanos, él, senador por Massachussets, era el candidato natural. Tenía encanto personal, juventud, los rasgos similares a JFK, la fortuna familiar por detrás, el linaje. Pero esa noche del 18 de junio de 1969 sus aspiraciones presidenciales se ahogaron en Chappaquiddick.

Mary Jo Kopechne tenía 26 años y había trabajado en la campaña presidencial de Bob Kennedy
Mary Jo Kopechne tenía 26 años y había trabajado en la campaña presidencial de Bob Kennedy

La del párrafo anterior es una manera de ver los hechos. Una manera errónea. Lo que se truncó esa noche fue la vida de una joven de 26 años con un futuro promisorio sin que nadie pudiera (sin que nadie pusiera demasiado empeño) en dilucidar los hechos. Ted Kennedy salió indemne. No pagó ni personal, ni penal, ni social, ni políticamente. Su matrimonio continuó, siguió siendo senador hasta el día de su muerte en 2009 y su vida pública se desenvolvió casi con normalidad.

Ted Kennedy llega a su casa en Hyannis, Massachusetts, tras participar del funeral de Mary Jo Kopechne en Pennsylvania. (Foto: AP/Frank C. Curtin)
Ted Kennedy llega a su casa en Hyannis, Massachusetts, tras participar del funeral de Mary Jo Kopechne en Pennsylvania. (Foto: AP/Frank C. Curtin)

El senador Kennedy había alquilado una casa en Chappaqquidick (pequeña localidad ignota que luego de este incidente adquirió súbita fama) cerca de Martha's Vineyard. Esa noche junto a un grupo de abogados y amigos celebró una pequeña fiesta. Eran seis hombres que rondaban los 40 años, todos casados, menos el chofer de Ted de 63 años. Y había seis mujeres. Todas transitaban los veinte años, estudiaban o se habían recibido recientemente. Lo que las unía no sólo era su juventud y belleza: habían participado de la trunca campaña presidencial de Robert Kennedy. Ellas integraban un grupo conocido como Las chicas del Boiler Room. Durante el día acopiaban febrilmente información de los diversos candidatos locales y se la resumían al candidato presidencial para que tuviera casi en tiempo real, con comunicaciones muy alejadas a las actuales, cómo cambiaba el panorama cotidianamente. La efectividad de estas jóvenes se convirtió en legendaria. Luego ocurrió el asesinato de Bobby Kennedy y todos volvieron a sus actividades. Pero un año después, Ted Kennedy ya era un virtual candidato demócrata para las elecciones del 72. Nadie contó nunca cómo se organizó esa fiesta.

Esa noche del 18 de julio, el alcohol hacía sus efectos y la música dominaba la escena. De pronto Ted y Mary Jo desparecieron. Los demás no parecieron darse cuenta. Ya sea porque estaban divirtiéndose demasiado como para prestar atención en esas cosas o porque prefirieron la discreción. Ted y Mary partieron en el auto del senador. A pesar de que estaba presente su chofer y a pesar de que él casi nunca manejaba su auto, Ted iba al volante. Al llegar al pequeño puente de madera de una sola mano que atravesaba el lago algo salió mal. La oscuridad, una frenada violenta, el conductor que pierde el control del vehículo, el auto que cae pesadamente en el agua y se sumerge fatalmente. Ted Kennedy logra liberarse y salir a flote. Mary Jo queda atrapada. Ya no saldrá con vida.

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El senador Kennedy, según sus dichos, se sumergió entre siete y ocho veces para intentar sacar a su acompañante, pero no lo consiguió. Luego volvió a la casa de donde había partido a pie. No le avisó a nadie de lo sucedido. En el trayecto se cruzó con cuatro viviendas en las que podía haber solicitado ayuda. Pero no lo hizo. Al llegar a la casa se metió dentro de uno de los autos estacionados y se recostó en el asiento trasero. Allí quedó unos largos minutos. Luego sin llamar la atención de los demás, logró separar del grupo a sus dos amigos más cercanos (uno de ellos también su primo) quienes además eran abogados. Les contó lo sucedido y entre los tres discutieron los pasos a seguir. Volvieron al lugar del accidente. Ya había pasado más de una hora del hecho. Luego enviaron a Ted a un hotel y los otros dos volvieron a la residencia pero con la precaución de no contarle nada a las cinco amigas de Mary Jo (luego adujeron que si les contaban iban a ir al lago a intentar rescatar a Mary Jo con el riesgo de que en la oscuridad otra de ellas se ahogara). Naturalmente tampoco dieron aviso a la policía.

Mary Jo Kopechne con Robert Kennedy, con quien trabajó durante su campaña presidencial (Foto: ANL/Shutterstock).
Mary Jo Kopechne con Robert Kennedy, con quien trabajó durante su campaña presidencial (Foto: ANL/Shutterstock).

A la mañana siguiente, desde muy temprano, Ted Kennedy desplegó su agenda. En muy pocas horas habló por teléfono con los mejores abogados del país, otros legisladores y varios ex ministros de su hermano JFK. Mary Jo, mientras tanto, seguía encerrada en el auto, sumergida en el agua.

Un vecino de la zona mientras intentaba pescar percibió algo extraño en el agua. Le pareció que lo que yacía en el fondo era un auto. De inmediato dio aviso a la policía. En menos de media hora, habían logrado sacar a la superficie el auto. En su interior, encontraron muerta a Mary Jo Kopechne. Estos movimientos alteraron la vida del hasta entonces muy tranquilo Chappaquiddick. La noticia llegó con velocidad a los oídos de Ted Kennedy que interrumpió sus llamados telefónicos a los personajes más influyentes del país y se presentó a la policía. Allí dio su versión de lo sucedido y excusó la fuga del lugar de los hechos y la demora de más de diez horas en dar aviso a las fuerzas policiales por estar en estado de shock.

El cuerpo sin vida de Mary Jo Kopechne, llega al aeropuerto de Scranton, Pennsylvania, donde la mujer fue velada y enterrada. (Foto: AP)
El cuerpo sin vida de Mary Jo Kopechne, llega al aeropuerto de Scranton, Pennsylvania, donde la mujer fue velada y enterrada. (Foto: AP)

El tema naturalmente ocupó la tapa de todos los diarios y los noticieros televisivos. La coyuntura le jugó a favor. 48 horas después la atención del mundo se centró en un hecho histórico y extraordinario: el hombre llegaba a la luna.

Sin embargo los hechos seguían allí. La chica muerta y el senador que no había avisado a la policía. Cuando se iniciaron las investigaciones aparecieron testigos que dieron pruebas de la que los integrantes de la casa se encontraban en una fiesta y que el alcohol había corrido profusamente, que Ted Kennedy pudo haber utilizado varios teléfonos cercanos para pedir ayuda, que la hora en que él sostenía que habían ocurrido los hechos no era correcta. Ese, el de la hora, no era un tema menor. Era la coartada para explicar por qué la chica estaba en su auto. Kennedy sostuvo que la estaba llevando al muelle desde el que partía el ferry que la llevaría a la ciudad. Pero el último ferry salía 11:30 de la noche y a Kennedy lo vieron manejando su auto después de las 12. Había otro problema: si hubiera ido a ese destino tendría que haber ido en otra dirección y no por ese camino. Él adujo que se confundió por la oscuridad. Las inconsistencias se sumaban a la presunción de que estaba manejando a alta velocidad y alcoholizado. Cada nuevo hecho empeoraba la situación de Ted Kennedy y empalidecía su endeble versión de los hechos.

Sin embargo, los mecanismos del poder (político y económico) empezaron a funcionar. Las pericias no se realizaron, el juez exculpó rápidamente a Ted que se declaró culpable de abandonar la escena y recibió voluntariamente la menor pena posible por ese hecho: dos meses de prisión en suspenso. Una trama de encubrimiento y complicidades se desplegó eficazmente para proteger al joven senador.

Las otras cinco chicas, las amigas de Mary Jo, no dieron notas y sus declaraciones judiciales fueron coincidentes y neutras. Lo mismo hicieron los hombres que estaban esa noche en la casa.

Edward Kennedy el 30 de julio de 1969, en su primera aparición en el Senado de los Estados Unidos tras el misterioso accidente en el que murió Mary Jo Kopechne (Foto: Arnie Sachs/Shutterstock).
Edward Kennedy el 30 de julio de 1969, en su primera aparición en el Senado de los Estados Unidos tras el misterioso accidente en el que murió Mary Jo Kopechne (Foto: Arnie Sachs/Shutterstock).

Kennedy dio un largo discurso televisivo. Tuvo un enorme rating. Sentado en su escritorio con una elegante biblioteca a sus espaldas leyó una declaración y luego dijo unas palabras sin necesitar del papel. Se mostró dolido, explicó que su esposa no se encontraba con él porque estaba haciendo reposo absoluto por tener un embarazo de riesgo luego de dos abortos espontáneos, que de otro manera lo hubiera acompañado, que todos los rumores de conducta inmoral -así lo llamó- de su parte eran absolutamente infundados, que en esas horas había estado en estado de shock, que los doctores le habían dicho que había sufrido una conmoción cerebral y que ese estado confusional explicaba su conducta errática. También puso en manos de los ciudadanos de su estado la continuidad como senador. Y para darle un tono épico a su alocución, y para que nadie olvide su linaje, cerró el discurso con una cita del libro de JFK sobre la Segunda Guerra Mundial.

Son once minutos en los que se defendió y se puso en lugar de víctima en vez de victimario. Habló de una maldición que perseguía a su familia, debido a las tragedias que los asolaban. Pero en este caso la tragedia le ocurrió a otros, no a los Kennedy. Los Kochepne perdieron a una hija de 26 años en un accidente, a una hija que no recibió asistencia, que no obtuvo siquiera que se esclarecieran las circunstancias de su muerte.

Si Kennedy recibió algún tipo de condena social se debió a la sospecha de haber engañado a su esposa, de que el hundimiento del auto se produjo en medio de una aventura extramatrimonial. Y no por su accionar delictivo. Chappaquiddick también es un mojón en la vida política norteamericana. Es la primera vez que una conducta privada influyó en las aspiraciones presidenciales de un candidato.

Las especulaciones sobre lo que pasó esa noche en Chappaquiddick no concluirán nunca. ¿Por qué Ted Kennedy salió del vehículo y Mary Jo no? ¿Intentó salvarla? ¿Por qué no dio aviso antes a los rescatistas? ¿Qué pensaba hacer la mañana siguiente? ¿Hacia dónde se dirigía la pareja en el auto?

El senador Ted Kennedy en abril de 2009, poco antes de morir (Foto: Ron Sachs/Shutterstock)
El senador Ted Kennedy en abril de 2009, poco antes de morir (Foto: Ron Sachs/Shutterstock)

Lo que se sabe es que Kennedy no fue juzgado, sus amigos tampoco como cómplices, que la Justicia determinó que Mary Jo murió ahogada y que por eso no era necesario realizar una autopsia, que el auto no fue peritado y que los padres de Mary Joe recibieron poco más de 150 mil dólares de compensación económica (100 mil de parte de Kennedy y el resto del seguro).

También sabemos que a raíz del escándalo Ted Kennedy no se presentó a luchar por la candidatura presidencial en 1972 y 1976. Pero sí lo hizo en 1980 y perdió las internas con el entonces presidente Jimmy Carter, quien en la campaña no perdió oportunidad para chicanearlo sutilmente con este asunto.

En la memoria colectiva el Incidente de Chappaquiddick (así se lo conoce en Estados Unidos) quedó como un eslabón más de  la cadena de desgracias de la familia Kennedy. Y como el hecho que impidió que otro Kennedy llegara a presidente. Pero el hecho debiera ser recordado como el episodio que no fue obstáculo para que el joven senador fuera reelegido siete veces consecutivas como senador por Massachussets, y que no impidió que mantuviera todos sus privilegios y que hoy sea recordado como un gran legislador (su labor parlamentaria es reconocida por los especialistas).

No hubo "maldición Kennedy" en Chappaquiddick. Se trató de, al menos, un actuar negligente de su parte que ocasionó una muerte por la que nunca debió rendir cuentas en la justicia. Chappaquiddick fue una muestra obscena y universal de la relación íntima  entre el poder y la impunidad.

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