Con las aulas cerradas y padres que pierden su trabajo, la lectura, la escritura y las tablas de multiplicar han sido sustituidas por sudor, ampollas y menores esperanzas de una vida mejor para millones de niños.

Joel Hernández, director de una escuela en Jotolchén, en las montañas del centro del estado de Chiapas, explicó que cuando fue a recoger los primeros cuadernillos del curso —un puñado de hojas de ejercicios fotocopiadas—, sólo alrededor del 20% de los estudiantes había completado el trabajo.
Ni Andrés Gómez, de 11 años, ni sus hermanos lo habían hecho. Hasta marzo, cuando la escuela cerró, Andrés pasaba allí casi todas sus mañanas y aprendía a hablar, leer y escribir español —su lengua materna es el tzotzil—. A la salida, se unía a su padre en la mina de ámbar durante unas horas.

Ahora, desde la mañana trabaja en el interior de un túnel oscuro excavado a mano y que carece de soportes o medidas de seguridad. El repique constante del cincel sobre la piedra retumba en el agujero de poco más de un metro de alto donde busca ámbar de rodillas, martillo en mano, linterna anudada a la frente y el sudor cayéndole por la espalda. Agazapado sobre los restos de roca que desgaja, cada golpe va seguido por un jadeo silencioso.

La esperanza es encontrar un trozo de ámbar que acabará convertido en una pieza de joyería. Si es del tamaño de una moneda, le pueden dar entre uno y cinco dólares. Si la bola de la cotizada resina es grande, puede solucionar la vida de la familia un tiempo.
Andrés podría aprovechar el aprendizaje en línea o televisado, pero como muchos otros, no tiene acceso a computadora o televisión: en su casa de dos cuartos con algunas paredes de madera, la única tecnología es un viejo aparato de música con unos altavoces.

“Si el papá va a milpa, va a cafetal, va a la mina, el niño no va quedar en casa sin hacer nada”, señala Hernández. “Para ellos, sentarse a ver la televisión, si la tienen, es como perder el tiempo”.
Hay siete niños en la familia de Andrés, cuatro en edad escolar. Su hermana de ocho años ayuda a su madre embarazada a lavar ropa y cocinar; Andrés y un hermano mayor trabajan en la mina con su padre.

Los mineros pagan un alquiler mensual al dueño de las tierras para excavar en busca de ámbar, y deben pagarlo tanto si encuentran como si no. Cuando Andrés no está en la mina, ayuda a un tío con el ganado, corta leña y quita maleza. En su tiempo libre vuelve a ser el niño que es, juega a las canicas y ríe.
La ley mexicana prohíbe que los menores de 14 años trabajen. Los de menos de 16 no pueden realizar trabajos peligrosos o insalubres. Pero los niños suelen trabajar después de las clases para ayudar a sus familias a salir adelante.
Las autoridades educativas mexicanas indicaron recientemente que las inscripciones para el nuevo año escolar habían bajado alrededor del 10%, pero los maestros advierten que muchos estudiantes se inscriben por costumbre, aunque no participen.

“El trabajo infantil se convierte en un mecanismo de supervivencia para muchas familias”, dice Astrid Hollander, directora de educación de UNICEF México.
Los gobiernos aún analizan cuántos estudiantes han abandonado sus sistemas escolares, pero con el cierre de las aulas, que afecta a casi 1.500 millones de niños en todo el mundo, UNICEF calcula que pueden ser millones.
Los expertos dicen que es menos probable que los niños regresen a la escuela cuanto más tiempo estén suspendidas las clases presenciales. Las repercusiones, especialmente para quienes ya están rezagados, pueden ser menores oportunidades laborales de por vida, menos ingresos potenciales y una mayor probabilidad de pobreza y embarazo precoz.
“Las repercusiones podrían percibirse en las economías y sociedades a lo largo de las próximas décadas”, advirtió en agosto Henrietta Fore, directora ejecutiva de UNICEF, la agencia para la infancia de la ONU. Para al menos 463 millones de niños, cuyas escuelas cerraron, no hay posibilidad de aprendizaje a distancia.
Es, dijo, una “emergencia educativa global”.

La misma semana que UNICEF estimó el impacto de la pandemia en los menores, en México inició un nuevo año escolar para casi 30 millones de niños. En lugares remotos donde el aprendizaje a distancia no es factible, los maestros entregan cuadernillos trabajo en los pueblos que unas semanas después pasan a buscar.




Los ladrillos de tierra oscura producidos en las rústicas fábricas de ladrillos de la pequeña ciudad de Tobatí, a 70 kilómetros (43 millas) de Asunción, se utilizan para construir edificios en todo Paraguay. Grandes hornos abiertos hechos de esos mismos ladrillos de barro se encuentran al lado de casi todas las casas; fila tras fila de ladrillos idénticos se secan al aire libre.

Con la ayuda de su hijo de 10 años, Hugo Godoy palea montículos de arcilla y tierra arenosa, preparándose para hacer los ladrillos del día siguiente.
Mientras se apoya en su pala, su hijo se aleja para sentarse con dos infantes junto a la casa: los nietos de Godoy. Su hijo hace más que ayudar en casa: desde que las escuelas dejaron de operar en marzo, Godoy también lo ha enviado a trabajar en una fábrica cercana más grande.

Otro de los hijos de Godoy, quien tiene 15 años, trabaja de tiempo completo en la misma fábrica y gana alrededor de 10 dólares al día cargando ladrillos en camiones altos. Antes de la pandemia trabajaba solo tiempo parcial. “Yo a los más grandes no les hago trabajar acá en casa: vayan por ahí a buscar algo para salvar nuestra situación, les digo”, dijo Godoy.
En Paraguay, los niños de 12 a 14 años solo pueden realizar “tareas ligeras” en las empresas familiares, mientras que los adolescentes de 15 a 17 pueden tener empleos que no figuren en la lista de las 26 “peores formas de trabajo infantil”, siempre que no interfieran con su educación escolar.

Los miembros de las familias de ladrilleros dijeron que el cierre de las escuelas —programado para durar al menos hasta diciembre— ha llevado a muchos niños y adolescentes a trabajar más horas. Y estos horarios nuevos han dificultado que realicen su trabajo escolar virtual.
Un día, Godoy descubrió que su hijo no había hecho sus exámenes. “Entonces le dije que me avise cuando tenga exámenes para no ir a trabajar esos días. Como sea, superaremos y arreglaremos, le dije”.

El gobierno de Paraguay estableció aulas virtuales para el aprendizaje a distancia, pero las familias mencionaron varios costos asociados que incluyen planes de datos de telefonía celular al igual que costos de impresión y copiado de los trabajos escolares de sus hijos. Un informe de UNICEF dijo que 22% de los estudiantes participaba en los salones de clases virtuales, mientras que el 52% trataba de mantenerse al día con las tareas a través de WhatsApp.
“Conozco muchos casos de jóvenes de 15 años a quienes les va bien en el colegio, pero no pueden sostener por los gastos”, dijo Godoy. “Dejan los estudios y ya se ponen a trabajar”.


Fotos / Información: AP.


