
La épica de Nadal se construyó en París, pero se extendió por todo el mundo. El de Manacor dio un golpe sobre la mesa del circuito de la ATP en la Copa Davis (esa en la que espera retirarse) cuando tenía tan solo 17 años. Fue de rebote, gracias a las ausencias de Juan Carlos Ferrero y Carlos Moyá. Deslumbró a todos con su tenis, pero fue un año después, en la capital francesa, donde comenzó a construirse una leyenda. A partir de ese momento, su épica y palmarés se dispararon. Rafa pasó de ser un nombre desconocido a uno de los rivales más temidos, en especial, en los Grand Slams, donde tenía unos datos intratables.
Corría el año 2005. Rafa tenía tan solo 19 años y desembarcaba en Francia para disputar Roland Garros. El 23 de mayo de ese año, disputó su primer partido ante Lars Burgsmuller. Malisse, Gasquet, Grosjean fueron sus rivales iniciales. En cuartos se midió contra David Ferrer, al que aplastó con un sólido 3-0. En la semifinal consiguió superar a la entonces leyenda del momento Roger Federer para meterse en la final. Allí le esperaba el argentino Mariano Puerta. El de Manacor, tras un sobresaliente torneo, cayó en el primer set, pero fue capaz de sobreponerse a las circunstancias (y convertir en esa sangre fría y esa cabeza en una de sus mejores armas). Dio la vuelta al partido para conquistar su primer título de Grand Slam, Roland Garros. Y para tirarse con los brazos abiertos sobre la tierra batida de París, una celebración que repetiría en muchas otras pistas, pero sobre todo en esa misma, la Philippe Chatrier.
En 2006, 2007 y 2008, el torneo parisino volvería a ser suyo, tras vencer en la final los tres años consecutivos a Federer. Ese mismo año volvería a vencer al serbio en la final de Wimbledon para levantar por primera vez el título inglés. En 2009, ya como número uno del mundo, conquistó le Open Australia, otra vez ante Roger. Al año siguiente levantó el título de Roland Garros, Wimbledon y US Open. Nadie quería enfrentarse ya Rafa porque eso significaba perder.
Cruzarse en el camino con una apisonadora, como era entonces el de Manacor, era una de las peores cosas que les podía pasar a los tenistas en el cuadro. Nadal estaba intratable, había conseguido ganarlo prácticamente todo ese año. Una dinámica que siguió prolongándose durante los siguientes años, mientras luchaba contra las lesiones que no dejaban de lastrar su carrera. En 2011, conquistó Roland Garros de nuevo. Hazaña que volvería a conseguir al año siguiente y al siguiente, aunque ese año también ganó el US Open.

En 2014, levantó su quinto trofeo de Roland Garros consecutivo, una gesta que nadie hasta entonces había logrado. Tras ello, la leyenda de los Grand Slams, en general, y en el rey de París, en particular, tuvo dos años de sequía en lo que a los grandes se refiere, dado que no dejó de levantar otros títulos. En 2017, encaraba el circuito con todo para llevarse la copa parisina y el US Open. En 2018 y 2019, París le volvía a ver tirarse a la tierra de la Philippe Chatrier. En ese último año, también levantó el US Open.
En 2020, con la pandemia por medio y las medidas que ello conllevaba, levantó Roland Garros. Dos años más tarde, el de Manacor conquistaría su último título de Grand Slam. Comenzó el año levantando el Open de Australia y meses más tarde haría lo mismo con Roland Garros. Era algo fuera de toda lógica. Un Rafa Nadal para 14 Roland Garros. 14 Roland Garros para un Rafa Nadal. Era su torneo por excelencia, ese que propulsó su carrera y elevó al tenista a la leyenda que hoy es. Tras 22 grandes a sus espaldas, los datos de Rafa hablan por sí solos, pero si se miran las estadísticas asustan aún más.
Las estadísticas de Rafa
Lo que Rafa tenía con los Grand Slams, en especial, con el de París, solo se puede resumir con dos datos: 22 títulos y 96,6% de victorias. Unos datos que hacían del español la pieza más temida del tablero cada vez que llegaba a un torneo de tales magnitudes. Incluso Roger Federer, hasta la llegada de Rafa, era dueño y señor del circuito de la ATP y se tuvo que rendir al de Manacor. Era imposible no hacerlo.
Lo de Rafa en los Grand Slams comenzaba mucho antes de saltar a la pista. Allí, en el túnel de vestuarios, el español comenzaba con sus entrenamientos mientras sus rivales se mantenían quietos esperando a entrar en la pista. Tras ello, pasaba al semblante serio, botellas milimétricamente colocadas y llegar a su sitio sin pisar una sola línea para comenzar el entrenamiento. Este meticuloso ritual fue el que le ayudó a levantar los 22 grandes, incluso en partidos donde todos daban por perdido a Nadal, como la final de 2008 de Wimbledon ante Federer. Es en esos momentos en los que la sangre fría y la cabeza de Rafa entran en escena. Es por esas cosas que tiene la mejor estadística de victorias en un Grand Slam, porque en las ocasiones especiales, en los momentos difíciles o imposibles, no se deja llevar por las emociones.
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