
Érase una vez un ingeniero italiano que, en una visita a su pueblo natal hace casi cien años, observó a su madre y otras mujeres lavar la ropa. Para ello, utilizaban un caldero lleno de agua que ponían a hervir, y cuando esta entraba en ebullición, el agua ascendía por un tubo y caía sobre la colada, donde se mezclaba con jabón. Ese ingeniero se llamaba Alfonso Bialetti, y cuando vio todo aquello, en vez de seguir su camino, se hizo una pregunta: “¿Y si esto sirviera para algo más?“. Dos años después presentaría la Moka Express, más conocida como la cafetera italiana, convertida a día de hoy en un símbolo cultural del país y en un habitual de casi todas las cocinas del mundo.
El hecho de que historias como las de Bialetti nos resulten tan entretenidas como inspiradoras es porque, en cierto modo, nos hablan de personas inspiradas. Así, y tal y como explica Iván Fernández Amil, el hecho de que este tipo de relatos logren fascinarnos tiene, además, una explicación biológica y emocional. “Cuando escuchas una historia se activan unas partes en el cerebro que te hacen sentir como si lo estuvieras viviendo directamente”.
Como Bialetti, Iván es ingeniero, solo que él prefiere definirse como un “contador de historias”. A esto lleva dedicándose durante años, tanto en medios de comunicación como en empresas, en eso que también conocemos por el nombre de storytelling, y que encuentra su mejor ejemplo en su nuevo libro, Innovadores. 50 historias que hicieron historia (Ediciones B): un compendio de historias fascinantes que explora el funcionamiento de toda una serie de mentes brillantes y los eventos inesperados que han transformado el mundo.

Hay que empezar por el principio
Desde pequeño, Iván Fernández Amil se sentía fascinado por las historias. “No las grandes historias, sino las pequeñitas, las que no suelen contarse, las que ocurren en los márgenes”, relata en una entrevista con Infobae España. Con el tiempo, se acabó dando cuenta de que lo que mueve a las personas –el amor, el terror, el miedo– está íntimamente unido al modo en que las historias logran impactarnos. Steve Jobs, quizá una de las personas que mejor entendió y dominó este rasgo de la humanidad, lo ejemplificó a la perfección en muchas ocasiones. Por ejemplo, al presentar el Iphone, le bastaron cinco palabras para captar la atención de todo el público y del mundo entero: “Hoy vamos a hacer historia”.
"Lo primero que pienso cuando veo una historia que puede ser interesante contar es cómo la empiezo“, reflexiona Iván. Aunque, en realidad, no es solo cuestión de técnica: a veces es necesario buscar otras perspectivas o enfocar la narración desde el punto de vista de los clientes o de personas cercanas al relato principal. El resultado de sus experiencias como storyteller llega ahora en forma de un libro al que le bastan unas pocas páginas para contagiar esa misma fuerza innovadora que, tanto en las historias como en la vida, definimos como ir más allá.
Sin miedo al error
Para Iván, la innovación no se trata de proezas épicas ni de inventores idealizados. De hecho, reivindica que en las historias de innovación predominan el fracaso y los obstáculos. “Aquí hay fracaso en potencia, hay ideas rechazadas, hay decisiones tomadas en soledad de personas que no tienen nada más que una intuición y que decidieron intentarlo”, enfatiza. A veces por tratarse de retos complicados, de temas incomprendidos o por encontrar en el camino personas que buscan imponer un punto de vista único. Y, sin embargo, concluye: “Si no existiera la innovación, no estaríamos aquí hablando tú y yo, no existiría absolutamente nada de lo que tenemos hoy”.
Al repasar las historias recogidas en su libro, Fernández Amil se fija más en aquellas donde, más allá de la dificultad del reto, existe también otro componente: el ser consciente de que el bien que estás desarrollando o acaba de desarrollar pueden suponer un cambio decisivo en la vida de muchas personas. En esa línea, destaca por ejemplo la historia de los científicos que, una vez lograron desarrollar la insulina, decidieron vender la patente a la universidad de Canadá a cambio de un solo dólar. “Esa historia me parece maravillosa, más una historia de filantropía que hoy en día creo que sería imposible que ocurriera”.
El sector empresarial, clave en el mundo de la innovación
Las historias de Innovadores dejan algo claro: lo más frecuente es que, para lograr que el mundo avance, se necesite dinero. “La innovación requiere de grandes inversiones”, resume el autor. Por eso, aunque a veces pensemos que el bien común deba prevalecer, lo cierto es que en el camino del progreso es complejo y en él se cruzan muchas veces los intereses de quienes más han apostado para alcanzar un hito. Esta realidad hace que, si bien hay inventos o descubrimientos que deberían ser gratuitos inmediatamente, no se pueden obviar los costes de producción ni de comercialización.
Innovadores es, de este modo, un libro en el que inevitablemente aparecen continuamente las empresas. La figura de los dirigentes de este tipo de entidades muchas veces se suele ver desde una óptica negativa, en la que solo la búsqueda del beneficio parece lo importante. Sin embargo, para Iván el libro muestra “hasta qué punto las empresas realmente han ido cambiando el mundo y mejorando la vida de muchísimas personas a lo largo de la historia”. Al mismo tiempo, evidencia las diferencias entre aquellas entidades que deciden arriesgarse y aquellas que pecan de dejarse arrastrar por el miedo al fracaso. “Aquí en España somos muy de ‘me he equivocado, me van a despedir’, porque somos así”, apunta. En entornos anglosajones, en cambio, empresas como Google han desarrollado departamentos específicos para detectar fallos y recompensan a los empleados que los encuentran, lo que reduce el riesgo de que esos errores lleguen al cliente final.

Una forma de mirar al mundo sin miedo a equivocarse
Equivocarse es parte esencial del aprendizaje y de la innovación. “Es bueno que te equivoques, porque así esto no se volverá a repetir”, sostiene. De este modo, “el miedo al error es algo que deberíamos de cambiar totalmente”, puesto que “cuando te equivocas, no está fracasando, sino que realmente has encontrado otra manera en la que no se pueden hacer las cosas”. En esa línea, hay que vincular a la curiosidad la necesidad y la capacidad de superar cualquier adversidad. “La necesidad y la curiosidad son motores, pero también el saber sobreponerse a los fracasos lo es”. Ser innovador implica atreverse a pensar y actuar sin ceder ante la presión social o las posibles críticas. “Si quieres ser innovador tienes que pensar distinto a como lo hacen los demás”, defiende Iván.
Otro miedo que del que hay que desprenderse en el camino es el de no conseguir lograr los objetivos. Él mismo ha experimentado muchas veces el deseo de tirar la toalla e incluso lo ha hecho, si bien advierte de que hay diferentes formas de abandonar un proyecto. “Hay que rendirse y decir ‘esto no funciona, vamos a reinventarlo’”. En su caso, por ejemplo, ha habido momentos en su trayectoria profesional en los que, pese a tener que empezar de cero, ha comprendido a la perfección que “lo importante no es rendirte, no es caerte, lo importante es volver a levantarte y saber cómo levantarte después”.
Tanto en los demás como en uno mismo, cada descubrimiento es una oportunidad de aprender y, a veces, una sorpresa. Innovadores, de este modo, es también un proyecto que impulsa a quien lo lee a creer en el poder de las ideas que, paso a paso, se abren camino y dejan huella. “La innovación no es un privilegio de unos pocos, sino una forma de mirar el mundo”.
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