Solemos pensar que, cuando alguien nos hace daño, es porque es una mala persona. Hemos crecido con la idea dicotómica de que quienes son buenos siempre hacen cosas buenas o tienen las estrategias suficientes para no hacer daño nunca a los demás, mientras que el dolor solamente puede venir por parte de alguien que tiene intención verdadera de infringirlo.
Sin embargo, la vida y las relaciones interpersonales son mucho más complejas que eso. No se puede evitar siempre hacer daño a los demás, por mucho que las intenciones sean buenas o se camine por la vida intentando siempre favorecer al prójimo. De la misma manera, que no se puede etiquetar definitivamente a una persona como “mala” cuando provoca un daño.
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Ya sea por error, sin intención o porque no se cuenta con las estrategias emocionales necesarias, se puede causar dolor en los demás pese a que la relación que exista no sea dañina. No todo es blanco o negro, por lo que las etiquetas tampoco deberían serlo.
Sobre esta cuestión ahonda la neuropsicóloga Marta Jiménez (@martajimenezpsicologia): “Me costó mucho entender esto, pero ahora me parece clave. La gente buena también puede hacerte daño. No todo daño viene de malas personas”.
“Querer y respetar no es lo mismo”
Tal y como señala la experta, a veces este dolor puede venir por las acciones de personas “que te quieren, que tienen buena intención, pero que no saben querer, no quieren aprender o están demasiado heridas para hacerlo bien”. Una mala experiencia pasada o una vida marcada por la incapacidad de demostrar los sentimientos de una forma “correcta” puede llevar a estas situaciones.
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Tomar conciencia de estos procesos resulta “duro”, según explica Jiménez, porque supone eliminar de la mente “el cuento fácil de ‘el malo y el bueno’”, la dicotomía de que las personas buenas hacen cosas buenas y las malas, cosas malas.
Esto “te obliga a aceptar una realidad más compleja, que puedes querer a alguien y a la vez reconocer que no te conviene, que el cariño no excusa el daño y que a veces la decisión más sana es alejarte de alguien aunque te siga importando”.
La experta señala que, aunque detrás de estos actos dañinos no haya una mala intención, cuando se repiten en el tiempo, la persona que los recibe también puede tomar la decisión de alejarse, pues la falta de intencionalidad no elimina el dolor. “Querer y respetar no es lo mismo, y donde no hay respeto, el cariño no compensa”.
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Así, pese a que detrás de estas acciones pueda esconderse una incapacidad de querer bien, una falta de cambio por la dificultad que supone eliminar ciertos comportamientos o una trayectoria marcada por el propio dolor, el daño sigue estando ahí. Las acciones, tal y como señala Jiménez, tienen consecuencias, y cuando no se cambian o no se quieren cambiar, por mucho que la persona sea buena, se corre el riesgo de que el otro termine marchándose pese al cariño y el afecto que existe en la relación.
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