Un nuevo estudio realizado por el Instituto de Diagnóstico Ambiental y Estudios del Agua (IDAEA-CSIC) confirma que los envases plásticos y tuppers domésticos transfieren compuestos químicos directamente al pescado almacenado en condiciones habituales de nevera y congelador. Este hallazgo demuestra que la migración de sustancias no es un fenómeno limitado al proceso industrial o a la manipulación previa a la compra, sino que se mantiene y se incrementa también durante el almacenamiento en el hogar.
La investigación, publicada en Environment International, ha analizado por primera vez la transferencia de aditivos plásticos en situaciones reales, es decir, tal como ocurre cuando los consumidores guardan pescado fresco en la nevera o lo congelan en casa. Los resultados muestran que, con el paso de los días o semanas, la presencia de estos compuestos en el pescado aumenta, lo que implica una exposición adicional para quienes consumen estos productos de manera habitual.
El equipo trabajó con pescados de consumo masivo, salmón, atún y merluza, y con envases ampliamente utilizados: bandejas de poliestireno, bandejas compostables, films y bolsas de congelación. Los experimentos se llevaron a cabo tanto en refrigeración (+4 ºC durante 48 horas) como en congelación (-18 ºC durante 30 días), reproduciendo las prácticas domésticas más frecuentes.
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Compuestos concretos y sus tasas de transferencia
El estudio identificó la migración de cuatro familias principales de aditivos plásticos: ftalatos, ésteres organofosforados, bisfenoles y plastificantes alternativos a los ftalatos. Estos compuestos se utilizan para dotar a los plásticos de flexibilidad, resistencia y estabilidad, pero pueden pasar al alimento tras un contacto prolongado.
Los resultados revelan que la migración depende tanto del tipo de compuesto como de las características del pescado y del envase. Por ejemplo, los compuestos más solubles en grasa migran más fácilmente a pescados grasos como el salmón, mientras que algunas variantes de bisfenoles presentan mayor transferencia hacia especies con alto contenido de agua, como la merluza.
Se observaron tasas de migración especialmente elevadas: hasta el 100 % en el caso de algunos bisfenoles y valores superiores al 95 % para ciertos plastificantes alternativos, como el di(2-etilhexil) adipato (DEHA) en salmón. El tiempo de almacenamiento resultó clave, ya que a mayor duración del contacto, mayor fue la cantidad de aditivos detectados en el pescado.
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El análisis de los 49 contaminantes estudiados mostró que todos los envases evaluados, incluidas las bandejas compostables y las bolsas de congelación, permitieron la transferencia de al menos algunos de estos compuestos. El bisfenol A, en particular, se identificó como el responsable de casi todo el riesgo calculado para el consumidor.
Riesgos para la salud y nuevas regulaciones
Para evaluar el impacto sobre la salud, las investigadoras cruzaron los datos de concentración de cada aditivo presente en el pescado con cifras oficiales de consumo en España, diferenciando entre adultos, niños y bebés, y calcularon la ingesta diaria estimada por kilogramo de peso corporal. Posteriormente, compararon estos valores con los límites de referencia establecidos por organismos internacionales, especialmente la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA), que en 2023 redujo drásticamente el umbral considerado seguro para el bisfenol A.
Las conclusiones indican que el pescado almacenado en envases plásticos presenta niveles de exposición significativamente superiores al pescado recién comprado. En cerca de la mitad de los escenarios analizados, se superó el umbral de riesgo, sobre todo en el caso de la merluza congelada durante 30 días en bandeja compostable. El principal factor de riesgo fue la presencia de bisfenol A, mientras que la contribución de otros contaminantes resultó mínima en comparación.
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El estudio subraya que la exposición total a estos compuestos no se limita al pescado, ya que también se produce a través de otros alimentos, la inhalación y el contacto dérmico. Ante estos resultados, la Unión Europea aprobó en 2024 una regulación para restringir progresivamente el uso de bisfenoles en materiales en contacto con alimentos, con entrada en vigor en enero de 2025 y un período de transición de treinta y seis meses.
Las autoras del trabajo insisten en la necesidad de seguir sustituyendo estos compuestos por alternativas más seguras y de obtener datos toxicológicos suficientes sobre los nuevos aditivos que llegan al mercado, para poder evaluar su impacto real en la salud de los consumidores.