El portavoz de ERC en el Congreso, Gabriel Rufián, aprovechó el acto celebrado este miércoles en la Sala Galileo Galilei de Madrid para hacer algo más que defender su propuesta de candidaturas conjuntas por circunscripción. En un momento de fragmentación abierta en el espacio a la izquierda del PSOE, Rufián dedicó una parte sustancial de su intervención a reivindicar a Podemos como actor “imprescindible” y a lanzar un mensaje directo a su dirección: la unidad estratégica exige rebajar el tono interno y asumir que el llamado “malmenorismo” forma parte de la política real cuando el adversario es la ultraderecha.
Podemos no envió representantes al acto y se ha desmarcado tanto de la iniciativa personal de Rufián como de la nueva propuesta de confluencia que varias fuerzas del espacio progresista prevén presentar este sábado. La formación que lidera Ione Belarra mantiene su ruptura con Sumar y ha optado por marcar perfil propio tras abandonar el grupo parlamentario conjunto en el Congreso. Ese es el contexto en el que deben leerse las palabras del dirigente republicano.
Rufián no se limitó a una mención protocolaria. “Han sido, son y serán imprescindibles”, afirmó sobre Podemos. Fue más allá: definió al exvicepresidente Pablo Iglesias como “el mejor político de esta generación”, calificó a la eurodiputada Irene Montero como “una fuerza de la naturaleza” y describió a Belarra como “maravillosa”. En un ecosistema donde los reproches cruzados han sido frecuentes en los últimos dos años, el tono destacó por su voluntad de reconocimiento.
Desde la ruptura formal entre Podemos y el espacio articulado en torno a Sumar, las relaciones han estado marcadas por la desconfianza. Podemos ha acusado a otras fuerzas de asumir una lógica de “mal menor” frente al PSOE y de diluir su perfil transformador; desde el otro lado se ha reprochado a la formación morada una estrategia de confrontación permanente que dificulta acuerdos amplios. Rufián, sin mencionarlo expresamente, entró en ese terreno.
“Yo reivindico el malmenorismo frente al fascismo, y tanto que sí”, afirmó. La frase, pronunciada con voluntad provocadora, buscaba invertir una etiqueta que en determinados sectores de la izquierda funciona como reproche ideológico. Para el portavoz republicano, la disyuntiva no es entre pureza y traición, sino entre capacidad de influencia o irrelevancia cuando la alternativa es un Ejecutivo con presencia determinante de Vox.
El mensaje implícito era claro: si el objetivo es evitar un Gobierno de derechas, la izquierda no puede permitirse convertir las diferencias tácticas en vetos estratégicos.
El trasfondo de la ruptura con Sumar
La intervención de Rufián se produce cuando varias fuerzas —Movimiento Sumar, Más Madrid, Comunes e Izquierda Unida— trabajan en una nueva articulación conjunta de cara a futuras citas electorales. Podemos ha decidido no participar en esa iniciativa. La ruptura entre ambas partes, escenificada hace meses con la salida de los diputados morados del grupo parlamentario de Sumar, dejó una fractura que no ha terminado de cerrarse.
En ese escenario, la propuesta de Rufián de candidaturas unitarias por circunscripción adquiere otra dimensión. No se trata solo de una discusión técnica sobre el sistema electoral, sino de la posibilidad de integrar a quienes hoy están fuera del esquema de alianzas en construcción. El dirigente de ERC lo formuló de manera directa: “Yo les quiero en esto”. Al mismo tiempo, pidió que se abandonen descalificaciones como “malmenoristas” o “pagafantistas” y rechazó la tendencia a repartir “carnés de pureza” en el espacio progresista.
Podemos formó parte del Ejecutivo y asumió decisiones que, en su momento, también fueron interpretadas por algunos sectores como concesiones o compromisos. Rufián apeló precisamente a esa memoria: cuando se acusa a otros de optar por el mal menor, conviene recordar las propias responsabilidades de gobierno.
Entre la aritmética y el liderazgo
Más allá de los elogios personales, el movimiento de Rufián tiene una lógica aritmética. Su insistencia en que la izquierda debe actuar “provincia a provincia, escaño a escaño” parte de un diagnóstico compartido por muchos analistas: la fragmentación penaliza en circunscripciones pequeñas y medianas, donde el último diputado se decide por márgenes estrechos. Dejar fuera a Podemos de una eventual candidatura amplia implica asumir el riesgo de dividir el voto en territorios donde cada décima cuenta.
Asimismo, Podemos conserva una base militante y un capital político acumulado desde su irrupción en 2014 que, aunque erosionado, sigue teniendo capacidad de movilización. Presentarlo como “imprescindible” es una forma de reconocer ese peso y de enviar un mensaje a sus votantes: la puerta no está cerrada.
Al mismo tiempo, el movimiento coloca presión sobre el resto de actores del espacio progresista. Si la hipótesis de una candidatura conjunta sin Podemos prospera, la pregunta será si esa alianza puede sostenerse sin una parte relevante del electorado que en su día impulsó a la formación nacida al calor de las protestas de 2011 y que años después hizo posible su entrada en el Gobierno de coalición.
Rufián no habló en nombre formal de ERC, ni su propuesta cuenta con el respaldo explícito de todos los partidos llamados a integrarse en una eventual confluencia. Pero su intervención introduce un elemento incómodo en el debate: la dificultad de construir un frente amplio dejando fuera a uno de los actores que, para bien o para mal, ha marcado la última década de la política española.
La incógnita ahora es si el gesto será interpretado en Podemos como una invitación sincera a recomponer puentes o como un intento de arrastrarles a una estrategia ajena.