Silvia Severino, psicóloga: “No todas las amistades son para siempre, y eso también está bien”

La experta señala que este tipo de relaciones, cuando terminan, no deben entenderse como un fracaso, si no como un proceso natural de la vida

Las relaciones de amistad pueden resentirse con el tiempo, especialmente cuando cada persona toma un camino distinto. (Freepik)

Hay relaciones que se desvanecen en silencio, sin conflictos sonados o traiciones. Simplemente, un día, el vínculo deja de estar: la conversación se enfría, los mensajes se espacian y la presencia del otro pasa de cotidiana a anecdótica. Y aunque nadie lo diga en voz alta, algo se ha roto, o quizá solo se ha transformado.

La amistad, a diferencia del amor romántico o de los lazos familiares, suele construirse sin contratos explícitos. No promete eternidad ni estabilidad, pero sí cercanía, complicidad y acompañamiento. Por eso, cuando termina, cuesta ponerle nombre.

Durante mucho tiempo, el imaginario colectivo ha sostenido la idea de que las amistades verdaderas deben ser para siempre; que, si no duran, es porque algo salió mal. Sin embargo, la experiencia cotidiana demuestra otra cosa: muchas amistades terminan. Algunas lo hacen tras un conflicto; otras, de forma mucho más silenciosa, por un alejamiento progresivo que nadie sabe muy bien cuándo empezó.

Read more!
Algunas amistades cumplen la función de acompañar durante una etapa vital. (Freepik)

La psicóloga Silvia Severino invita a mirar estos finales desde un lugar menos culpabilizador y más realista. “No todas las amistades son para siempre y eso también está bien”, explica en uno de sus vídeos de TikTok (@silviaseverinopsico). La frase cuestiona una expectativa profundamente arraigada: la de la permanencia como medida del éxito de un vínculo.

Dejar ir como forma de autocuidado

En su análisis, Severino subraya que no todas las rupturas amistosas responden a dinámicas dañinas o a grandes enfrentamientos. “Algunas amistades no terminan ni por toxicidad ni por peleas, terminan porque pertenecían a una etapa diferente de tu vida y eso ya cambió”. La amistad, como las personas, también está atravesada por el tiempo y por los contextos en los que nace.

La universidad, un trabajo concreto, una ciudad compartida o un momento vital determinado pueden ser el punto de unión de dos personas durante años. Sin embargo, cuando ese escenario desaparece, la relación puede resentirse. “Crecisteis distinto, tomasteis caminos diferentes o simplemente dejasteis de compartir lo mismo y eso no convierte en un error la relación”. No todo lo que acaba estaba destinado a durar indefinidamente, y eso no invalida el camino.

Uno de los grandes aprendizajes emocionales, señala la psicóloga, está en cómo se transitan esos finales. La cultura del conflicto nos ha enseñado que romper implica confrontar, reprochar o señalar. Sin embargo, Severino propone otra idea: “La verdadera madurez no está en pelearse, está en saber soltar sin rencor, honrar lo que fue, agradecer lo que aportó y guardarlo como algo valioso, no como un fracaso”.

Algunas actitudes que tenemos, pueden ser señales de lo que somos según los psicólogos

Aceptar que una amistad ha cumplido su función no implica restarle importancia. Al contrario, supone reconocer que ese vínculo fue significativo en su momento, que dejó huella y que contribuyó a la persona que somos hoy. Convertir cada despedida en una batalla solo añade dolor innecesario a algo que, en esencia, puede ser natural.

Además, aferrarse a relaciones que ya no encajan puede generar más desgaste que bienestar. Mantener la cercanía por inercia, por miedo a la pérdida o por culpa no siempre es un acto de lealtad. En palabras de Severino, “a veces dejar ir también es una forma de cuidar”, tanto al otro como a uno mismo.

Read more!