
Los estudios respecto al impacto de la pandemia del virus de la COVID-19 ya comienzan a ver la luz. Muchos de ellos solo vienen a confirmar lo que sospechábamos y lo que muchos han experimentado en primera persona: el daño a la memoria. El estudio PROTECT, una investigación sobre el envejecimiento puesta en marcha en el Reino Unido, ha comprobado que la pandemia se vincula a una caída del 50% en la memoria de las personas mayores.
Especialmente durante el primer año del coronavirus, la memoria de trabajo y la función ejecutiva de las personas acabó especialmente perjudicada, ya que otras afecciones que ya sufrían antes de la pandemia como la demencia se acentuaron. El estilo de vida más insano (aumentó el consumo de alcohol, se llevó una vida más sedentaria...) también agravó el problema. Esta tendencia persistió durante el segundo año pese a que se relajaron las restricciones sociales.
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Lo que esta investigación pone de relieve es la importancia de poner el foco en las personas de mayor riesgo durante eventos tan traumáticos como lo fue la pandemia de 2020. La falta de actividad física y mental, el aislamiento social y el miedo crearon el caldo de cultivo perfecto para acelerar la demencia en personas que ya la padecían u originarla en aquellas que se encontraban perfectamente sanas.
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¿Por qué la pandemia perjudicó a la memoria de los mayores?
La memoria está estrechamente relacionada con la demencia, puesto que esta interfiere en la capacidad de las células cerebrales de comunicarse entre ellas y daña nuestra habilidad para recordar o pensar. Unos fuertes cambios del entorno pueden agravar la situación, entre otros:
- Aumento del estrés. El bombardeo diario de noticias eminentemente negativas generó en las personas mayores (a su vez, el grupo de mayor riesgo) un profundo miedo a la muerte. El estrés vivido aceleró la progresión de enfermedades neurodegenerativas.
- Falta de estimulación. La estimulación física y mental frenan el declive cognitivo y la pérdida de memoria, además de reducir comportamientos de demencia como deambular, actitudes agresivas y la inquietud. Ese aislamiento social y el sedentarismo (más tiempo viendo la televisión, durmiendo la siesta...) apenas estimularon el cerebro.
- Deterioro de la comunicación. Las personas mayores pueden tener problemas de comunicación verbal, cosa que se incrementó con el uso de las mascarillas, puesto que complicaban las interacciones no verbales además de dificultar el reconocimiento de las caras.
- Mayor riesgo de lesiones. La inactividad física deteriora los músculos y reduce la resistencia, que puede aumentar la probabilidad de sufrir caídas y lesiones más graves.
Para ejercitar la memoria, los neurólogos y demás expertos de la salud recomiendan llevar a cabo una serie de ejercicios para estimular nuestro cerebro. Por ejemplo, podemos desafiar a nuestra propia memoria intentando recordar la lista de la compra sin mirarla; jugar a juegos como ajedrez o sudokus que estimulan la actividad cerebral; leer novelas de ficción; y limitar el uso de la tecnología, porque podríamos caer en la distorsión y la distracción tecnológica.
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