
A las once y diez de la mañana entraba la Familia Real en el hemiciclo del Congreso de los Diputados, lo hacía por el vestíbulo de Isabel II. Con el acomodamiento de los invitados y parlamentarios dio comienzo la sesión con el himno de España. Entonces, tomó la palabra el letrado del Congreso de los Diputados para leer el acuerdo del Consejo de Ministros por el que el príncipe Felipe debía jurar la Constitución.
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Leído el acuerdo, tomó la palabra el presidente del Congreso, Gregorio Peces-Barba, que, a pesar de las presiones, logró que el máximo protagonismo de la jornada recayera sobre el heredero y el Congreso de los Diputados, es decir, sobre la institución que representa la soberanía nacional. “Las Cortes son el primer poder del Estado”, un poder que debía recoger un acto de tanta trascendencia como el cumplimiento del artículo 61 de la Constitución.
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El artículo 61.2 de la Constitución de 1978 establece que el príncipe heredero deberá jurar la Constitución y su lealtad al rey al cumplir la mayoría de edad: “El Príncipe heredero, al alcanzar la mayoría de edad, y el Regente o Regentes, al hacerse cargo de sus funciones, prestarán el mismo juramento (guardar y hacer guardar la Constitución), así como el de fidelidad al Rey”, expresa el texto.
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El presidente de la Cámara Baja, durante su intervención, reconoció el papel de la Monarquía parlamentaria, el de Juan Carlos I para impulsar la democracia y la figura de su padre, Juan de Borbón. “La monarquía se basa también en el esfuerzo y en el sacrificio del Conde de Barcelona, y en su conducta ejemplar en defensa de los valores de respeto al Imperio de la Ley y de la libertad individual durante muchos años”, subrayó.

A pesar de las críticas o de las posturas en contra de la institución por parte de la izquierda, Peces-Barba quiso dejar claro el apoyo sin fisuras de los socialistas a la jefatura del Estado: “Los hechos son los hechos”, expresó, al tiempo que enaltecía la “solidez democrática” de España y el “apoyo de todos a la Corona”.
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El Congreso: el máximo protagonista
Semanas antes de aquel 30 de enero de 1986, las posibilidades sobre como desarrollar uno de los actos más importantes para la monarquía constitucional eran demasiadas. Todos querían protagonismo, formar parte activamente de aquella jornada, cuestión que Peces-Barbas resolvió tajantemente.
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Las opciones, que los medios de la época planteaban, eran tres: la intervención del presidente del Congreso, del príncipe heredero y del Gobierno. Por otro lado, también se manejó la posibilidad de que solo intervinieran Peces-Barba y el Gobierno o, lo que finalmente ocurrió, que solo habló el presidente de la Cámara Baja.
Años después, en 1995, Gregorio Peces-Barba publicó ‘La Democracia en España’. En el libro rememoraba aquellos preparativos y reconocía su “disgusto” ante la gestión y las presiones que recibió desde Moncloa para que el Gobierno también interviniera durante la sesión.
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En diciembre se pusieron en contacto con él para trasladarle los planes de González: “Mi primera reacción fue de estupor, porque nunca pensé en esa posibilidad, y tengo que reconocer que no la tomé en serio, porque me parecía inverosímil”. Sin embargo, evitó crear polémica y ante los periodistas reconocía que todas las opciones estaban sobre la mesa, aunque finalmente optó por simplificar el acto al máximo.
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Para Peces-Barba, la insistencia en que por la importancia del acto era necesario que hablara González no era sino “una perversión del estado de partidos y de los excesos a los que estaba llegando la exaltación del liderazgo de Felipe González”. Solo de pensar en la posibilidad de una intervención de González, levantó ampollas entre la prensa conservadora y Alianza Popular. Se criticó la posibilidad y reclamaron, como contrapartida, que Manuel Fraga hiciera lo propio como líder de la oposición, algo que nunca estuvo sobre la mesa.
Por eso, finalmente, se optó por la idea inicial: protagonismo completo del Congreso, como representante de la soberanía nacional e intervención de su presidente.
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Collar de la Orden de Carlos III
Tras el final de la sesión en el Parlamento y antes de la recepción con más de 1.000 invitados, los actos continuaron en el Palacio Real de Madrid, donde González logró parte de su objetivo en aquella jornada: intervenir. Antes de la entrega del Collar de la Orden de Carlos III por parte de Juan Carlos I a su hijo, Felipe. González pudo pronunciar unas palabras.
La entrega de esta medalla real también se producirá 36 años después, cuando el martes 31 de octubre, después de jurar la Constitución, Leonor será reconocida con esta distinción.
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