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El efecto Pigmalión en el aula, o cómo la mirada del maestro influye en la conducta de los estudiantes

Según el mito griego, el amor del escultor por su obra hizo que la estatua cobrara vida. ¿Acaso este mito puede, de alguna manera, encontrar su correlato en lo que sucede dentro del aula?

Cómo afectan las expectativas del maestro en sus estudiantes

Según el mito griego, un escultor llamado Pigmalión se enamoró tanto de Galatea, una de sus obras, que llegó a entablar con ella una relación muy particular. El artista trataba a la escultura, no como lo que era, sino más bien como un ser humano. Para él, ella representaba a la mujer de sus sueños.

Dado el profundo sentimiento que el escultor demostraba por su obra, Afrodita apareció en escena y cual hada madrina hizo que Galatea se convirtiera en una mujer de carne y hueso y ¡vaya final feliz!

Más allá de los condimentos extraordinarios y sobrenaturales que son característicos de todo relato mítico, ¿qué aprendizajes nos deja esta historia? ¿Acaso este mito puede, de alguna manera, encontrar su correlato en lo que sucede dentro del aula?

Es probable que los lectores más escépticos y con un pensamiento más positivista estén considerando que se trata de un mito y que la información merece ser tratada como tal. Y, en verdad, es un muy buen punto. Pensaba lo mismo hasta que hace algunos años, durante mi incursión por Enseñá por Argentina, una fundación que trabaja por el acceso a una educación de calidad, me hablaron del Efecto Pigmalión en educación. Recordaba el mito aunque la expresión comenzó a resultarme algo paradójica. Un mito en un contexto específico, ¿un mito que deja de ser mito?

La expectativa y la gestión de las emociones (iStock)

Expectativa / realidad

En 1968, los investigadores Robert Rosenthal y Lenore Jacobson realizaron un experimento muy particular inspirados en la fábula protagonizada por Pigmalión, Galatea y Afrodita. Al iniciar el ciclo lectivo seleccionaron a un grupo de estudiantes y les informaron a sus docentes que habían obtenido los mejores resultados en una serie de pruebas de inteligencia que les habían administrado a la totalidad de la clase. Les anticiparon, además, que era muy probable que fueran esos estudiantes quienes mejores resultados académicos presenten durante el transcurso del año en detrimento del resto de la clase.

Así como Pigmalión estaba convencido de que Galatea no era una obra escultórica sino más bien una mujer de carne y hueso, pasó algo muy similar con los docentes. Estaban convencidos que el grupo de estudiantes señalados por los investigadores tendrían un mejor desempeño y que sus altas capacidades los harían sobresalir por sobre el resto de sus compañeros. Las altas expectativas creadas en relación con ellos era tal, que el vaticinio se terminó materializando. El rendimiento académico de los estudiantes que formaban parte del grupo señalado, efectivamente, fue sobresaliente.

Hasta esta instancia el experimento no parece revelar información inesperada, la ruta es lineal: algo previsible que termina por cumplirse. Pero hay un detalle más, el dato curioso es que los estudiantes señalados como destacados y sobresalientes nunca habían sido sometidos a evaluaciones respecto a su nivel de inteligencia (con toda la controversia que la expresión implica). Estos estudiantes, en verdad, fueron elegidos al azar por los investigadores. Pero entonces, ¿qué sucedió?

¿Cuánto confiamos en nuestros estudiantes? (istock)

Del mito al aula

Algunas de las conclusiones que se derivan de esta investigación sostienen que los estudiantes señalados con un rendimiento superior fueron tratados por sus docentes de forma diferente al resto de la clase. Las altas expectativas depositadas en ellos fueron vehiculizadas en los estilos comunicativos, en el contacto visual, las sonrisas, los elogios, los gestos. Con esta investigación se comprobó que tanto las expectativas positivas como las negativas influyen en la conducta de los estudiantes ya que éstos suelen comportarse acorde a lo que se espera de ellos.

Sea mito, sea realidad, resulta evidente la influencia y lo determinante que es nuestro rol como docentes no solo en la construcción de aprendizajes sino también en la conformación del autoconcepto académico. ¿Cuánto confiamos en nuestros estudiantes? ¿Les transmitimos que son capaces? Además de marcar el error de forma sistemática, ¿les señalamos aquello que sí hacen bien?

Del mito a la escuela, cuando la realidad supera a la ficción.

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