Alguien me preguntó hace poco si los relatos de Checkpoint eran un ajuste de cuentas. Yo creo que nunca lo había notado pero ahora que está terminado, veo que sí. Una de mis obsesiones en la vida es la verdad: no cerrar los ojos aunque lo que haya para ver sea horrible y no callar si el emperador está desnudo, aunque nadie se anime a pronunciarlo. No ceder a lo políticamente correcto del progresismo, por ejemplo. Hay mucho ajuste de cuentas contra el progresismo fácil en mis cuentos. Todos, todas tendemos a saborear versiones edulcoradas de las cosas y los que somos de izquierda no somos la excepción. Con esas versiones argentinas y generacionales ajusté cuentas en estos relatos. Y ahora que lo pienso, creo que mis novelas hacen cosas parecidas.

Hay pique. La boya en el río se está moviendo. Yo soy el río y la siento inquietarse. Me la activó cualquier cosa: una situación que estoy viviendo, un lugar que visito, un recuerdo, una imagen, la historia que me cuentan, un encargo profesional, incluso algo que ni siquiera nos acordamos haber vivido o leído y se nos aparece como idea propia pero no, alguna vez entendemos que estaba allí sepultado desde antes. Las situaciones en que nace un cuento son muy variadas pero es constante la sensación de que hay pique, de que si levanto la caña despacio voy a ir viendo aparecer lo que antes no existía y es valioso. No sólo para los cuentos, en general para toda mi narrativa. Stephen King lo llama buscar fósiles, otra metáfora que va a lo mismo. Lo importante es que crear no es inventar desde cero, se desentierra algo y se le permite contaminarse con la atmósfera, se lo deja ser y no se lo deja ser porque además se pule, se trabaja.

El problema es que a veces hay pique pero no hay posibilidad de pescar y la boya queda ahí, pidiendo en vano, postergada porque hay que hacer los trabajos para sobrevivir, que también me gustan pero me impiden entregarme a escribir literatura. Por eso la cocina de mi libro de cuentos Checkpoint duró años: fui usando huecos, robando tiempo a la docencia, a los artículos críticos y periodísticos, a los múltiples compromisos profesionales, esperando ansiosa el hueco para poner toda la concentración, la imaginación, el cuerpo, la emoción y la técnica al servicio de la historia que necesitaba contar. Recién después, con muchos relatos escritos, entendí que había hecho un libro.

Me lo avisó mi amigo Andrés Neuman; la mirada de un colega talentoso que además nos quiere tiene la combinación perfecta de distancia, cercanía (porque conoce el oficio) y generosidad. Y ahí vi que era cierto: no tenía una suma de cuentos aunque los había escrito en forma aislada: todo estaba recorrido por una idea central, la de un punto de llegada -real o simbólico- al que avanzan mis personajes, en el que deben someterse a la memoria, al juicio propio o ajeno, comprobar, descubrir quiénes son en realidad o que ya nunca van a ser los mismos. Un punto de chequeo en el que lo personal es político e histórico pero sigue siendo personal. Otra colega talentosa, Pía Bouzas, que sabe de escribir cuentos, había sugerido para uno de mis relatos el título “Checkpoint”. Todo este libro es una sucesión de checkpoints, pensé, y revisé y corregí en función de esa idea.

Por lo demás, cada relato nació de situaciones muy distintas. “Anteúltima cita” surgió porque Juan Diego Incardona y Santiago Llach me encargaron un cuento para una antología que salió hace años, Los días que vivimos en peligro. Había que tomar una fecha significativa del trágico devenir argentino, desde finales del siglo XX a ese 2009. El cuento tenía que transcurrir exactamente durante ese día.

“Fiesta en el praivat” fue otro encargo: me pidieron un cuento de ciencia-ficción para incluir en un libro de literatura de la secundaria. Lo que presenté les pareció poco políticamente correcto y me indicaron qué debía tachar para volverlo ñoño; yo no acepté: la literatura no se hizo para congraciarse con docentes cobardes y padres y madres idiotas, que harán ruido pero no son tantos: el cuento se publicó hace años también en la Revista La Nación y supe que se dio en muchas aulas.

“Lili en su bosque” fue otro encargo: me invitaron a unas Jornadas en la Universidad de Wisconsin sobre “Desobediencia Civil/Actos de resistencia”. Me pidieron que escribiera un cuento afín.

“Reunión con todos” es autobiográfico. Yo era estudiante del Profesorado Joaquín V González en un inolvidable día histórico de nefasta fiesta masiva, en Argentina. Cuento ese día de horror y de amistad, ese día checkpoint donde descubrí nuestra derrota.

“Los peligros de acudir a la cita” trabaja muy libremente con la compleja experiencia de las reuniones de egresados, uno de los checkpoints más intensos y peligrosos que conozco.

En cuanto al cuento largo final, “Pájaros muertos contra el vidrio” (mi pequeño homenaje al maestro Stephen King), lo gestó la visita turística a un extravagante hotel casino de la extraña ciudad de Petropolis. O lo gestó, más exactamente, la más alta y pequeña ventana de ese hotel. O tal vez sea todavía más exacto decir que lo gestó algo que susurró un amigo que me llevó allí y tal vez ni siquiera es cierto, porque mi amigo es un gran constructor de ficciones: por esa ventanita que ves, me dijo, se tiraban los jugadores cuando habían perdido todo. Yo vi los cuerpos rotos, sangrando entre la grava.

En todo caso, repito ahora, el libro es un empecinado gritar que nos dejemos de mentir: el emperador está desnudo. Pero eso lo sé solamente ahora. Cuando lo cocinaba, eran solamente historias y personajes. Los escuchaba hablar y los veía lanzarse o ser lanzados a su destino mientras me aparecía amor pero también sarcasmo y una piedad que no les servía para nada porque el mecanismo ya estaba desatado y ellas, ellos, ya se precipitaban a su checkpoint y a mí solamente me tocaba escribir.


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