
Como lector, me formé mayormente consumiendo narrativa breve (Poe, ante todo, y su vasto linaje de sucesores), y pese a que escribo cuentos desde mi adolescencia, hasta ahora solo he publicado ensayo y poesía. La razón de tamaña demora es bastante comprensible: pienso al cuento como una subserie cerrada y en progreso continuo, que presenta problemas técnicos concretos y supone desafíos formales (muy en línea con tanto que ha dicho Piglia al respecto), y semejante vértigo, ese absurdo nivel de exigencia de alcance histórico basta para amedrentar a cualquiera…
En Paredes de aire (el título está tomado de una novella de Pavese, como lo declara el epígrafe), reuní cinco relatos compuestos a lo largo de tres décadas. Por supuesto que los reelaboré y homogeneicé –por decirlo feamente– hasta dotarlos de una identidad más o menos común, pero me gusta pensar que cada uno expresa a quien los escribió oportunamente. Uno data de mi juventud y constituye, a su manera, un homenaje a mi abuelo paterno, veterano de la Primera Guerra Mundial; está claro de cuál se trata y el lector lo reconocerá con facilidad.
Otro fue disparado recientemente por una furtiva imagen de una obra maestra de Kenzaburo Oé: Un cementerio inundado. Otro también fue concebido hace muchos años, y un amigo entre tanto ya fallecido llegó a revisar una primera versión; el argumento me había sido sugerido por el irreverente documental de Buñuel sobre aquel pobre pueblito extremeño estragado por la endogamia. Y a estos se suman dos historias más cercanas a nuestro momento, lo que para mí implica un problema, si no una imposibilidad, un problema derivado de la pérdida actual de toda dimensión épica. Me resisto a narrar lo cercano, lo cotidiano.

Independientemente de los respectivos disparadores concretos, el factor dinámico de cada una de estas piezas obedece siempre a esa perspectiva formal que mencioné al comienzo. Me interesa tanto lo representado como la representación, vale decir, lo que es narrado y cómo –y por ende quién, y cuándo, y dónde– lo narra. Por eso busco puntos de vista conflictivos, e incluso conflictuados (cierta dosis de psicopatía nunca viene mal). En última instancia, una historia es tan buena como el que la refiere, y hasta la anécdota más trivial puede fascinar en boca de alguien especialmente ejercitado en el arte de narrar o especialmente inepto para adentrarse en el modo confesional.
El maestro Pablo Capanna percibió esa (presuntuosa) aspiración en mi libro y la describió en el bello texto de contratapa. Es la obsesión que guió toda la trayectoria de Henry James, salvando las abismales distancias. Y es lo que les pasa a casi todo los niños que quieren que les cuenten un cuento: aunque no lo sepan, los atrapan por igual la historia y la performance del narrador. Y un narrador autorreferencial, o incluso torpe, puede resultar entrañable. En general, el lector se vuelve cómplice cuando los mecanismos narrativos quedan a la vista.
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