(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

Doce horas arriba del flete; subiendo y bajando muebles o máquinas por toda la ciudad. En más de diez años de esa misma dinámica, Darío Volonté se había hecho amigos. El paellero era uno, vivía en diagonal a su casa, en Villa Luro, y le decía Pavarotti porque sabía que le gustaba cantar así. Darío se reía mientras cargaba paellas enormes en el flete. Una vez lo acompañó a la casa de dos clientes fanáticos del Teatro Colón. "Vaciábamos los ambientes para hacer unas reformas. En un momento, el paellero me dice que cante algo, dale, Pavarotti. Estábamos llenos de polvo. Tomé un vaso de agua y canté un pedacito de una zarzuela. Me aplaudieron, decían que era muy bueno. Desde ese momento, mi vida cambió por completo", le dice el tenor argentino a Infobae, 25 años después. "Mi vida cambió por completo otra vez", se corrige: Darío es uno de los 770 sobrevivientes del hundimiento del ARA General Belgrano durante la Guerra de Malvinas cuando tenía 18 años, diez antes de lanzarse a cantar.

Desde el living amplio y colorido de su casa se escuchan los pájaros de una tarde soleada, no parece que estuviéramos entre los adoquines de Monserrat. Su esposa, la mezzosoprano yugoslava Vera Cirkovic, repasa el orden de sus últimas semanas: acaba de presentar un disco nuevo de canciones francesas, Entre perros y lobos, del que participan músicos como Gabo Ferro, Franco Luciani y Volonté, entre otros. Viajaron de una ciudad del mapa a la otra en un nuevo capítulo de la historia artística que comparten como colegas y como pareja. Están juntos hace 20 años con trayectorias distintas. A Darío lo identifican como un outsider de la lírica, un hombre que nació con la voz de los truenos y que adquirió técnica en Milán, Italia, con ayuda de sus amigos. Que canta muy bien pero que hace canciones populares, que un día sacude las paredes del Colón desde el escenario, y otro, los cálidos techos de los teatros del interior. "Estamos inmunizados a las críticas, sólo nos importa qué le pasa al público", dice él. "No podés transmitir algo que no sos. A mí me mueve la libertad de estar libre de cualquier obligación o deber ser. Soy todoterreno y con esa fuerza canto."

Darío Volonté y Vera Cirkovic (Martín Rosenzveig)
Darío Volonté y Vera Cirkovic (Martín Rosenzveig)

Hace 20 años que efectivamente se presenta en los teatros más prestigiosos del mundo, interpretando clásicos del género lírico. Ha cantado con músicos de la talla de Plácido Domingo, Zubin Mehta, Carlo Rizzi, Daniel Oren, entre otros. En los últimos años, Volonté se abrió a la corriente de artistas como Jairo, Lito Vitale, Sandra Mihanovich, Patricia Sosa, Zamba Quipildor, Juan Carlos Baglietto o Hilda Lizarazu, con quienes también compartió escenario. "El objetivo del arte es conmover, que la gente salga distinta a como entró a la sala. Si tengo que pagar un precio por ampliar mis fronteras, bienvenido sea. Me tomo esta experiencia con tranquilidad, tal vez porque de grande empecé a vivir de esto, tenía 34 años. También había pasado la guerra y yo ya no me cocinaba en el primer hervor".

El 2 de mayo de 1982, Darío estaba a bordo del único barco hundido en guerra por un submarino nuclear, el General Belgrano que los ingleses atacaron fuera del área de exclusión establecida por el Gobierno británico alrededor de las Islas Malvinas. Hacía tres años que estaba en la Marina, se había anotado a los 15, cuando escuchó por la radio la convocatoria; lo hizo, le pareció una buena salida laboral para su familia, su mamá viuda y un hermano menor. Ahí se formó como maquinista. Cuando escuchó el impacto del primero de los tres torpedos MK-813, estaba en la sala de máquinas, abajo, en la panza del barco. Ponía y sacaba quemadores, mantenía la presión de las calderas. La electricidad se cortó de inmediato y junto a sus compañeros empezó a subir hasta la superficie. A oscuras, cargaban a los heridos, quemados, hasta las distintas balsas. Eran las cuatro de la tarde; a las seis ya era plena noche. El inmenso casco del barco se hundía un grado por minuto como rendido ante el cansancio de toda una vida. Afuera, 20 grados bajo cero de sensación térmica, plena humedad. Darío y otros 20 se subieron a una balsa con lugar para 15. Hubo que volver a inflarla en el camino. El oleaje de 12 metros de altura los hundió, no recuerda cuántos metros: "No tengo palabras para esa sensación, era como ceder ante una fuerza imparable con el miedo de no salir a flote nunca más, hasta que subimos". Durante las siguientes treinta horas hasta que fueron rescatados, solo pensó en no dormirse, en mantener el cuerpo caliente de algún modo, en asistir a sus compañeros: "Escuché gente morir, a la balsa que estaba junto a nosotros se le dio vuelta el techo, murieron todos… Por algo me tocó estar ahí y sobrevivir, todavía no lo comprendo bien. Es la experiencia dramática y espiritual más grande de mi vida." De los 1093 tripulantes, se salvaron 770.

(Martín Rosenzveig)
(Martín Rosenzveig)

Los siguientes 10 años de su vida se dedicó a ser pizzero, fletero y costurero, entre otros oficios: "Para tener más tiempo para estudiar, salía a las 21 a juntar kilos de papeles y cartones que retiraba de las oficinas y locales textiles del Once. A la medianoche volvía a dormir; al otro día vendía todo temprano y me quedaba el resto del día para cantar." Hasta que los amigos del paellero, Carlos Danti y Carlos Gumerotti, lo ayudaron a despegar. En su primera audición, Darío tenía 30 años y estaba vestido con la ropa del trabajo, jean y una camisa marrón caqui, sobre las tablas del Teatro Alvear. Quedó. Estudiaba en Temperley con su maestro José Crea todas las semanas. A su primer concierto fue de saco y corbata. "Era una de las salitas del Teatro San Martín para 200 personas pero había menos de 30. Terminé con dolor de cabeza, re nervioso. Al otro día, tenía que hacer un reparto de mercadería: escarbadientes, fósforos y productos de limpieza. Pero esa noche fue inolvidable porque me di cuenta de que podía cantar. Un año después canté en el Teatro Avenida, con orquesta, después de audicionar como tenor. Juro que no me lo esperaba", recuerda.

El mundo de la lírica lo recibió con brazos extendidos, especialmente sus colegas. "La ópera tiene justicia, si cantás bien, las puertas se te van a abrir, el ambiente que rodea la ópera puede ser hostil, los artistas no —asegura—. Los colegas sabemos cuánto cuesta cantar: estudiar, cantar bien, vivir de eso, es mucho esfuerzo. Todos lo sabemos, es difícil que un cantante hable mal de otro. Nos respetamos entre nosotros." Vera se suma a la idea y habla de fraternidad: "Terminás cantando con colegas de todos los lugares del mundo, con diferentes recursos y talentos. A veces, no nos entendemos por los diferentes idiomas pero nada nos aleja: nos encontramos en el escenario y se borran las fronteras, como debe ser."

Darío y Vera tienen el mismo plan respecto al arte que ejecutan: quieren llevar la lírica por todo el país. Juntos y separados, arman repertorios con piano, orquestas, agrupaciones juveniles o lo que suene en cada lugar. "Era algo que hacían las estrellas de la ópera cien años atrás: ir a los lugares, atender al público del interior al cual se le hace difícil llegar a un centro urbano, ya sea Rosario, Córdoba, Buenos Aires, para escuchar una vocalidad lírica, una música clásica, una sinfónica, un ballet. Maximiliano Guerra y Julio Bocca lo hicieron en su género", dice Darío. Cantaron en Berlín, en París, México, en Mar del Plata, y en Tucumán, entre otros destinos del mundo, siempre con la idea de "popularizar la excelencia de la lírica". Para muchos, lo lograron.

 

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