
"Esta es la fila más larga de Caracas, una ciudad conocida por las interminables filas… En realidad son varias. Hay gente de pie, sentada, durmiendo y no están allí para conseguir pan o medicamentos. Ya fue suficiente de esa locura, están en esa cola para irse del país. Es la fila para sacar el pasaporte", cuenta Bloomberg en su especial sobre el calvario de los venezolanos para obtener un pasaporte.
Según cuenta el medio norteamericano, miles de personas esperan su turno frente al Servicio Administrativo de Identificación, Migración y Extranjeros. Claramente no pueden pagar los sobornos para acelerar el trámite que -según Bloomberg- es de USD 2.000, más de 68 veces el salario mínimo mensual.
El monto de la coima se duplicó desde el año pasado, cuando el régimen de Nicolás Maduro reconoció por primera vez la escasez de documentos. "El aumento refleja la profundidad de la disfunción del Gobierno, la desesperación por irse o ambas cosas", dice el artículo de Andrew Rosati.

La crisis generada por el éxodo de venezolanos hacia otras naciones suramericanas ha hecho que los países fronterizos evalúen nuevos mecanismos de control para limitar el ingreso de venezolanos. En este escenario, un pasaporte es sinónimo de libertad.
Así, las calles alrededor del enorme centro de la ciudad comienzan a atascarse antes del amanecer. Los uniformados de la Guardia Nacional, vestidos con uniforme verde y rifles de asalto, suelen llegar alrededor de las 6:30 para acorralar a la multitud y, a veces, regresan por la noche para espantar a los que acampan. Una vez que los soldados se van, la gente vuelve.

Alrededor de las cinco de la mañana de un martes, Antonietta Suárez ya llevaba nueve horas en el lugar, después de un viaje en autobús de seis horas desde Barquisimeto, donde trabaja en una tienda de piezas de automóviles que pertenece a la familia de su esposo. Estaba desesperada por un pasaporte para su niño pequeño para que todos puedan emigrar a Chile.
"Es solo otra ofensa, otra humillación: la gente está durmiendo en la calle con sus hijos", cuenta a Bloomberg agarrando una almohada y señalando los cuerpos envueltos en mantas o enrollados en pedazos de cartón. "Nunca pensé que llegaría a esto", agrega.
Suárez, de 27 años, está en la primera línea, esperando entrar en la segunda. Para lograrlo, uno de los oficiales deberá escribirle en su brazo o mano un número de los 500 que indican que entrará en el edificio al día siguiente. Algunos esperan 48 horas o más para llegar a esta segunda línea. Hay una tercera línea, por cierto, de personas que han presentado sus solicitudes y han vuelto a recoger sus premios.
"Protesté el año pasado", cuenta Jesús Rojas, de 26 años. "Lo intenté. Ahora, nos hemos resignado a simplemente salir", dice. "Esta es la última vez que lo intento o me dan un pasaporte o me subo al avión sin él".
La desesperación no diferencia edades. Cilia González, envuelta en una gruesa chaqueta y sentada en una tumbona, muestra con orgullo su muñeca: tiene escrito el 207. Llegará al edificio en algún momento de hoy… Tiene 60 años. Esta es la quinta vez que lo intenta. Las otras cuatro estuvo en la fila 10 horas pero de noche se fue, estaba aterrada de pasar allí la noche. "Aquí ya no hay más vida", sentencia en su charla con el medio norteamericano.
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