Desde la casa de Wilmer Pérez ubicada en la ribera de El Guaire se escucha la fuerza del cauce del río. Pero no es un río cualquiera, se trata del que recibe aguas de desagüe de Caracas a lo largo de 35 kilómetros de su recorrido por la capital venezolana.
Su vivienda es de concreto y metal pero vive bajo la base de un edificio, cuyos pilotes reposan junto al río en la zona centro de Caracas, a los pies de las torres de Parque Central, complejo que en los años 70 cuando fue inaugurado se le consideró "el desarrollo habitacional más importante de América Latina".
El espacio no tiene paredes, solo las columnas, tabiques de cartón piedra y sábanas colgadas para dividir el lugar en el que convive con María su mujer, su niño de dos años, su hermana con el esposo y dos sobrinas pequeñas.

— Vivimos a la orilla del Guaire -dice sin ninguna pena-, y todos trabajamos. Mis sobrinas estudian. Si no trabajamos no comemos, pero desde hace cinco años la cosa se ha puesto más grave.
Wilmer, de 33 años, reconoce que trata de dejar atrás sus pasado en la delincuencia de la cual tiene huellas en el cuerpo. Cuatro tiros uno de ellos con entrada por la nuca y salida cerca de la fosa nasal izquierda. "Yo vendo chucherías, refrescos. Ese es mi trabajo, para para no robar. Yo vengo de ese mundo y no quisiera estar más allí". Asegura que dejó de cometer delitos pensando en su familia, "a fuerza de voluntad. Nadie se quiere morir, a veces uno anda con la mente loca por las drogas a punto de tener la muerte de cerca".
Aunque como la mayoría de los venezolanos, que se ven afectados por la escasez, tiene que comprar comida bachaqueada (en el mercado negro), en la orilla tiene sembradas matas de lechosa, chayotas, aguacate, plátano y quinchonchos (un tipo de frijol). "Espero en un futuro más adelante depender de mi conuco".


Adentrarse por el espacio de tierra en el que habita implica caminar en medio de todo tipo de desechos de los cuales espera poder aprovechar algo que le haga más llevadera su vida allí. Cajas para almacenar refrescos, tobos vacíos de pintura, esqueletos de sillas, están sumergidos en un líquido negro, viscoso y de un olor intolerable al olfato humano. Al acercarse al sitio donde se concentran las aguas servidas, lugar que tiene disimulado con sábanas que hacen las veces de cortinas, se agudiza la fetidez que emanan. Con eso conviven Wilmer y su familia a diario, bajo la mirada de Bolívar y Chávez.
Su hijo, aunque tiene dos años, parece más pequeño. Su abdomen hinchado muestra los síntomas de desnutrición. Tiene tres días con diarrea. Pero su mujer, María, de 17 años y que está con él desde los 12 no lo ha llevado a ningún centro asistencial porque está segura de que "no tienen remedios ni nada para darle".







En la olla Wilmer tiene montado un hervido con verduras que compró con el dinero que hizo vendiendo cigarros y chucherías el día anterior frente al Teatro Teresa Carreño, en el pasado símbolo de cultura y progreso en Venezuela, pero ahora espacio para mítines políticos del gobierno. Su hermano trabaja en un frigorífico y a veces los ayuda. "Necesito un apoyo. Yo no estoy pidiendo que me hagan un mercado. Lo que necesito es un empujoncito para ver si puedo salir de aquí o que me remodelen esto. El apoyo que quiero es un empleo. Que me ayuden arreglar los desagües".
Recuerda que cada vez que funcionarios del gobierno visitan la zona los vecinos del edificio sí lo buscan para tomarle fotos y presentar su situación para valerse de ella y conseguir mejoras par el edificio. Pero eso se queda en promesas. "Yo vengo saliendo de donde vengo saliendo. Yo no estoy para jugar, sino para solucionar".
Como Wilmer hay otros venezolanos que han conseguido cobijo en las orillas de El Guaire en las que existe un submundo de indigentes, que han huido de sus casas, escapando de problemas como el maltrato familiar o el hambre y quienes no tienen otra opción que comenzar de nuevo desde ahí. Ese es el intento que hacen Moisés Longa de 23 años y su mujer, una niña de 15 años.
Moisés, quizás sin saberlo, carga con el peso bíblico del nombre dado a uno de los patriarcas del cristianismo, quien fue salvado de las aguas del Nilo.




La estructura formada por vigas sostiene un tramo de la principal vía de Caracas, la autopista Francisco Fajardo, a un costado del río frente al barrio La Charneca, también en el centro de la ciudad, sirve de lecho para el colchón donde duermen. En uno de los huecos guardan en bolsas las pocas pertenencias que tienen. Pero al bebé que tuvieron hace ocho meses, lo entregaron a unas personas para que se lo cuiden mientras consiguen un techo. Hace dos meses que no lo ven.
"Conocí a mi mamá a los 18 años. Me crié con pastores evangélicos hasta que fui agarrando la calle y me alejé de ellos porque yo quería conocer a mi familia. Mi mamá me entregó a esa familia, después cayó presa y estuvo diez años en la cárcel porque vendía droga, eso fue lo que ella me contó".
Tiene varias heridas recientes en la cabeza. "Los policías querían llevarme y yo le metí una mano a un policía y me entré a golpes y luego vinieron otros policías y me entraron a tubazos. Eso fue hace como 15 días, yo andaba en la calle con un cuchillo buscando para reciclar y cuando fui a ver los pacos (policías) me pararon me revisaron y quisieron quitarme el cuchillo". Esas heridas se suman a las escoriaciones que dejan su piel en carne viva a simple vista. "Me gustaría tener algo mejor, un hogar. Algo donde yo me sienta tranquilo con mi familia. Quisiera darle algo mejor a mi hijo que no sea como he sido yo… Que no sea como soy yo. La gente me dice que busque algo mejor pero yo no sé qué es ese algo mejor. La calle me ha formado mal y bien. Para vivir en la calle hay que saber hacer lo bueno y no hacer lo malo".
Pero por ahora, este Moisés venezolano aún espera ser rescatado también de las aguas de este río contaminado.
Aunque algunos, se aventuran a sumergirse en ellas para pescar los objetos de valor que se van por los drenajes, Shaggy, como le llaman al que parece ser el hombre con más ascendencia sobre quienes viven en ese punto de la ribera del río, asegura que no consiguen nada. "No sacan oro, lo que sacan es pura basura, eso es una maldad. ¡Míralos allá fajados! Para ellos es un rebusque, como un trabajo. Son los garimpeiros del Guaire". Y reniega con la cabeza de meterse en sus aguas. "Mis compañeros me invitan a bañarme en el Guaire y yo les digo `tú crees que estoy loco, si me baño allí se me va a caer la piel´.¿Cómo tú te vas a bañar en esa hediondez? ¡Vamos a bañarnos! –nos invita– ¿Me apoyas? ¡Tú no lo vas hacer! ¡Es mentira!".
De hecho tenía año y medio sin bañarse. Pero lo hizo gracias al Panabus, una iniciativa de labor social de un grupo de jóvenes que circula por Caracas con un autobús acondicionado con un baño y un micro consultorio donde son censados y atendidos por un médico. "Cuando me levanté la camisa lo que tenía eran costras de sucio".




Shaggy viene del barrio San Agustín, contiguo a La Charneca. Tiene 40 años y desde los 18 está viviendo en El Guaire. "Yo pasaba por ahí en autobús y decía 'mira cómo viven los loquitos'". Pero las drogas le labraron el camino que lo trajo hasta aquí. "Ya uno no puede ni consumir droga porque está demasiado cara, hasta los jíbaros están dejando de vender droga. Todo está patas arriba. Este país se está destruyendo solo". A la conversación con Shaggy se suman dos jóvenes que caminan hacia nosotros sobre el embaulamiento del río.
Wilkerson Ochoa y Yonaiker Torres tienen 20 años y los tres últimos de sus vidas viviendo en El Guaire. Dicen que las drogas y "la pasadera de hambre" los trajo hasta aquí. Reciclan vasos de plástico que luego lavan y venden. "Ahorita todo es una trampa. Y los vendemos en la fábrica donde los asean y los venden de nuevo. Eso no es robar, es sobrevivir. Si el país no estuviera así ¿tú crees que nosotros estaríamos por ahí comiendo de la basura? Todo se consiguiera. Tampoco somos sanos no nos vamos a caer a cobas (mentiras) nos fumamos nuestro cigarro, nos gusta fumar su creepie. Somos de la calle". Son parte de la generación de relevo de Venezuela que formó el chavismo.
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