El beso que detuvo el tráfico

Reportajes Especiales - Lifestyle

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Se detuvo en el centro de la calle --la avenida Washington, una de las principales vías de Minneapolis-- y me besó tan fuerte y tan bien durante tanto tiempo que el tráfico se detuvo, los semáforos cambiaron y la bulliciosa ciudad se quedó en silencio mientras los conductores, en lugar de pitarnos o gritarnos que nos fuéramos a un hotel, empezaron a circular con lentitud, casi disculpándose, a nuestro alrededor.

Este beso se había ido gestando. Era el beso que llevábamos tres días seguidos sin darnos, pasando juntos casi todas las horas que estábamos despiertos en un retiro profesional. Era un colega del trabajo; no lo conocía bien.

Este era el beso que no nos dimos cuando lo recogí en el aeropuerto y el beso que no nos dimos cuando nos detuvimos para almorzar, en lo que el aire se volvió de repente eléctrico. El almuerzo duró horas. Al final, los dos estábamos tan embriagados que nos perdimos de camino a su hotel. Este fue el beso que no nos dimos cuando me entregó la llave de su habitación y yo lo miré, desconcertada, y le pregunté: "¿Para qué?".

Este beso no ocurría y no ocurría. No ocurrió cuando fuimos a comer algo la primera noche y nos echaron del bar cuando cerraron a las 2 a. m. No ocurrió la noche siguiente cuando condujimos por el campo a oscuras con el equipo de música a todo volumen al ritmo de "Rattle and Hum".

No ocurrió cuando volvimos a su habitación después de medianoche y me senté en el escritorio a redactar un proyecto para él y, cuando terminé, me volví para verlo tumbado en la cama, mirándome con una de esas sonrisas indebidas --demasiado amable, demasiado cálida-- con las manos cruzadas detrás de la cabeza.

Me levanté y recogí de prisa mi chamarra y mi bolso.

Este fue el beso que no nos dimos cuando se sentó en la cama y dijo: "No tienes que irte".

Le contesté: "Sí que tengo que irme".

Se rio con suavidad y dijo: "Porque nunca te arrepientes de haberte ido".

Dudé. Dije: "Sí me arrepiento de irme. A veces".

Me tendió la mano.

"Pero no hasta más tarde", dije, y me fui.

Soy una "nómada" de tiempo completo. Vivo en una caravana de cinco metros que remolco con una camioneta, no tengo base de operaciones y limito mis posesiones a las que puedo llevar. No salgo con nadie. Cuando dejé para siempre lo que los viajeros llaman la vida de "palos y ladrillos", ya llevaba varios años en solitario, por elección propia.

Eso no significa que haya rechazado el amor por completo. No significa que esté sentada en mi buhardilla suspirando por alguien o curándome de un corazón roto. No significa que me sienta sola o amargada o que nunca tenga relaciones sexuales. Tengo amistades profundas y duraderas que son el corazón de mi vida, y tengo amantes dispersos como tachuelas en un mapa, y ellos comprenden que, aunque visite su cama de vez en cuando, estaré fuera de ella antes del amanecer.

He visto suficiente amor romántico y felicidad doméstica para saber que pueden ser vínculos poderosos. También he aprendido que los vínculos son lo que son. Me he casado más de una vez. El matrimonio me parece una disciplina hermosa y valiosa que alimenta algo en muchas personas, pero no en mí.

El amor romántico ha coartado mi soledad y autodeterminación, mi libertad de movimiento y soberanía sobre mi vida. Cuando mi última relación de pareja terminó en 2020, opté por una vida más solitaria --no aislada, ni sin amor, ni célibe, ni solitaria--. Recogí mi vida de palos y ladrillos --su seguridad y calidez, su seguridad y desorden, su claustrofóbica uniformidad-- y me marché.

Pensé que sería fácil dejar atrás una vida moldeada por el hábito de la pareja romántica. Me equivoqué. En cuanto decidí que había terminado con eso, el romanticismo estaba dondequiera que mirara, tan familiar que parecía el destino. Aún no sabía que la vida en solitario y la vida en la carretera requieren una disciplina propia. Conoces a alguien, surge una chispa, pasas una o dos noches agradables y, cuando llega el momento de salir a la carretera, tienes que decir buena suerte, buen viaje y adiós.

Sin embargo, la ola rebelde del romance seguía tomándome desprevenida, y tiraba de mí, hasta llevarme mar adentro.

Los representantes del amor estuvieron en todas partes aquel primer año de vida nómada; uno me saludaba desde una roca musgosa en Shenandoah, otro aparecía quemando llanta en una Harley ruidosa en un paradero de camiones al oeste de Texas. Ofrecía cosas que echaba de menos --calor, risas compartidas, tacto-- y venía con todas las reglas y jugadores que conocía demasiado bien. Ofrecía felicidad con advertencias y finales de cuento de hadas con exigencias tácitas que yo incumplía a las 3 de la madrugada, cuando algún tonto se negaba a salir de mi caravana.

El romance me llamaba de todas las formas imaginables. Apareció entre los 29 y los 73 años, pavoneándose sonriente y engreído o arrastrando las botas por el polvo, con toda la timidez. Llegó con grandes cuentas bancarias de la vieja generación "boomer", recargó su cabello milénial en mis gafas de sol y exigió que validara sus muchos sentimientos milénials, se desnudó para mostrar sus tatuajes en la espalda de la generación X y su rabia en bruto, y se encogió en el resplandor azul de la luz de la pantalla de la generación Z, con los ojos afilados y pálidos. Entró a hurtadillas. Irrumpió por la fuerza.

Lo único que siempre traía era una necesidad que yo no podía satisfacer: Tenía que quedarme.

Ellos creían que algún día lo haría. Yo siempre supe que no sería así.

El verano del beso, mientras conducía hacia el este por la I-80, me debatía entre deseos. Como cualquier mamífero, me tentaba la promesa de compañía y el calor del tacto. Echaba de menos las comodidades del hogar, echaba de menos tener un hogar. La vida que esbozaban estas personas tenía un atractivo doloroso.

Hagámoslo juntos, decían. Múdate, decían. Te daré tu propia habitación. Mira, hay una bañera. El refrigerador siempre está lleno. Aquí hay unas paredes bien puestas entre las que puedes caber si te acurrucas un poco. Ven, entra.

Esta vez, casi lo hice.

El domingo por la tarde, terminada la conferencia, lo llevé de vuelta a la ciudad. Volaba al día siguiente. Tenía previsto dejarlo ahí y salir a la carretera esa noche.

Al parar delante de su hotel, me dijo: "Vamos a dar un paseo".

Estacioné el camión y caminamos hacia el río. Entonces, al cruzar la avenida Washington, todo se detuvo para el beso.

Klimt pintó este beso. Solo había tenido un beso así una vez en una vida repleta de besos. Más de veinte años antes, con un traje de cuero de falda corta y un collar de perlas, en la acera de Nueva York, en la hora dorada en que la luz cambia y el mundo del trabajo diario deja caer su vestido al suelo y sale de él, resplandeciente. Entonces, también, la corriente de cuerpos de la ciudad simplemente ajustaba su curso, y se arremolinaba a nuestro alrededor como si desprendiéramos algún campo de fuerza tan natural y necesario como el propio flujo del agua.

Este beso debería haber sido diferente: Éramos mayores, más conscientes. No debería haber sido más que un encuentro fortuito entre dos individuos que se habían cruzado en una ciudad en la que ninguno de los dos vivía. No tenía que significar nada ni ser nada más que un revolcón épico, una historia que él contaría sobre la más reciente que se le escapó y que yo contaría sobre la cama más reciente de la que había huido.

Ya habíamos pasado la edad de caer en las tonterías que creemos que son propias del amor juvenil; ambos teníamos el pelo plateado, las manos curtidas por el trabajo y la piel endurecida por el sol de la gente que pasa mucho tiempo al aire libre. Nos veíamos como personas solitarias, lobos solitarios a los que les gustaba bastante la manada, pero que daban lo mejor de sí mismos cuando corrían solos.

Este beso acabó igual que el primero y me encontró en el mismo lugar, recogiendo la ropa que encontraba entre los restos de una habitación de hotel.

Y este beso tuvo el mismo efecto. Me arrastró hacia algo que deseaba y no deseaba, algo que a veces ansiaba, pero de lo que me había desintoxicado y aprendido a evitar, algo que entiendo que es profundamente humano y a la vez una amenaza existencial para el tipo de vida que vivo… el amor.

A las 4 de la madrugada, más de 12 horas después del beso, subí el cierre de su sudadera con capucha, bajé trotando las escaleras del hotel, subí a mi camioneta y me dirigí al este.

Cuando salió el sol, me llegó un mensaje de texto.

Allí estaba, una fotografía en blanco y negro. Los bordes afilados de su rostro curtido, su melena de pelo blanco, sus ojos peligrosos.

Vi la palabra --"amor"-- y aventé el teléfono al asiento trasero.