
En una época de restricciones de pandemia, la gente en Bruselas busca espacios abiertos, y a menudo termina en parques urbanos abarrotados donde el distanciamiento social es imposible. Pero hay una familia a la que esto no le afecta.
La familia real tiene un enorme y frondoso jardín justo en el centro de la ciudad, casi del tamaño de Mónaco y que incluye un enorme palacio y una colonia de garzas poco comunes.
En ese contexto, ¿acaso es sorprendente que cada vez más gente pida que el rey Felipe abra las puertas y permita que el público acceda al menos a parte del jardín durante la mayor crisis sanitaria global en un siglo?
Sin embargo, por ahora no ha caído ningún muro, ninguna puerta de hierro se ha abierto.
“Ellos apenas van, esos jardines están simplemente vacíos”, dijo exasperado el historiador de Bruselas y ex miembro del Parlamento Europeo, Luckas Vander Taelen.

Es más, los jardines en Laeken, un municipio de Bruselas, están rodeados por algunos de los vecindarios más densamente poblados, deteriorados y empobrecidos del país, llenos de familias que no tienen los medios de viajar a zonas más verdes.
“La vegetación transmite ganas de vivir, especialmente cuando estás hacinado en un pequeño apartamento con tu familia ampliada”, dijo Saliha Mahdi, trabajadora social de Laeken. “De modo que la gente local quiere un parque aquí mismo porque no tienen medios para pagar por el transporte”.

Los jardines de palacio se están convirtiendo en una parábola del privilegio real en una época de intensa necesidad y de cambios.
La monarquía ha cometido errores en sus mensajes públicos. El año pasado, al principio de la pandemia, el rey Felipe hizo un intento fallido de transmitir cercanía al permitir que un dron sobrevolara el extenso vergel para mostrar que su familia, como todos los belgas, estaba confinada en su casa.
En medio de la vegetación, rodeada de árboles venerables y arbustos arreglados en torno al pasto perfectamente cortado, la familia había escrito en grandes letras “Valor, fuertes juntos”.
¿Juntos? No mucho.
La cuestión llevaba años sonando de fondo en el debate político, pero la pandemia del COVID-19 la ha dejado sobre la mesa esta primavera. Los partidos que gobiernan en Bruselas, e incluso algunos miembros de la oposición, han apoyado una propuesta de abrir los jardines al público.
“La gente necesita de verdad espacio, espacios públicos donde relajarse, tomar algo de aire, jugar, reunirse”, dijo la legisladora de Bruselas Hilde Sabbe.
Y si bien el sur de la capital tiene muchos espacios verdes para sus diplomáticos residentes, los eurócratas y los adinerados, las zonas del centro y el norte de Bruselas, donde está el jardín del rey, son muy diferentes, sin los árboles señoriales que flanquean las calles más acomodadas.
“En Bruselas, la mayoría de la gente no tiene jardín. No tiene terraza. No tiene balcón. De modo que tienen que ir al parque, si es que hay uno”, dijo Sabbe.

En ese sentido, abrir al público parte del parque real marcaría una enorme diferencia. “¿No podría simplemente dejarles pasar?”, pidió Sabbe al rey.
Pero como en muchas cosas aparentemente sencillas, el asunto es mucho más complejo.
Cuando se trata de las propiedades reales, hay una maraña de detalles legales que afectan tanto al estado como a la familia real. La intrincada estructura institucional belga, donde en ocasiones se solapan las competencias locales, regionales y nacionales, haría aún más compleja la gestión de un parque abierto.
En un sentido más práctico, el palacio tiene que seguir siendo seguro, no sólo porque el jefe del estado vive allí, sino también porque otros jefes de estado y gobierno visitan el lugar cuando pasan por Bruselas para viajes relacionados con la OTAN o la Unión Europea.

Y un siglo de aislamiento del mundo exterior ha convertido el parque un frágil ecosistema con plantas y animales únicos que requieren protección.
Ese sigue siendo un argumento para algunos, aunque Celine Vandeuren, que vive cerca, tenga que pasear a su gato Hector con correa junto al muro de ladrillo del parque sin poder disfrutar de la belleza y la tranquilidad del interior.
“Me da miedo que si abrimos este espacio, nuestra presencia, quizá un poco demasiado inoportuna, perturbe a la naturaleza”, dijo Vandeuren.

Sabbe discrepa, diciendo que sería fácil abrir parte del parque de 186 hectáreas (460 acres). Y tiene confianza en el rey Felipe, de 60 años, que se está haciendo un nombre como uno de los más progresistas de una línea de monarcas que se remontan a 1830.
El Palacio Real no se ha pronunciado sobre el asunto, y declinó responder a peticiones comentarios de The Associated Press.
Para el historiador Vander Taelen, sin embargo, la solución debería ser sencilla.
“Sería muy positivo que la Casa Real mostrara que hay un vínculo con la ciudad”, dijo. “Quizá lo más importante es si mostrarían solidaridad con las necesidades de su pueblo, de su ciudad”.
(Con información de AP)
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