Cuando la alineación ideológica se puede convertir en estrategia política: ¿qué podemos esperar de la cumbre regional que redefine el hemisferio?

El encuentro liderado por el presidente Donald Trump marca el surgimiento de una alianza selectiva basada en afinidades ideológicas y pragmatismo

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Este 7 de marzo, el presidente Donald Trump recibirá en Miami a una docena de presidentes del hemisferio occidental que tienen algo en común y además más valioso que la geografía compartida. La invitación original incluía a los presidentes de media docena de países: Argentina, Bolivia, Ecuador, El Salvador, Honduras y Paraguay. Ahora se han sumado otra media docena más: Chile (presidente electo), Costa Rica, Guyana, Panamá, República Dominicana y Trinidad y Tobago. Estos presidentes representan un frente común con una nueva doctrina hemisférica donde la lealtad ideológica podría entenderse como un acceso privilegiado a la Casa Blanca.

Esta cumbre marca un punto de inflexión en cómo Estados Unidos concibe la relación con América Latina y el Caribe. Trump ha renunciado explícitamente a la pretensión de liderar a toda la región mediante consensos amplios y declaraciones multilaterales tradicionales. En su lugar, empieza a construir una coalición compacta de gobiernos afines donde la claridad ideológica sustituye a la ambigüedad diplomática tradicional. La selectividad no es de ninguna manera una debilidad estratégica, sino que denota una clara eficiencia política.

Lo fascinante es el pragmatismo descarnado que subyace a este nuevo eje. Estos presidentes llegan con acceso a recursos naturales y estratégicos muy importantes para Estados Unidos y, en algunos casos, como el de El Salvador, con resultados visibles en temas que importan a la base electoral del Presidente Trump. En la lógica transaccional del presidente estadounidense, eso vale tanto como los minerales críticos que otros líderes le puedan ofrecer.

Los países representados por los líderes invitados a la reunión con Trump enfrentan la compleja tarea de recalibrar relaciones ya establecidas con Beijing sin generar fracturas económicas costosas. Miami les ofrece cobertura política para presentar ese giro como alineación estratégica con Occidente frente al autoritarismo oriental.

Lo que Trump construye no es un sistema interamericano tradicional, sino algo más cercano a una coalición ideológica y estratégica para el hemisferio. No se trata de integración comercial amplia ni de instituciones multilaterales burocráticas, sino de un pacto político explícito donde cada miembro entiende que su relación con Washington depende directamente de mantener distancia con Beijing. Es un modelo de alianza más exigente pero potencialmente más sólido que las estructuras basadas en consensos mínimos y compromisos vagos que generalmente quedan expuesto en manifiestos de buenas intenciones. El presidente Trump privilegia los aliados efectivos a los admiradores retóricos.

La selectividad tiene costos evidentes. Brasil, México, Colombia y Chile quedan fuera de este bloque no por descuido sino por diseño deliberado. Washington no intenta construir consenso hemisférico amplio, sino crear un núcleo duro de países alineados capaces de avanzar con su agenda de protección “antichina” sin el lastre de gobiernos escépticos o neutrales. No es más que una fragmentación consciente del espacio latinoamericano en bloques ideológicos claramente definidos.

El dilema para los gobiernos invitados es real. Pues China ha sido y seguirá siendo un socio comercial crucial para América Latina y el Caribe independientemente de las alianzas políticas. Beijing compra commodities sin condicionar esas compras a reformas internas o alineamientos geopolíticos. Estados Unidos, históricamente, ha sido más exigente. La pregunta es si los beneficios inmediatos de la alianza con Estados Unidos superan los riesgos de antagonizar a un socio económico que permanecerá presente mucho después de que el presidente Donald Trump abandone la Casa Blanca en 2029.

China quizás no permanezca pasiva. Beijing invirtió décadas construyendo presencia regional mediante infraestructura, financiamiento y comercio sin condicionalidades políticas. Esa paciencia estratégica ha sido su fortaleza a través del tiempo. La pregunta es si los países latinoamericanos preferirán la certeza de largo plazo que ofrece China o las ganancias inmediatas que podría significar la alianza liderada por el presidente Donald Trump.

Existe también una dimensión doméstica crucial. Milei batalla con recesión económica, Bukele enfrenta críticas sobre autoritarismo, Noboa lidia con violencia del crimen organizado y amenazas de revocatoria de su mandato. Para estos líderes, la foto en Miami junto a Trump tiene tanto valor interno como externo. Señala a sectores conservadores locales y a inversionistas internacionales que estos son gobiernos alineados con Occidente, confiables y predecibles. En política doméstica latinoamericana, eso se traduce en legitimidad que puede compensar deficiencias en otros frentes.

Lo particularmente interesante de esta cumbre es que rompe con décadas de diplomacia estadounidense hacia América Latina basada en multilateralismo formal y casi que sin resultados. Trump concluyó que las Cumbres de las Américas y la OEA producen más retórica que resultados, y es verdad. Su alternativa es más directa con gobiernos afines, generando oferta de incentivos concretos y exigencia de lealtad específica. Es diplomacia transaccional sin los adornos del lenguaje multilateral tradicional que le queda debiendo a la historia.

Trump elige con mucha inteligencia la profundidad sobre la amplitud, alianzas sólidas con pocos en vez de relaciones superficiales con muchos. Esta fragmentación del espacio latinoamericano en bloques ideológicos tendrá consecuencias duraderas para el sistema interamericano, pues, progresivamente hará más difícil mantener esa neutralidad o posiciones intermedias ambiguas que han sostenido hasta hoy.

Para América Latina, la cumbre de Miami plantea una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Están dispuestos a apostar por la alianza con Estados Unidos asumiendo el riesgo de antagonizar a China? La respuesta varía según cada país, pero el margen para la ambigüedad se cierra rápidamente y los pone a definirse.

Lo que podemos esperar del 7 de marzo no son grandes declaraciones sobre integración hemisférica ni compromisos vagos sobre cooperación futura. Creo que veremos acuerdos concretos sobre minerales críticos, compromisos de inversión estadounidense en sectores específicos, posiblemente anuncios sobre bases o estrategias de cooperación militar o inteligencia, y desde luego, fotografías cuidadosamente coreografiadas que envíen mensajes tanto a Beijing como a las audiencias domésticas de cada presidente.

Trump está redefiniendo las reglas del juego hemisférico. Se posiciona como el socio deseado de quienes comparten su visión geopolítica. Es un cambio fundamental que refleja tanto la personalidad transaccional de Trump como la realidad más amplia de un mundo multipolar donde la neutralidad y falta de definiciones se vuelve cada vez más costosa.

La cumbre de Miami no resolverá los dilemas, pero los hará explícitos. Y en esa exposición radica tanto su mayor riesgo como su potencial transformador. Porque una vez que las líneas están claramente trazadas, cada gobierno debe decidir de qué lado quiere estar. Y esa decisión, a diferencia de las típicas declaraciones diplomáticas, tendrá consecuencias reales y medibles.

* El autor es empresario y comentarista político ecuatoriano. Fue presidente de BanEcuador.