Maduro y su esposa Cilia Flores, exabogada de Chávez, fueron capturados. En conferencia de prensa, Trump anunció que EE. UU. asume el manejo de Venezuela, nombrando personas y haciéndose cargo de la reconstrucción de la infraestructura petrolera de Venezuela. La transición es asumida por Washington ya que no hay todavía fecha para que juren quienes fueron electos el año pasado o para nuevas elecciones. El ataque fue estratégico y quirúrgico, con muy buena inteligencia, más CIA que militar, donde también fue derrotada Cuba, ya que tenían a su cargo la protección de Maduro. Es curioso que tanta gente dudara de este desenlace, incluyendo algunos comunicadores de radios latinas en Miami, ya que EE. UU. posee la mayor capacidad militar del mundo. Quizás Maduro puede estar arrepentido de no aceptar las numerosas ofertas que se le hicieran para renunciar.
Por ahora, se sigue la constitución venezolana y continúa la vicepresidenta Delcy Rodríguez, quien habría asegurado colaboración en conversación telefónica con Rubio, desde Rusia, donde la sorprendió el ataque estadounidense. La gran interrogante es cuál es la letra pequeña que han acordado los chavistas que siguen en el poder con la administración estadounidense.
En Caracas tuvo lugar el arresto del dictador Nicolás Maduro en cumplimiento de una orden emanada de tribunales estadounidenses por su evidente rol como narcotraficante y líder del Cartel de los Soles, ya que en Venezuela más que una dictadura que protegía a delincuentes, lo que existía era la misma delincuencia organizada la que gobernaba directamente al país, un régimen tan violento que casi ocho millones de personas se vieron obligadas a exiliarse, ahogándose todo tipo de democracia y a pesar de ser un país próspero con las más grandes reservas de petróleo del mundo, el empobrecimiento se generalizó.
Nos falta saber qué va a pasar con esos chavistas que sobrevivieron en una realidad que, como todas las transiciones, son de varios colores, y, por lo tanto, todavía no sabemos con seguridad qué tipo de transición tendrá Venezuela. En la teoría, se distinguen al menos tres tipos: institucionalizada cuando la hace el propio régimen que se despide, negociada cuando hay un acuerdo con la oposición democrática, y rupturista cuando el régimen en el poder simplemente se desploma, y la pregunta es cuál de ellas será la transición venezolana hacia la democracia o de regreso a ella, por la existente antes de Chávez.
La verdad es que, dentro de estos tres tipos, hay variedades, por lo que una no siempre se parece a otra, ni entre las latinoamericanas que sucedieron a golpes de Estado militares como tampoco en el postcomunismo europeo, por lo que seguramente vamos a presenciar una transición a la venezolana. Hasta ahora solo teníamos en mente la existencia de una dupla, María Corina Machado (MCM), la indiscutible lideresa, y Edmundo González (EG), el presidente electo, pero ahora se agregan EE. UU. y aquellos chavistas que dicen estar sobreviviendo a través de la colaboración. ¿Son creíbles o confiables? Por cierto que no, pero en la medida que EE. UU. mantenga una presencia, ya se muestra como superior a lo que existía con anterioridad.
El hecho más importante ya tuvo lugar. La transición ya se inició y, paralelamente, la pérdida del miedo. Maduro no era un presidente, era un ocupante ilegítimo del poder ya que dio un golpe al ser derrotado por amplia mayoría en las elecciones de julio. Suponíamos que EE. UU. haría una juramentación rápida de los legítimos gobernantes, electos el año pasado. Ya estamos viendo que ello no será así, y mientras tanto, ejerce como presidenta la vicepresidente chavista, no estando claro, por cuánto tiempo.
Por su parte, sobre Maduro había una orden de detención proveniente de un tribunal de Nueva York, por su comprobada participación en el narcotráfico. Esa es la realidad, cumplimiento de una orden judicial, más que una “acción imperialista” para arrebatar el petróleo venezolano, como lo proclaman los amigos del chavismo y también algunos senadores demócratas.
Esta acción de EE. UU. ha sido también una derrota para el régimen cubano, que para todos los efectos prácticos estaba ocupando Venezuela en lo que a seguridad se refería, con control sobre las más importantes decisiones y a cargo de la seguridad del dictador Maduro. ¿Serán los cubanos y los nicaragüenses los siguientes? No sabemos si se aplicará la teoría del dominó, según la cual, si uno cae, caerán otras dictaduras similares, pero sí sabemos que nunca esa debilidad ha sido mayor, no solo por EE. UU. sino también por el cambio de orientación regional después de las victorias electorales de fuerzas políticas conservadoras, quedando solo México, Brasil y Colombia, como países democráticos con gobiernos que protegen dictaduras, los dos últimos con elecciones este año.
Lo que dificulta también responder la pregunta de qué esperar en Venezuela es que, a diferencia de otras transiciones, no existe todavía información en detalle sobre el tipo de transición que se propone. Y si hay nuevas elecciones, cuál será el nivel de participación de los chavistas y si el triunfador o triunfadora se unirá a los gobiernos conservadores que están triunfando en la región o se seguirá la tradición de la mayoría de los gobiernos antes de Chávez, de ser más bien de centro, ya sea en la versión socialdemócrata o socialcristiana. O si inesperadamente gana alguien de trayectoria alejada de la democracia.
En estos años de dictadura, Venezuela fue prácticamente ocupada por Cuba, situación extraña, ya que generalmente el país más rico domina al más pobre y no al revés, como ocurrió con La Habana-Caracas. Al respecto, ¿habrá total desclasificación o alguna información será protegida como secreto de Estado? Más aún, la situación de dominio cubano fue solo posible por la verdadera traición que existió en gobernantes y militares venezolanos, ¿serán estas personas enjuiciadas? Y si es así, ¿hasta qué nivel? Para ello, probablemente habrá que esperar un nuevo gobierno, ya que es difícil pensar que ello puede darse bajo un gobierno presidido por Delcy Rodríguez.

Hay otras preguntas para entender el tipo de democracia que viene, si una semejante a la que existió hasta la elección de Chávez o una más perfeccionada, ya que no hay que olvidar que quien destruiría al país y a su democracia fue electo y que ganó legítimamente algunas elecciones, antes de que se iniciara la falsificación de resultados. Por ello, ¿existirá algo semejante a las comisiones de Verdad y Reconciliación de Chile y/o Sudáfrica? ¿Se informará qué ocurrió con las inmensas cantidades de dineros gastadas para permitir la supervivencia de la dictadura madre, la cubana? ¿Habrá apertura de archivos para conocer la magnitud de la intervención en tantos otros países? ¿Conoceremos los nombres de aquellos activistas políticos que fueron generosamente pagados desde Caracas? Y considerando que han fracasado instituciones exitosas en EE. UU. al ser trasladadas a otras realidades, ¿existirá esa tentación en una transición en la que EE. UU. parece ser garante?
¿Se sabrá algo de los montos de dinero que en Europa recibió el Podemos español o personas al servicio del régimen como Rodríguez Zapatero o el exjuez Baltasar Garzón? ¿Algo acerca del financiamiento del Foro de Sao Paulo? ¿En qué van a quedar las declaraciones de dirigentes chavistas que también pagaban a políticos estadounidenses? Por último, ¿qué se va a hacer con las pruebas que fiscales chilenos dicen tener que fue el propio Diosdado Cabello quien pagó al Tren de Aragua para asesinar al teniente Ojeda? ¿O para todo lo anterior, habrá que esperar a un gobierno, ya en plena democracia?
Para las relaciones internacionales, fundamental es saber qué pasará con aliados del chavismo como Cuba, quien ha sufrido una dura derrota estratégica, Irán quien está en tan mala situación que puede ser expulsado sin consecuencias para Caracas, pero, sobre todo, los casos de Rusia y China. La historia del mundo muestra que las deudas siempre se terminan pagando, así que mientras antes se inicie la negociación, mejor para la transición aunque a cambio debe pedir que se acepte la ilegitimidad de decisiones chavistas contrarias al interés nacional, como la entrega de muchas hectáreas de terreno como también de empresas venezolanas, a veces, a título prácticamente gratuito. En otras condiciones, se diría que para abordar este tema se podría esperar a un gobierno que sea electo en democracia plena, pero si se habla de la reconstrucción de la capacidad petrolera de Venezuela, clave es despejar este problema desde ya, o si no estos países pueden ganar en tribunales internacionales.
De tanta o mayor importancia para entender lo que viene ahora, es qué va a pasar con el “chavismo”, con esa inmensa maquinaria de destrucción y violación de derechos. ¿Qué ocurrirá con sus colaboradores?, con aquellos que dijeron que solo “cumplían órdenes”? ¿Qué va a decir EE. UU., que mantiene, por lo visto, poder y responsabilidad, en relación con esa boliburguesía que se enriqueció indebidamente? ¿Llegará la justicia a enjuiciar a aquellos que cometieron crímenes y delitos? ¿Habrá quizás un escenario similar al europeo de piadoso olvido, tal como ocurrió en las transiciones del comunismo a la democracia o antes en España y Portugal, después de largos gobiernos autoritarios?
¿Qué pasará con las fuerzas armadas, policiales y de seguridad? La experiencia de otras transiciones muestra que, incluso si hay leyes de amnistía, basta que se firmen los tratados internacionales de derechos humanos para que esos delitos sean considerados de lesa humanidad, y, por lo tanto, imprescriptibles y siempre perseguibles ante un juez. ¿Cómo actuará el nuevo gobierno frente a la Corte Penal Internacional y la criticable situación donde su orientación sesgada se demostró una y otra vez al negarse a perseguir los crímenes de Maduro y otros responsables?
Al respecto, hay muchas decisiones diferentes tomadas por transiciones diversas, algunas que no hicieron nada como Brasil, otras muy poco como Uruguay, aquellas que, como Argentina, enjuiciaron a quienes ordenaron el golpe militar, y casos como el de Chile, donde el general Pinochet fue procesado, pero murió sin ser condenado. Sin embargo, a cambio, se ha acusado y condenado en decenas de juicios a todos aquellos a quienes se les pudo probar crímenes, sumando algunos acusados sobre mil años en condenas.
Más aún, ¿qué hará el gobierno frente a esperables demandas en tribunales venezolanos e internacionales de los muchos expropiados por Chávez y sucesores, tanto nacionales como extranjeros? Presiones, que con seguridad llegarán a la propia Casa Blanca dada la verdadera autoría estadounidense de este proceso casi inédito e inesperado de transición. Recordemos que en este tema no encontramos una misma situación, sino varias, dependiendo de la voluntad y la arbitrariedad del gobernante de turno, comenzando por el propio Chávez y sus recordadas órdenes al grito de “Exprópiese” en actos públicos, y a no olvidarlo, recibiendo el aplauso de los asistentes. Bajo la dictadura chavista también hay diferentes tipos de expropiación, aquellas que se pagaron, total o parcialmente, hasta aquellas donde nada se pagó, e incluso algunas extranjeras donde recibieron aún más dinero del que correspondía por precio de mercado, y esto sin contar la larga cadena de corrupción.
En los casos latinoamericanos, encontramos que distintas transiciones tomaron decisiones diferentes, desde compensar la arbitrariedad, a devolver lo expropiado a cambio de retirar las demandas, o en el caso de Chile, donde poco antes de retirarse del poder, Pinochet se adelantó a Putin y los oligarcas, ya que propiedad que era estatal fue entregada por vías distintas a empresarios cercanos al régimen.
¿Qué piensa hacer el nuevo gobierno en este aspecto o en el aún más apremiante de la terrible y gigantesca corrupción? Se puede aceptar que el caso de las propiedades adquiridas por esta vía por los líderes del Cartel de los Soles puede ser fácil de abordar, como de hecho lo hizo Maduro contra rivales chavistas, pero ¿qué se hace cuando la corrupción ha existido a todo nivel?
Las preguntas en todo caso no se detienen aquí. ¿Qué pasa con esa alianza establecida con Irán, Hezbolá y quizás también Hamás? ¿Qué se hará con aquellos que entregaron más de mil pasaportes venezolanos a operativos de esos grupos terroristas y de la Guardia Revolucionaria iraní, para que pudieran recorrer el mundo sin despertar sospechas? En otro sentido, ¿ha habido mano venezolana en la violencia desatada en distintos países latinoamericanos para generar cambios, tal como se ha denunciado en Chile, Ecuador y Colombia? En lo personal, no he encontrado ninguna evidencia, pero ahora se esperaba que fuera la oportunidad de saber si había algún fundamento en esas alegaciones. Pero ¿hay alguna posibilidad si el gobierno de transición es presidido por Delcy Rodríguez? Por otro lado, ¿se debería dar una oportunidad al camino tomado por EE. UU. toda vez que en otras transiciones quienes provenían del régimen dieron buen resultado como en Brasil?
¿Y EEUU?
Washington ha seguido todos y cada uno de los pasos que requería la ley estadounidense, para que esta acción no reciba cuestionamientos en el Senado o, sobre todo, donde hoy está radicada la oposición más efectiva que tiene Trump, es decir, los tribunales. El primer paso fue la declaración que decía que el gobierno era ilegítimo, ya no más una coalición política, sino un instrumento de la delincuencia organizada transnacional. El segundo fue definirlo como un Cartel del narcotráfico, y a Maduro como líder se le duplicó la recompensa por información que condujera a su captura. El tercer paso se hizo presente cuando se señaló que el grupo en el poder era, además, un grupo terrorista que desarrollaba una guerra híbrida contra EE. UU., a lo que contribuyó en cuarto lugar, Terry Cole, director de la DEA, certificando que Venezuela era un narcoestado que enviaba droga a territorio estadounidense.

Quizás el más importante fue el quinto paso, ya que el presidente Trump, el secretario de Estado Marco Rubio, la fiscal general Pamela Bondi, la directora de Seguridad Nacional Kirsti Noem, y todos quienes tenían algo que decir en este tema, declararon públicamente que Venezuela no tenía presidente sino que desde el 28 de julio, Maduro, además de ser prófugo de la justicia, era un usurpador que se robó la elección, lo que era rigurosamente cierto, por mucho, que otras declaraciones como la de terrorismo fueran exageradas, aunque no muy distintas a las de otros presidentes en el pasado. Esta declaración es un requisito legal, ya que desde Reagan existe una directiva presidencial que dice que EE. UU. no puede actuar contra gobiernos legítimamente electos, consecuencia de las recomendaciones del Comité Church, que en 1975-76 revisó en el Senado la intromisión de Washington en la política interna de Chile como también lo hizo con operaciones que incluyeron intentos de asesinato contra líderes extranjeros.
Coincide esta captura de Maduro con la publicación reciente de la Estrategia de Seguridad Nacional, que le pone un marco geopolítico a lo que ha hecho EE. UU., incluyendo la lucha contra las drogas y el retorno de la Doctrina Monroe, esta vez con el agregado del llamado Corolario Trump.
Entiendo la precaución de EE. UU. de no meterse en un compromiso del que sería difícil salir, sobre todo, si estimaban como parece indicarlo este acuerdo con un sector del chavismo, que tenían dudas acerca de la capacidad de las fuerzas democráticas de manejar un escenario de seguridad interna preocupante, en el sentido que la transición va a requerir mucha mano firme y el menor buenismo posible, ya que hay una posibilidad preocupante, que haya un estallido violento, delincuencial, dada la enorme cantidad de armas repartidas entre los colectivos prohijados por el chavismo como también por parte de Maduro y su relación con Petro, tal como ha ocurrido con la alianza de hecho existente en la frontera con Colombia con exguerrilleros convertidos en narcotraficantes, como también con la minería ilegal del oro.
Además, simplemente ignoramos cómo van a actuar los carteles de la delincuencia organizada que se van a ver expulsados de su control del país, en el sentido de cómo van a reaccionar, toda vez que, en el pasado, después que la política de seguridad de Uribe les dificultara la vida en Colombia, estos carteles simplemente se movieron a México, con consecuencias por todos conocidas.
Es en ese sentido, que quizás EE. UU. no va a poder desentenderse de Venezuela tan rápido como lo han declarado, y donde este problema de seguridad los puede amarrar por más tiempo del supuesto. Por todo ello, el compromiso de EE. UU. podría ser mayor que lo esperado por Rubio, y en ese sentido prefirieron concederle un futuro al chavismo en vez de agregarlo a la lista de quienes deseen torpedear el regreso a la democracia.
Solo queda sentir alegría por Venezuela y prepararse para las difíciles decisiones de toda transición a la democracia. En el caso de EE. UU. algo deprimente, que quizás esto no va a servir de mucho para derrotar a los carteles, mientras no mejore la insaciable sed por drogas de sus habitantes. Para todos, un desenlace militarmente exitoso, pero con sorpresas, ya que la realidad al igual que la vida siempre las tiene.
Sin duda, va a haber mayores libertades en Venezuela, pero lo del regreso sigue siendo una decisión difícil para tanto venezolano repartido por el mundo.
Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)
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