
La sorprendente propuesta puesta sobre la mesa de negociación por Estados Unidos para poner fin a la guerra de Ucrania trae el amargo recuerdo de la guerra de Crimea en la que Rusia inició un conflicto para apropiarse de un puerto de aguas menos frígidas desde el cual sacar al mercado internacional sus cereales. El pretexto usado en esos tiempos fue que había que proteger a los cristianos ortodoxos que habitaban los lugares santos de los musulmanes que gobernaban el Imperio Otomano. Rusia tomó esa arrojada decisión por considerar que el debilitado y decadente Imperio Otomano no sería capaz de responder a su agresión y podría hacerse con Crimea.
Como se sabe, el cálculo le salió fatal porque Inglaterra y Francia decidieron que permitirle a Rusia apropiarse de territorios de otro país simplemente sería el comienzo de una cadena de agresiones contra naciones de Europa. Y por tanto decidieron detener las pretensiones rusas y declararle la guerra. Y la historia nos dice que no solo ganaron las potencias europeas sino que Rusia se replegó sobre sí misma y comenzó a realizar reformas internas como fue ponerle fin a la servidumbre feudal. Y si bien la guerra fue cruenta, particularmente en Sebastopol, el territorio del Imperio Otomano quedó intacto.
178 años más tarde Rusia repite el ejercicio. Pero esta vez está segura de que Occidente está debilitado y dividido. El pretexto para invadir Ucrania fue proteger a los ciudadanos de origen ruso que pueblan Crimea y otras latitudes ucranianas como Luhansk, Donetsk, Kharkiv y Odesa. Y ahora el cálculo ruso estuvo correcto. Occidente no será capaz de detener sus pretensiones imperiales.
Prueba de lo acertado que ha sido la maniobra rusa es que Estados Unidos ha puesto sobre la mesa un plan para el cese de hostilidades de 28 puntos en el que 26 favorecen a Rusia. Siendo el país que invadió rompiendo con todas las normas del derecho internacional; según este plan Rusia se queda con los territorios que hoy ocupa ilegalmente; impide a Ucrania el ingreso en la OTAN o que ejércitos extranjeros se instalen en su territorio para protegerla, debe reducir el tamaño de su ejército (suponemos que a niveles que resulten confortables para Rusia) y se le levantan las sanciones a Rusia devolviéndole todos sus activos depositados en Occidente con pago de intereses. Es decir, se premia a Rusia por realizar la ocupación, destruir el país y provocar la muerte de 416.000 ucranianos.
Rusia ha ganado esta batalla porque sabe que Estados Unidos está más débil que nunca debido al quiebre del consenso político que sostuvo el juego democrático desde 1776. Ve a una Europa entumecida por un estado del bienestar que acalla el disenso y siembra el conformismo. Sabe que los desequilibrios fiscales de Occidente podrían pronto llevarle a una crisis económica y entiende que el imperio de la inteligencia artificial va a crear la ruptura del pacto social en que se asientan sus democracias.
Para los ucranianos este episodio pasará a su historia como el fin de la república y el comienzo de una era de servidumbre que se anuncia larga y dolorosa.
Para Occidente este es apenas el comienzo de una batalla que se trasladará al Ártico donde Rusia comparte con Estados Unidos, Canadá, Dinamarca, Finlandia, Islandia, Noruega y Suecia una región que el calentamiento global le ha conferido carácter estratégico porque ha abierto rutas insospechadas para el comercio y la guerra. Y si bien países como Suecia buscaron protegerse ingresando a la OTAN, la derrota de Ucrania es el comienzo del fin de esa organización nacida luego de la Segunda Guerra Mundial. Y los avances rusos continuarán hasta que sus fuerzas le acompañen haciendo devolver las manecillas del reloj de la historia.
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